El padre que hacía piras

Cada pupitre abandonado de manera furtiva guarda muchas preguntas y pocas respuestas

El padre que hacía piras
JON URIARTE

Han llamado del instituto. No ha ido. Y es tan torpe que intenta negarlo. «Estaba allí, pero como he llegado tarde, porque se me había olvidado un libro en el patio, pues me cerraron la puerta. Así que me fui...y eso». Ni siquiera sabe construir una buena excusa. Ten hijos para esto. Lo que le faltaba a este día que empezó torcido. Un cliente gordo les ha dejado tirados y al llegar a casa se encuentra con la guerra fría. De momento, porque la madre echa humo. «Habla tú esta vez, porque yo no hago carrera con él», le había dicho ella antes de meterle la cuchara entre los dientes al pequeño. Se mascaba la tensión. Y todo porque el otro, el mayor, el que fue recibido trece años antes entre gritos y aplausos familiares, había hecho su primera pira. O eso creían. Hasta entonces, que se sepa, nunca había sucedido. Así que ya era oficial. Su hijo era uno de los 1.204 menores de Bilbao, detectados por el Ayuntamiento, aunque seguro habrá más, que un día decidieron no ir al colegio.

Qué lejos quedaba el pasado curso, cuando decía adiós a las aulas en las que entró casi bebé y salió hecho un hombrecito. Allí jamás hubo piras. Entre otras cosas porque era imposible. Se pasaba lista en cada asignatura y las ausencias no pasaban desapercibidas. Un minuto después ya estaban llamando a casa para confirmar razones y enfermedad. Pero el instituto era otra cosa. Al menos ese en el que estaba su hijo. Existía control, pero a años luz del centro anterior. Y era ese el detalle que rumiaba el padre mientras se detenía ante la habitación de su hijo. Porque él también había hecho piras. Fue en un tiempo muy lejano. Casi enterrado. Pero ahora el eco regresaba y no parecía dispuesto a abandonarle. Sí, él también fue formal en el colegio. Los curas no pasaban una ausencia injustificada. A la tercera te mostraban la puerta. Pero llegó 3º de BUP y, tras dejar tres, dado que en aquél centro había que pasar como mucho con dos, le invitaron a buscar otros pupitres menos exigentes. Fue entonces cuando llegaron los días de vino y rosas. O, para ser exactos, de piras y maquinitas.

Tenía por entonces tres años más de los que tiene ahora su hijo. Se aferra a eso. Pero no es excusa. Con 13 o con 16 la esencia es la misma. Él también abandonó los pupitres de manera furtiva. Y lo triste es que nunca disfrutó de la experiencia. Por lo general se iba solo, salvo que se uniera algún compañero, como él, de mente dispersa. Y deambulaba por los salones recreativos. Pero ni allí se sentía cómodo. El silencio reinante le recordaba que no eran horas de ocio. Al fondo dos chavales con cara de ninis antes de que existiera la palabra, jugaban al billar. El dueño del local le echaba de vez en cuando una mirada cargada de indiferencia. Y nada más. Así que metía parte de su paga en la Spice Invaders y se dejaba llevar. Era su favorita, si exceptuamos el colorido Come-Cocos, toda una novedad, que permitía retener los movimientos en la cabeza y así lograbas pasar a la siguiente pantalla. Tan listo para eso y tan torpe para las matemáticas. Por cierto, esa clase habrá terminado. Un vistazo rápido al reloj. Toca Literatura. Le gusta esa asignatura. Así que le duele menos que otras veces cuando los marcianos bajan como tromba de agua y acaban con él.

Hubo más piras. A veces al Kirol. Otras al King-Ball. En ocasiones al cine. Un día se atrevió a cruzar el puente y adentrarse en las matinales de los Avenida. Disfrutaba de la soledad de la sala y del poder de la gran pantalla. Más pequeña que las del Astoria o Coliseo, pero era sola para él. Como mucho, para alguna otra alma solitaria cuya vida era tan triste y fuera de tiempo que su mejor opción era pasar la mañana entre penumbras. Aún así, le resultaba placentero. Pero terminada la película regresaba aquella sensación. La de haber fallado. No a sus padres. Y aún menos a los profesores. Sino a él mismo. De alguna manera creía que había perdido el tiempo. Las piras imaginadas en sus años de colegio estaban llenas de aventuras. Nada que ver con la realidad. Nunca fue feliz del todo. Ni siquiera cuando, un año más tarde, las fugas eran en grupo y acababan tomando bocata de bonito y porrón de clarete en la bodeguilla, para luego disertar sobre la nada sentados en una barandilla. No, las piras no eran como le habían contado. Si es que alguna vez alguien le contó algo. Entonces ¿por qué lo hacía?. Tres décadas largas después sigue sin conocer la respuesta. De hecho había aparcado la pregunta. Hasta que hijo hizo la primera pira. Y allí estaba. Con la mano en el pomo de la puerta de su habitación. Pensando en qué hacer. Y, sobre todo, qué decir. No es fácil ser padre. Nadie te prepara y los jodidos hijos llegan sin instrucciones. De hecho son como los muebles de IKEA. Crees que lo has hecho bien y llegados a una edad descubres que les faltaba o les sobraba un tornillo. Pero ya es tarde. Y el padre o la madre sienten que han fracasado. Que no le han educado bien. Y ya no se puede volver atrás. En realidad tampoco es tan grave. Es la primera vez. ¿O no? Pensar que hace dos años no se separaba de las faldas de su madre...La misma que ahora suspira con fuerza en la cocina y habla sola mientras el pequeño traga el puré absorto con Bob Esponja. Entonces el padre comprende que no puede dilatarlo más. Ha llegado la hora. Tiene que hablar con su hijo. El que ha hecho pira. El que forma parte de la vergonzante lista de los 1204. Pero su hijo no es un delincuente. Ni pertenece a una familia desestructurada. Es solo un niño que no sabe aún cómo ser hombre. O quizá se esté engañando y el problema sea mayor. Lo dicho, es la hora de la verdad. O de compartir preguntas sin respuesta. Al fin y al cabo, eso es ser padre o madre de un adolescente. Así que gira el pomo y abre la puerta.

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