«Necesitaba un empleo para sentirme realizada»

Almudena, en su trabajo./Luis Ángel Gómez
Almudena, en su trabajo. / Luis Ángel Gómez

No fue fácil, pero lo consiguió. Mujer, discapacitada y con más de 40, Almudena se ha encontrado siempre «con todas las puertas cerradas»

JORGE BARBÓBilbao

Con la precisión de un cirujano con el escalpelo, ella enrosca con el destornillador unas piececitas diminutas para colocar en su posición exacta una maraña de cables dentro de un complejo circuito eléctrico. Y así, una vez. Y otra. Y otra más. Almudena Ruiz lleva algo menos de un año montando interruptores industriales, una profesión tradicionalmente masculinizada. Pero encontrar la clavija adecuada para enchufarse al mercado laboral no le fue nada fácil. Mujer, discapacitada y con más de 40 años se «encontraba con todas las puertas cerradas». Hasta que al final encontró una abierta, de par en par. Y, como ocurre en esos circuitos suyos, el futuro se le iluminó.

Desde bien pronto Almudena aprendió a apretarse las tuercas más fuerte que nadie. De adolescente le diagnosticaron una enfermedad degenerativa que le dejó las manos torcidas, tanto que parece que los dedos se le quisieran anudar entre ellos. Fue en una época en la que «a las mujeres discapacitada todavía se nos decía eso de ‘tú quédate tranquilita en casa’, mientras que a los hombres sí se les animaba a salir al mercado laboral», evoca. Pero ella jamás se resignó a ver pasar las horas, lamentándose. «Necesitaba un empleo para sentirme realizada, igual que los demás», subraya.

«Fui muy consciente desde el principio de que solo podría hacer tareas livianas, así que trabajé durante años como administrativa en una pequeña empresa», recuerda. Allí estuvo hasta que los continuos y dolorosos brotes, tan tozudos ellos, le obligaron a tirar la toalla. «Cuando me recuperé, ya me pilló en la época en la que comenzó la crisis, cuando todo había cambiado, también la forma de presentar tu currículum y me tuve que reciclar en todo», relata. Empezó entonces un rosario de entrevistas de trabajo que siempre seguían el mismo guión: el de la discriminación y la posterior frustración.

«En cuanto veían esto -dice, dirigiendo su mirada a sus manos-, continuaban con la entrevista pero solo por cortesía, como por vergüenza de no decirte directamente ‘no vales’. Al final, siempre acababan con eso de «ya te diremos algo, chica’». Y, claro, esa llamada nunca llegaba. «En las entrevistas, a las discapacitadas nos ponen caritas, pero yo prefería que fueran valientes, que nos dijeran a la cara ‘no, creemos que por tu problemática no puedes encajar en nuestra empresa’, porque quizás así, les podríamos convencer de lo contrario, demostrarles de todo lo que somos capaces. Porque somos unas currelas después de haber vencido todos los obstáculos con los que nos hemos encontrado», diserta, poderosa, Almudena.

«Solo ven tu discapacidad»

La oportunidad le llegó, al fin, con un curso de electricidad que organizó hace ahora un año la organización Lantegi Batuak para insertar en el mercado laboral a mujeres discapacitadas y de más de 40 años, quizás uno de los perfiles que más papeletas tienen para perderse en ese despiadado laberinto que es la búsqueda de trabajo. «Cuando tienes una discapacidad, lo de ser mujer y tu edad ya pasa a un segundo plano, en las empresas ordinarias no saben ver más que el problema que tienes en tus manos», denuncia con rabia.

Y, aún así, no se libró de las preguntas a las que cualquier mujer, por el mero hecho de serlo, se tiene que enfrentar en muchos procesos de selección. «En la mayoría de las entrevistas de trabajo me preguntaban si tenía hijos o pensaba tenerlos. Te decían: ‘¿Piensas tener familia en breve?’, y a mí eso me indignaba», destaca. «¿Por qué no se le pregunta también si quieren formar una familia también a ellos? Me parece una pregunta tan, tan fuera de lugar», remacha.

Por todo eso, Almudena secundará los paros previstos para hoy. «No podía faltar porque las mujeres, discapacitadas o no, todavía tenemos muuuucho recorrido. Sólo hay que ver quiénes mandan. Y a ellos, hay que llegar a su puerta y decirles bien claro que esto tiene que cambiar», zanja.

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