Mujeres machistas

El peor enemigo a veces está en nuestras propias filas

Mujeres machistas
JON URIARTE

-Pues no le voy a dar la baja. Está perfectamente y puede seguir trabajando-le soltó desde el otro lado de la mesa y cerró la frase ajustándose las gafas, con aire altivo.-Pero es que salgo de cuentas en veinte días y ya no puedo limpiar la casa de los señores en la que trabajo ni cuidar a sus niños-protestó ella.-¿No limpia su casa? Pues entonces puede seguir limpiando otras casas-sentenció la persona de la que dependía su baja. Una doctora. En femenino. Habría resultado igual de indignante si hubiese sido un hombre. Pero siendo mujer resultaba incomprensible. La futura madre, bloqueada, salió de la consulta sin saber qué hacer o cómo reaccionar. Sucedió hace poco más de quince días ante una médico de cabecera, o si lo prefieren de familia, de la Seguridad Social. Y no puedo evitar recordarlo al pensar en el próximo 8 de marzo. No se puede negar. A veces, el peor enemigo está en tus filas.

Decir que las mujeres son más machistas que los hombres, o que ese es el mayor problema, sería como asegurar que los negros son las personas más racistas con los negros. Y no digo, de color, porque mis amigos negros se parten la caja cuando lo escuchan.-¿De qué color?-suelen responder con sorna. Pero de la misma forma que existe racismo de negros de un continente hacia negros de otro continente o de piel más clara a piel más oscura, hay mujeres que son profundamente machistas. El caso arriba expuesto no es muy frecuente, pero tampoco excepción. Recordemos a juezas cuyas sentencias en casos de maltrato o abusos hacia mujeres han sido todo menos justas hacia ellas. O a directivas y a jefas que tratan peor a sus empleadas que a sus empleados. Negar que existe esta actitud es el primer error. El segundo viene de su mano y se llama «ser más papista que el Papa».

En el empeño de demostrar profesionalidad y entrega al trabajo, muchas mujeres se exigen y exigen a las personas de su propio sexo, un esfuerzo mayor que a los de género masculino. O adquieren, y esto es lo más grave, un rol machista aceptado como normal. Se habla mucho de los escándalos de abusos sexuales en Hollywood del productor degenerado ese que provoca arcadas y de actores y directores que no le van a la zaga. De hecho, por lo que se ve, son legión los cerdos que aprovecharon su condición de profesores o entrenadores de mujeres, a veces niñas, para abrir su bragueta de medio hombre y destrozarlas de por vida. Pero toda persona que ha trabajado en el cine o en televisión ha sido también testigo de actos y tratos machistas por parte de mujeres hacia otras mujeres. Tipas, por usar un término a su altura, que tratan a las aspirantes a un papel o programa como si fueran carnaza. He trabajado para televisiones públicas y privadas y en todas lo vi. Como también vi a las que entraban al juego.

En los años en que me contrataban como guionista para galas y eventos, viví instantes que han regresado a mi mente estos meses. Te choca ver por televisión a una mujer diciendo que sufrió acoso sexual cuando era ella la que se ofrecía de forma bochornosa para lo que fuera a cambio de un mejor papel, una gala más o un bolo para presentar una entrega de premios. Es más, quitaban el puesto a otras mujeres mucho más válidas, porque se abrían de piernas al primer cretino que pasaba con mucho poder y pocos principios. Y no me digan que no tenían otra opción porque esas, en concreto, sí la tenían. Y no me parecería mal que eligieran ese camino en su día, allá cada cual, si no fuera porque es sabido por todos lo que pasó y hacen el ridículo mostrándose como víctimas. Las verdaderas, las que aceptaron por miedo o las que no lo hicieron y sufrieron por ello las consecuencias, no se merecen que falsas víctimas enarbolen su misma bandera en programas de ética dudosa.

Por último están los micromachismos. Tanto discutir por palabras como portavoza y olvidamos frases que seguimos escuchando. A veces, de boca femenina. Por ejemplo, «Esa no trabaja. Es ama de casa». O «A saber a quién se habrá tirado para llegar tan lejos». O «Seguro que se ha hecho algo, porque ese cutis no es normal». O «Siempre ha sido ancha de caderas, no sé cómo se pone esos pantalones». Podríamos seguir pero no quiero terminar sin apuntar otro tema clave. El sexo. Se sigue criticando la vida sexual de las mujeres por parte de muchos hombres e, insisto, por parte de demasiadas mujeres. La promiscuidad masculina continúa siendo bien vista y la femenina mal. Hagan la prueba hoy mismo. O pregunten a una mujer que tiene edad como para tener hijos, y no los tiene, lo que escucha cada dos por tres. El interrogatorio sobre los motivos dará paso a los consejos y finalmente a la recriminación.-Pues se te va a pasar el arroz, piénsalo bien-dira alguien y, con frecuencia, será mujer.

El jueves va a ser un día reivindicativo. Merecerá respeto y apoyo absoluto. Siendo hijo y yerno de dos personas que se quedaron viudas apenas superados los 40 años, tengo muy claras y cercanas las injusticias que sufren las mujeres por el hecho de serlo. Por eso jamás entenderé que exista «machismo femenino». Que una doctora o una jueza tengan menos empatía con una paciente o una víctima de acoso o abuso sexual es algo que nunca lograré entender. Cierto que el machismo está enquistado en los usos, costumbres y en la mal llamada cultura popular. Y que no son ellos o ellas. Sino todos. Incluidos usted y yo. No nos salvamos nadie de ese germen letal. Pero, estando de acuerdo a pies juntillas en este punto, que nadie niegue lo evidente. Hay mujeres que deberían hacérselo mirar.

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