Lo que hay bajo la manta

Enfrentar a comerciantes y manteros es tan ruin como peligroso

Lo que hay bajo la manta
JON URIARTE

Tiene unos ojos que podrían guardar todo un continente. El suyo. África. Una tierra que te cambia cuando la conoces. Y aunque sabes que nunca lograrás entenderla, aprendes a amarla. Por eso le veo vendiendo con su manta y me pregunto cuál habrá sido su caminar desde que dejó su aldea natal. Habría seguido pensando en ello de no ser por un repentino sonido. El de una sirena. Es la policía municipal de una ciudad que podría ser cualquiera. Incluso un pueblo. Porque los manteros cada vez ocupan más calles. Pasados unos minutos, la policía se va. Es lo habitual. El teatro de cada día. Ellos recogen sus cosas y, desaparecidos los agentes, regresan al mismo lugar. Últimamente ni eso. Hay quienes como mucho hacen amago de recoger y siguen en el mismo sitio. Una cosa es la ley. Otra la aplicación. Lo hemos visto antes y en otros asuntos. Pero, ¿por qué esa especial permisividad con los manteros?

Cuesta buscar una respuesta satisfactoria viendo las caras de la pareja que mira la escena desde la puerta de su comercio. Es una tienda de bolsos. Llevan allí tantos años, que hace mucho dejaron de contar. Demasiado tiempo peleando. Primero por abrir y hacerse un hueco. Luego por sobrevivir a los centros comerciales y a las grandes cadenas. Contra todo pronóstico lo lograron. Con sudor. Y cumpliendo la ley. Por eso no entienden la actitud de las autoridades hacia los manteros. Venden sin permiso, manejan material de imitación y lo hacen con descaro delante de su escaparate. Ambos saben, como usted y yo, que los que están allí son el último eslabón de las mafias que lo mismo trafican con ropa de marca falsa que con personas o drogas. Y por eso lo comentan cada mañana con el dueño del bar de la esquina, cuando toman un café antes de abrir. Les entiende. Al fin y al cabo, tiene otro mantero ante su puerta. El suyo vende latas de cerveza y refrescos. Y mientras que a él le obligan a tener licencia, dos baños y otro para discapacitados, un vestuario para empleados y ahora debe dejar entrar a quien quiera usar su baño o beber agua sin pagar, el de fuera vende bebidas en lata a precio más bajo y en negro. Y si le dice algo, lo mismo tiene un problema. No todo lo que llega de fuera es como para llevárselo a casa. Pero no parece ese el caso del hombre que ordena sus bolsos sobre la manta, esperando que la mañana siga soleada y no amenace lluvia.

Pasan las horas y cada cual nos dedicamos a lo nuestro. Al caer la tarde, por aquello del horario, volvemos a cruzarnos. La pareja está bajando la persiana. No ha sido un buen día. Quizá mañana. Han decidido abrir los domingos por la mañana, porque es zona frecuentada por turistas y lo mismo un par de ventas arreglan la semana. Mientras, en la calle, el mantero mantiene su posición. Le acompañan otros. Es como si cada uno tuviera asignado su lugar y cada manta regresara a él. Ellos también tienen sus tensiones. Y peleas. A veces entre manteros de diferentes nacionalidades. Otras, entre veteranos y recién llegados. Pero la tarde parece tranquila. Demasiado. Tanto que el mantero, despistado, levanta uno de sus bolsos y se lo ofrece a la mujer que pasa a su lado. No se ha percatado de que es la que cada día le mira desde su tienda. La que acaba de bajar la persiana. Esa que a veces parece que lleve ojos cargados de ira y otras de pena. Le gustaría decirle que le recuerda a su madre, pese a ser blanca. En realidad le cuesta cada vez más recordar cómo era el rostro de su madre. Tantos años fuera de casa provocan un olvido que a veces es angustioso y otras un alivio. El corazón duele menos cuando no se añora. Solo importa el hoy. Por eso decide que ya ha trabajado suficiente.

Impunidad

«¿Te das cuenta del daño que nos hacéis?», le dice la mujer. Y él, a pesar de que ha aprendido castellano a golpe de venta callejera, pone cara de que no entiende nada. Recoge su manta y se va caminando bajo las farolas que empiezan a iluminarse cual luciérnagas curiosas. Y entonces la mujer comprende que él no tiene la culpa. Es solo la punta de iceberg. Otra víctima. Pero eso no impide que le extrañe tanta impunidad. Una ley blanda o mal aplicada puede ser más letal para el sistema que una ausencia de ley. Si hay que buscar una solución, que se busque. Ya vamos tarde. Pero lo que no puede ser es que el comerciante honrado, el autónomo, el pequeño empresario que si cierra varias familias, incluida la suya, no llevarán un sueldo a casa, sean siempre quienes tengan que ceder. O enfrentarse al problema que se planta cada día ante su comercio. Lo que me lleva a una reflexión. ¿Por qué no hay manteros en la puerta del Congreso de los Diputados? ¿O delante de La Moncloa? ¿O en Ajuria Enea? ¿Los hay ante su ayuntamiento? Alguno llamará a esto demagogia. Puede. Pero lo que resulta evidente, y sobre todo insultante, es que crean que somos tontos de baba. El problema no está en lo que hay sobre la manta, sino en lo que se esconde bajo ella.

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