EL HOMBRE DE LA ROTONDA PERFECTA

La clave no está en el carril ni en la preferencia, sino en la actitud

EL HOMBRE DE LA ROTONDA PERFECTA
JON URIARTE

Ya no está. Y le echan mucho de menos. Vivió 93 años en Bermudas. No en el triángulo. Sino en una rotonda. Pero no hay lugar más famoso. Es comprensible. Resulta más difícil de creer que existiera alguien así en un humilde lugar, que la posibilidad de vida extraterrestre en las profundidades del mar. Se llamaba Johnny Barnes y el lunes se cumplirán dos años de su muerte. La del hombre feliz que hacía sonreír a los demás. Y todo, porque daba como nadie los buenos días. Puede que no conozcan su historia. Lo que es seguro es que ya no la olvidarán.

'Mr Happy Man'. Ese era el título del documental de Matt Morris que contaba la vida del habitante más popular de Bermudas. Nacido en St. Kitts, en 1923, trabajó durante años para el ferrocarril como electricista. Pero las chispas se apagaron en 1948, cuando la empresa cerró. Así que cambió cables por ruedas y se convirtió en conductor de autobuses. Nada sabemos sobre su pericia al volante. Pero sí sobre su habilidad más conocida. Saludar como nadie. Algo que agradecían, y mucho, los usuarios. Hasta en Bermudas existen días amargos y lunes grises. Total que en esas estaba cuando, a mediados de los 80, descubrió una rotonda perfecta para el saludo matinal. Estaba situada, aún está, en Crow Lane. Un lugar que, dadas las características de la isla, utilizaban la mayoría de los conductores. Así que decidió convertirlo en su centro oficial de salutaciones. El sistema era tan sencillo como efectivo. Abría los brazos y saludaba con un alto y claro «Te amo», que en inglés suena menos empalagoso y más a canción de buen rollo. El caso es que se convirtió en cita obligada para oriundos y turistas. Hasta tal punto llegó su fama que mucha gente la utilizó para colocarse a su lado con carteles reivindicativos de todo tipo. Sobre todo, buscando ayuda y colaboración con obras sociales. Pero también hubo más de uno buscando negocio. Y así, entre una cosa y otra, pasaron los años.

No faltó un día. Su horario era siempre el mismo. Desde las 3:45 de la madrugada hasta las 10 de la mañana. Se ve que allí madrugan mucho. Sobre todo Barnes, que se levantaba una hora antes y caminaba kilómetro y medio para llegar hasta la rotonda. Algo que sabía muy bien su mujer, Belbina, que le dio el sí allá por 1949. De hecho le acompañaba a veces. Sobre todo los últimos años, cuando él iba demasiado cargado de décadas, arrugas y canas. Pero eso tampoco le impidió seguir saludando a quien pasase por aquella rotonda camino de Hamilton. «¡Buenos días Johnny Barnes!». Esas eran las cuatro palabras que debía soltar la persona pasara a su lado. Y él, respondía con una sonrisa tan grande que abría sus brazos para dejarla escapar. En ocasiones añadía, al habitual «Te amo», un alegre «Dios te ama». Como adventista del séptimo día, era hombre de convicciones religiosas. Pero jamás intentó sermonear a nadie. Lo suyo era otra cosa. Mejorar las mañanas de la gente. Y tanto le querían, que hasta las autoridades se apiadaron de él. Primero colocaron una barandilla para que pudiera apoyarse. Después añadieron un banco para que pudiera saludar sentado. Y eso hizo. Hasta que el 9 de julio de 2016 su corazón se cansó de hacer rotondas.

Hubo otro documental de su vida y son incontables las referencias sobre él en la prensa, la literatura o la música. Incluso, de alguna manera, su legado permanece. Ahora hay un tal Denis Bean en otra rotonda de Bermudas. Trimingham Road. Y al parecer lo hace con la misma intención. Desconozco si tiene su sonrisa. O su don de gentes. Pero lo dudo. Hay personas irrepetibles. Johnny Barnes era una. El hombre feliz, el Mr. Happy man, era único. Seguro que a lo largo de su vida tuvo enfermedades, días malos, reveses económicos, desencuentros de pareja...pero nunca se le notó. Para borrar las brumas del enfado o el poder letal de la tristeza le bastaba con acercarse a la rotonda y sonreír. Así de sencillo. No todo el mundo lo entendió. En 1998 un grupo de comerciantes y vecinos de la zona recaudaron 70.000 dólares para levantar una estatua en su honor. Y hubo algunas quejas y protestas. Según argumentaban los indignados, aquél dineral debía ser empleado para otros fines. Siempre hay gente cansina que opina de todo, incluido en qué tienes que gastar tu dinero o a quién dar tu cariño. Talibanes de lo políticamente correcto. Sea como fuere, la estatua se colocó. Está un poco más arriba de donde él saludaba. Y es uno de los grandes atractivos para los turistas deseosos de curiosas historias. Por cierto, a Johnny le encantó su versión en bronce y se alegró de poder disfrutarla en vida. Esa que se apagó hace dos años y por eso hoy recordamos.

Antes de teclear estas líneas he pasado por mil rotondas. Y en todas he visto tensión, enfados, tristeza y hasta desesperación. No había un Johnny Barnes que nos diera los buenos días. Nadie que gritara con los brazos abiertos un «Te quiero». O que, al menos, nos lanzara un animoso y reparador saludo. Tanto hablar de cómo hay que tomar las rotondas y resulta que Johnny sabía cómo hacerlo. Regalando a los demás una gran sonrisa. Está claro. No hay mejor manera para entrar, salir y seguir adelante que como lo hacía Barnes. Sea por las carreteras de este mundo o por ese camino, lleno de extrañas rotondas, que llaman vida.

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