La comida durante la Primera Guerra Mundial

Soldados canadienses comiendo en el frente francés, agosto de 1917./Wikimedia Commons CC PD.
Soldados canadienses comiendo en el frente francés, agosto de 1917. / Wikimedia Commons CC PD.

Se cumplen cien años del final de la Gran Guerra que introdujo por primera vez el racionamiento de alimentos en Europa

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

Hace hoy exactamente cien años el mariscal Ferdinand Foch, comandante en jefe de los ejércitos aliados, envió un comunicado a sus tropas anunciando que «a las once hora oficial de París del día 11 de noviembre quedarán suspendidas las hostilidades en todos los frentes». Se acababa así la Primera Guerra Mundial, un largo conflicto de más de cuatro años en el que se estima que pudieron morir hasta quince millones de personas entre víctimas militares y civiles por fuego directo, enfermedad o malnutrición.

El armisticio que puso fin a la guerra se firmó a las cinco y veinte de la madrugada del 11 de noviembre de 1918, dentro de un vagón de tren en el bosque francés de Compiègne. Alemania depuso las armas y con ella, las potencias centrales formadas por los imperios austrohúngaro y otomano. La alegría se desató de norte a sur en los territorios aliados, desde Francia y Bélgica, escenario de las más crudas batallas de la guerra, hasta Rusia, Italia, Estados Unidos y los países del imperio británico como Gran Bretaña, India, Australia y Canadá. Vencedores y vencidos habían pasado tantas penurias a lo largo de esos cuatro años que una de las primeras cosas que ocurrieron ese 11 de noviembre de hace un siglo fue comer sin remordimientos. Quien tuviera qué comer, claro, porque el problema del abastecimiento fue uno de los más angustiosos del conflicto.

El hambre golpeó duramente a la población civil durante la Primera Guerra Mundial. La agricultura y la distribución de alimentos sufrieron grandes restricciones debido a los bloqueos navales, que impedían la importación de bienes, y a la movilización de hombres, maquinaria y animales de trabajo, que dejaron el campo sin la posibilidad de recoger las cosechas con normalidad. En 1914, por ejemplo, Gran Bretaña importaba más del 60% de los alimentos consumidos en el país, y el asedio de los submarinos alemanes hizo a partir de 1917 prácticamente imposible conseguir trigo y otros productos de primera necesidad. El primer sistema de racionamiento moderno se implementó durante la Primera Guerra Mundial, primero en Alemania y después en otros países implicados en la contienda. El gobierno británico por ejemplo intentó controlar los precios de los alimentos y comenzó a multar «comportamientos antipatrióticos» como tomar más de dos platos al mediodía y más de tres en la cena o alimentar a las palomas. En 1916 se creó en Londres el Ministry of Food Control (ministerio de control de alimentos), encargado de informar a la población sobre cómo ahorrar combustible o introducir sucedáneos de ciertos ingredientes en la dieta diaria. En julio de 1918 los ingleses recibieron por primera vez cartillas de racionamiento para adquirir carne, azúcar, harina y grasas. Colas de ciudadanos hambrientos se veían en casi todas las ciudades de Europa, ya fuera para comprar vituallas o para recibir una comida en las cocinas nacionales, cantinas de gestión gubernamental en las que se servían platos básicos. En Rusia, Turquía o Austria-Hungría decenas de miles de personas murieron de hambre, mientras que el gobierno alemán intentaba sustentar a sus ciudadanos a base de K-Brot, un pan hecho con harina de patata, avena e incluso paja.

En Estados Unidos decidieron solidarizarse con sus aliados europeos disminuyendo el consumo de cereales para poder exportar más cantidad. Prensa, radio y carteles en las calles aconsejaban a los americanos abstenerse de azúcar o fritos, hacer una comida sin harina al menos una vez al día o dejar de tomar carne los martes. Se publicaron decenas de panfletos y libros de cocina enteros dedicados a las recetas de guerra con fórmulas para elaborar salchichas sin carne o pan sin harina.

De mientras, los soldados lo pasaban aún peor. Metidos en las trincheras de Verdún o el Somme, recibían provisiones con dificultad y muchas de las cocinas portátiles de las que disponían quedaron inutilizadas por las bombas o el barro. La mayoría de los militares comían frío, rodeados de muerte y humedad. Las raciones de reserva, pensadas para casos de extrema necesidad y que cada soldado llevaba en su petate, pasaron a ser cuestión de vida o muerte. Los soldados franceses disponían por ejemplo de dos latas de carne en conserva, doce galletas, dos paquetes de sopa en polvo, dos tabletas de café instantáneo y un poco de azúcar. Gracias a esa exigua dieta muchos llegaron vivos a ese 11 de noviembre de hace cien años.

 

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