Hacer fotos por debajo de la falda, hasta dos años de cárcel en el Reino Unido

Gina Martin, con la falda que llevaba cuando fue fotografiada. /R. C.
Gina Martin, con la falda que llevaba cuando fue fotografiada. / R. C.

Una joven inglesa logra que sacar fotos por debajo de la ropa 'cueste' dos años de cárcel. «Me sentí violada», asegura

INÉS GALLASTEGUI

Hace año y medio, Gina Martin era una chica inglesa anónima. Creativa publicitaria, rubia, sociable, vegetariana, comprometida con la defensa de los animales y, como tantos miembros de su generación, no particularmente activa en política. Pero un incidente aparentemente banal cambió su vida y el martes pasado asistía acompañada de su familia a la aprobación de 'su' ley en la Cámara de los Lores: a partir de ahora, sacar fotos a las mujeres por debajo de la falda será castigado en Inglaterra y Gales con hasta dos años de cárcel. «Mi historia es un ejemplo de que la gente normal, sin grandes medios económicos ni experiencia, puede cambiar las cosas», declaró este viernes a este periódico.

En julio de 2017, Gina, de 26 años, aguardaba junto a su hermana mayor la salida al escenario de The Killers en un festival en Hyde Park, a plena luz del día, cuando advirtió que un joven maniobraba detrás de ella. Se dio cuenta de que acababa de hacerle una foto de la entrepierna y estaba enseñándosela a un amigo. Su reacción fue instintiva y veloz: arrebató el teléfono de las manos al chico y corrió a mostrárselo al primer agente de seguridad que encontró, perseguida por el dueño del aparato y sus compinches. En medio del revuelo, llegaron dos agentes de Policía, vieron la imagen y admitieron que no podían hacer nada: el 'upskirting' -neologismo que define tan rastrera acción- no era delito. Si no hubiera llevado ropa interior, reconocieron los representantes de la autoridad, quizá la denuncia habría prosperado. A Gina le subió una oleada de indignación al enterarse de que la invasión de la intimidad que había sufrido no merecía ningún reproche penal; que, como mujer, debía soportar que un completo desconocido le metiese una cámara entre las piernas y fotografiase rincones de su anatomía que no tenía pensado exhibir en el infinito mundo virtual.

Al día siguiente no se le había pasado la rabia. Ni al otro. Y cuando empezó a indagar, descubrió atónita que el 'upskirting' es una tendencia que ha florecido con los móviles inteligentes y el palo-selfi, que se realiza en sitios públicos concurridos -transportes, escaleras, centros comerciales, bares o conciertos- y que hay páginas especializadas en publicar las 'obras' de estos pervertidos.

Decidió convertir su cabreo en algo productivo e inició una campaña en Change.org para lograr la imputación del acosador, pero, abrumada por las 50.000 firmas reunidas en solo unos días, cambió de estrategia: perseguir judicialmente al individuo en cuestión habría sido una satisfacción personal -«Le he perdonado, más por mí que por él; ya se ha llevado bastante susto», admite-, pero lograr que se castigase una ofensa que miles de mujeres sufren en Reino Unido era mucho mejor.

Amenazas de violación

Con ayuda de un bufete de abogados que se ofreció para trabajar 'pro bono', pidió el apoyo masivo de sus compatriotas para forzar al Parlamento británico a incluir esta práctica como delito sexual. «Lo que llevas puesto no debería tener nada que ver con cómo te tratan. Tú no eres la estilista de tu propio abuso», posteó junto a una foto suya con la falda de autos.

La petición corrió como la pólvora en las redes sociales y los medios de comunicación la invitaron a entrevistas y debates. Gracias al eco mediático, el pasado verano una diputada liberal llevó a la Cámara de los Comunes una reforma para que la sección 67 de la Ley de Delitos Sexuales de 2003 incluyese cualquier acto no consentido realizado con el fin de obtener gratificación sexual y el Gobierno de Theresa May se comprometió a aprobarla. La tramitación no fue un camino de rosas: hace seis meses, el conservador sir Christopher Chope bloqueó el texto con un pretexto formal -como réplica, alguien colgó cinco bragas en la puerta de su oficina- y obligó a la primera ministra a tomar las riendas. El 'upskirting', zanjó May, «es una repulsiva invasión de la privacidad que veja y angustia a las víctimas».

En estos meses, Gina Martin ha tenido que soportar cientos de reproches, insultos y amenazas -incluso de violación- en las redes sociales. «Me han dicho que no debería llevar faldas, que solo busco notoriedad, que es mi culpa si visto para atraer la atención de los hombres… Eso me ha hecho darme cuenta de que estoy en el buen camino: aún hay mucho trabajo por hacer», reflexiona.

También fue criticada por exagerar la importancia de algo que muchos consideran una gamberrada, pero no un crimen. «Que alguien pueda hacerte una foto entre las piernas y salirse con la suya es vergonzoso. Yo me sentí violada, humillada y enfadada», afirma Martin, quien admite que el incidente le llevó a replantearse en alguna ocasión si no sería mejor salir a la calle con pantalones. Y se dio cuenta de que no era la única: a raíz de su campaña, decenas de adolescentes y mujeres le contaron experiencias semejantes que hasta entonces habían ocultado como un sucio secreto.

La joven sigue trabajando en publicidad, pero se ha convertido en una 'celebrity' -'The Independent' la ha elegido entre sus 'Mujeres del año'- y está escribiendo un libro sobre su experiencia. «Viene de una familia de mujeres fuertes y tenía una forma de vida feminista, pero nunca había sido militante. La hemos visto en debates televisados supercómoda, como si llevara haciéndolo toda la vida», relata orgullosa su tía Anne Martin, profesora de Traducción e Interpretación en la Universidad de Granada, que la acompañó a la Cámara de los Lores el día de la victoria.

 

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