Un estallido en blanco y rojo

Un estallido en blanco y rojo
Fotos: AFP /EFE

Los pamploneses ignoran la campaña de las camisetas negras y acuden con el atuendo tradicional al chupinazo, lanzado por dos miembros de Motxila 21

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Son solo nueve palabras y un cohete, unos cuarenta segundos en total, pero su efecto en la plaza del Ayuntamiento estremece las conciencias y amenaza con partir las cajas torácicas. «Pamplonesas, pamploneses, iruindarrak... ¡Viva San Fermín! Gora San Fermín!», dice la salutación oficial, que hoy se han repartido ordenadamente Leire Zabalza e Ibai Ganuza. Los dos miembros de Motxila 21, grupo de rock formado por jóvenes con síndrome de Down, han sido los encargados de lanzar el chupinazo bajo la atenta mirada de sus compañeros de banda, apostados en un balcón cercano. A todos se les distinguía la emoción desde abajo, sin necesidad de primeros planos, aunque Leire no ha podido reprimir un gesto de susto cuando el cohete ha salido silbando justo a su lado. Con los siguientes, ha optado por taparse los oídos. Ha sido un arranque de sanfermines gozoso y triunfal, en el que no se ha apreciado ningún efecto de esa oscura 'cara B' de las fiestas representada por La Manada.

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Una vez dicho lo esencial, hay que añadir que el chupinazo tiene algo de mentira. Se supone que el estallido de las doce horas y unos pocos segundos, ese 'pum' liberador con el que muchos sueñan durante el resto del año, marca el inicio de la fiesta, pero entonces habrá que buscar un nuevo nombre para designar lo que hay justo antes. Las dos horas previas al cohete son uno de los ratos más locamente festivos que se pueden vivir en este mundo, pero ya desde primera hora la ciudad amanece transfigurada y vestida de blanco, de blanco blanquísimo, porque la blancura cegadora que consiguen los pamploneses con su ropa de San Fermín es digna de anuncio de detergente. Ya en la plaza, se aprecia que los atuendos bajan un poco de calidad: los más precavidos tiran de lo peor de su armario, sin desdeñar las camisetas de publicidad (Decoraciones y Pinturas del Segura, por ejemplo), aunque las que más llamaban la atención ayer eran las de PP Travel, empresa de viajes especializada en destinos festivos que lleva en su logo un PP bien grande. El uniforme de muchos se completaba con los gorros rojos de corsario que repartía la marca de ron Captain Morgan, tan apropiados para resguardarse de la aspersión de bebidas, un arma terrible con la que los piratas no se solían enfrentar.

Porque el público del chupinazo se divide esencialmente en dos grupos: los que protegen celosamente sus provisiones líquidas y los que se empeñan en derramarlas a su alrededor, como disparatadas mangas de riego. Dos horas antes del chupinazo, ya había gente bañada en vino, en kalimotxo, en sangría Don Simón y quién sabe en qué otras sustancias violáceas. Destacaba en ese apartado Ceferino Vega, un hombrón que encabezaba a un grupo bailongo y cantarín: «Somos los canarios», ha explicado Ceferino, porque sus dieciséis años seguidos en sanfermines los han convertido ya en una especie de institución. «De aquí nos encanta el ambiente, el buen rollo, la amabilidad de la gente... Llevamos ya un día entero sin dormir y nos quedamos hasta el martes». ¿Y ya van a aguantar a este ritmo? «Bueno, intentaremos dormir lo menos posible», se ha comprometido el portavoz de los canarios, que se han traído hasta un timple, ese primo del ukelele típico de sus islas. Los japoneses se inflaban a hacerles fotos.

La campaña que proponía acudir al chupinazo con camiseta negra, como señal de rechazo a las agresiones sexistas, no ha tenido ningún eco: ya habían dejado claro las feministas pamplonesas que se trataba de una ocurrencia absolutamente contraria a sus planteamientos. En la plaza no se distinguía ni un solo punto negro, a menos que contemos las manchas del disfraz de vaca de Jesús Lobato, un gaditano que celebraba su despedida de soltero. «Quiero correr el encierro así», decía este debutante sanferminero. ¿Y ha pensado en el efecto que puede tener en los toros? «Yo creo que ninguno», respondía, tras examinarse las ubres rosadas como calibrando su 'sex appeal' bovino. En primerísima fila, justo delante del Ayuntamiento, un tipo lucía un gran tatuaje con un toro y la palabra 'Iruña' en el brazo derecho. Iba vestido de dinosaurio buceador, o quizá de hombre rana prehistórico. Portaba una garrafa de kalimotxo de cinco litros. Y era canadiense, de Toronto: Jack Denault vino por primera vez a los sanfermines hace once años, se enamoró de la fiesta y decidió hacerse el tatuaje, al que va añadiendo una pezuña de toro tras cada edición. Nueve de ellas son negras y una, la de 2017, es roja: «Es que me cogieron en el encierro, fractura de hombro», aclara, mostrando la cicatriz. ¿Qué le atrae tanto de la fiesta pamplonesa? «The people, ¡alegría!, estupendo, es perfecto, amor», responde, saltando del inglés a un voluntarioso castellano. Jack es también uno de esos extranjeros perfectamente informados de lo que ocurre en Pamplona: «La Manada, no bueno. El asunto entero es malo. Te enseñaré algo», dice, y muestra en el móvil una foto de los cinco sevillanos («por si acaso los veo») y otra en la que se le ve corriendo el encierro con el símbolo de la mano roja en el pecho («me hice la camiseta yo mismo, hace falta respeto»).

A medida que se acerca la hora, el ambiente va perdiendo el contacto con la realidad. La gente se entretiene siguiendo las consignas de sus líderes, que vienen a ser cualquier ser humano que se suba a hombros de otro (este año, por cierto, los torsos desnudos fueron exclusivamente masculinos). Si esa persona da palmas, se dan palmas; si pide agua al público de los balcones, se pide agua; si le da por cantar algo, se canta algo parecido a lo suyo. Las apreturas se vuelven una cosa muy seria: todo el mundo sabe que el chupinazo de San Fermín rompe las leyes de la física, ya que es imposible que entre tanta gente en una plaza tan pequeña. «Si morimos, al menos moriremos borrachos», proclamaba con gesto heroico un tipo de la comarca de Navalcarnero, mientras ponía su kalimotxo a salvo de los embates de la multitud. A partir de las once y media, también se rompen un poco las reglas convencionales de la fiesta, ya que irrumpen en la plaza los problemas del resto del año en forma de reivindicación: banderas de los presos, alguna estelada, mensajes orientados a los asistentes y otros orientados a las cámaras y a los ojos del mundo («esta Justicia es una mierda», decía uno). El enorme balón publicitario del aceite Urzante botaba de manera insistente y un poco surrealista alrededor de las pancartas y de la ikurriña gigante que desplegaron algunos miembros del público. Ya había comentado el alcalde, al anunciar que la fachada del Ayuntamiento luciría un mástil vacío en lugar de la bandera vasca, que en sanfermines «siempre ha habido ikurriña y siempre la habrá».

Todos los ingredientes de esas dos horas (las estrecheces, la lluvia de vino, el vocerío, la enajenación general) estallan como el cohete cuando el reloj da las doce. Son solo nueve palabras, un 'pum' y, a partir de ahí, la fiesta se llama San Fermín.

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