«En mi época, un buen marido era el que no te pegaba»

«En mi época, un buen marido era el que no te pegaba»

Isabel Barambio, eibarresa de 105 años, retrata un tiempo donde la mujer vivía sometida a la autoridad del padre y luego a la del esposo

ICÍAR OCHOA DE OLANOEibar

Thomas Edison estaba a punto de presentar la primera prueba pública del cine sonoro; Emily Davidson y Sylvia Pankhurst acababan de echar a andar el Movimiento sufragista; y Jacinto Benavente modelaba ‘La Malquerida’ en la España de José Canalejas cuando Isabel Barambio salió del útero de su madre. Ella fue el regalo aquel día de Reyes de 1913 en Buenache de Alarcón, un pequeño pueblo conquense «con una fuente de cinco caños» tutelado por «la Virgen de la Estrella». Pronto llegaron otros tres críos para desbancarla y ponerla a trabajar desde bien jovencita. A menudo, en la recogida de la uva, de la aceituna o de «rosera», como llamaban allí a la recolectoras de la flor púrpura del azafrán. «Nunca fui a la escuela», cuenta con pesar y una lucidez desarmante desde su casa de Eibar. «Y de buena gana habría ido», añade. Su familia, como casi todas en aquellos años de penuria, necesitaba sus brazos menudos de jornalera precoz. No lo sabe pero, entonces, los sueldos miserables solían ser de hasta una peseta menos para las campesinas, lo que podía representar el doble del jornal. En la industria, la brecha se estiraba hasta el 60%. En ese tiempo, la legislación laboral simplemente ignoraba la existencia del trabajo femenino

A la Isabel adolescente la reclutaron como «criada» en una casa con posibles. Cuenta con ojos chispeantes que le salieron dos pretendientes. Uno tenía mucho azafrán; el otro, una reputación a prueba de mentideros. «En el pueblo decían que era un buen chaval, que vivía con su hermana, que eran huérfanos y que nunca habían dado de qué hablar...». Isabel eligió la honra y le dio el sí a dar largos paseos a Domingo, con el que se casaría un año después. Ni siquiera entonces se permitió cogerle del brazo en público y exponerse a ser tachada de fresca. Y menos aún le dejaba que le pusiera la mano en la cintura en un baile. En aquella España ruda y sombría la situación legal de la mujer era de absoluta sumisión, primero, a la autoridad paterna, luego, a la del marido. El Código Civil vigente se ocupaba de mantenerla con «la pata quebrada y en casa».

«Juntarse»

Isabel arruga la frente. Sexo es una palabra extraña y hueca en sus oídos mermados. Si Lucy y Angelines llegaron al mundo fue porque «nos juntamos», algo que se hacía cada vez que el hombre lo reclamaba; algo a lo que no ponía palabras; algo que no se nombra porque ni siquiera tiene vocablo propio. «En mi época, un buen marido era el que no te pegaba», resume con naturalidad bajo la mirada de su hija pequeña. Ella tuvo suerte. Su marido, al que visitó periódicamente durante los casi cinco años que permaneció encarcelado a su regreso de la guerra, era un hombre «guapo, alegre y bueno».

A finales de los agónicos cuarenta, se mudaron a Eibar, un lugar lluvioso pero con industria, les dijeron. Allí también trabajó Isabel, haciendo machos en Aurrera, mientras Domingo se abría camino en la construcción y, más tarde, en Ereña y Guisasola, una fábrica de piezas para la automoción. La longeva manchega le sobrevive ya dieciéis años. Aunque nada le gusta más que bailar (excepción del jamón y de ‘Pasapalabra’), nunca pensó en conocer a otro hombre. «Ya tuve suficiente», resuelve mientras reclama a su hija fotos de sus nietas. «Una es médica y otra periodista», cuenta con orgullo indisimulado. También es bisabuela. De otras dos mujeres en construcción.

- ¿Qué haría si tuviera usted hoy veinte años?

- Estudiar como ellas. Para no tener que fregar escaleras.

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