CÓRTAME MAL QUE SOY FUTBOLISTA

Hay una plaga que afecta a las nuevas generaciones. Y ha venido para quedarse

Griezmann/
Griezmann
JON URIARTE

«Te advierto que se ha hecho un estropicio», me dice su madre. Y entonces le veo llegar. Ante la advertencia materna me esperaba lo peor. Pero parece discreto, comparado con otras veces. Craso error. En ese momento gira su cabeza hacia la izquierda y descubro una segada de pelo, de unos diez centímetros de ancho, que nace tras la oreja derecha y termina en la nuca. Al principio creía que había tenido un accidente y era una brecha. «Como sabía que no le íbamos a dejar que se hiciera esa avería, se lo ha pagado él con sus pagas», añade el abatido padre. Porque comprende que no hay nada que hacer. El fútbol lo ha cambiado todo. La cosa ahora consiste en parecerse a Wez, el psicópata enemigo de Mad Max. Lo que me lleva a la siguiente pregunta. ¿Qué le dice esta gente a su peluquero?

Recuerdo a Guardiola subrayando en su día que Andrés Iniesta era un tipo con el pelo normal y sin tatuajes. Todo el mundo entendió que no despreciaba a los amantes de pintarse la piel o de cambiar más de peinado que Feliciano de novia. Pero, ya que menciono el nombre de un tenista, no deja de ser curioso que sea el fútbol el deporte en el que se dan más casos de cambios de imagen radicales. A veces del partido de Champions al de Liga se cambian el pelo. Y pienso si no será que esa gente se aburre mucho. Muchísimo. Porque hay casos similares en otras disciplinas. Pero en el tenis, el rugby, el balonmano, la natación, el atletismo, el esquí, el surf o el baloncesto, salvo en la NBA que van a su aire, no es costumbre tan generalizada ese afán por convertir tu cabeza en el resultado de dejar a un borracho suelto con una segadora. Me consta que hay expertos de las tijeras y la maquinilla muy cotizados que se encargan de las cabezas de los millonarios del balón. Pero no logro entender su éxito. Y aún menos, que mi sobrino lo vea digno de imitación. Porque antes no era así.

Lo de los pelos y el fútbol viene de viejo. Que quede claro. Sin ir más lejos, en el Athletic se puso de moda, a mediados de los 80, que los leones de San Mamés se hicieran permanentes en sus melenas. Pero con rizos rotundos, ojo. Y se apuntó hasta el más insospechado. Total que a los rizados naturales de los De Andrés, De la Fuente o Zubizarreta, se sumaron legendarios como Sarabia o el mismísimo Goiko, que de la noche a la mañana lucieron rizos sobre el verde. Ahora Manolo añorará aquellos días de goles mágicos y caracoles capilares. Pero los tuvo, que yo los vi. Y no fueron los únicos pelos lisos que se rindieron al imperio del rulo. También tuvieron sus modas capilares en equipos vecinos, como la Real Sociedad, donde el bigote se convirtió en parte intrínseca del uniforme y el rizo también se hizo fuerte. Lo cierto es que hubo entre los simples mortales quien siguió la senda de aquellas influencias. Pero la juventud, en general, se inspiraba más en los ídolos del rock o del pop que en las cabezas de los astros del balón. En cambio ahora la última imagen de Cristiano Ronaldo puede abrir la parte deportiva de un telediario porque se ha presentado en el entrenamiento con un nuevo corte de pelo. Y luego nos extrañaba que se mirara la cara en el móvil tras recibir una patada. Menos mal que no le dio a De Marcos por hacer lo propio cuando le rasgaron el escroto en Zaragoza. La imagen habría dado la vuelta al mundo. Por cierto, Oskar es un chaval que también se rapó la cabeza. Pero lo hizo, como el resto de sus compañeros, para solidarizarse con Yeray, ofreciendo al mundo una de las más hermosas pruebas de compañerismo y amistad que se pueden dar. Pero mi sobrino no se ha rapado al cero por solidaridad. Lo suyo es seguir otra senda. La que marcan los amigos del primo chungo de Eduardo Manostijeras.

Marcan tendencia

Y luego está la ropa. Aquí hemos tenido suerte. Hay casos peores. Desde que los alternativos como Neymar y Dani Alves marcan tendencia, la gracia está en abrir el armario, cerrar los ojos y ponerse a ciegas lo primero que se pille. Puede ser un pantalón de chándal con una camisa de ejecutivo y una chaqueta de tu hermano que toca en una fanfarria de carnaval. A poder ser, con colores que peguen menos que Flavio Briatore y sus novias. Por no hablar del calzado deportivo. Hace cosa de un año intenté regalar a este sobrino unas botas negras de fútbol. De las de toda la vida. Imposible. Lo más discreto que encontramos fueron un par color azul añil. El resto eran tan chillonas que había que ponerse gafas de sol para que no te deslumbraran. Pero es lo que hay.

También en el Athletic tenemos nuestra ración de cortes abstractos. Por ejemplo Muniain y Williams. Y quizá de ese detalle nazca la inquietante pasión por los juegos capilares de mi sobrino. O debería decir sobrinos. En realidad también tendría que incluir a sus amigos. Porque esa es otra. Si no me fijo no les distingo. Igual si se cambiaran menos el peinado y cada cual llevara su marca, resultaría más sencillo. Entre esto y el reggaetón hemos perdido la batalla. Dios, me veo reflejado en mis mayores cuando me dio por dejarme pelo largo en los 80 y me criticaban con saña. Definitivamente me estoy haciendo viejo. Y me niego. La próxima vez voy a acompañarles al peluquero. O a la peluquera. Desconozco el género de la mano que mece la maquinilla. Pero, bien pensado, tiene que ser una gozada decirle-Córtame al cero por este lado, aquí me dejas un mechón largo, esta parte a capas entre dos y tres dedos de grosor y ya lo que es la nuca la afeitas con cuchilla hasta donde te de la gana. «Córtame mal. Como si fuera futbolista. Total, si te equivocas no se va a notar...».

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