El condón caducado

«No deja de ser curioso que las nuevas generaciones busquen más seguridad para sus móviles que para el sexo»

El condón caducado
JON URIARTE

Ahí estaba. Entre una entrada usada de los Dire Straits y un billete de 5 dólares con un Abraham Lincoln más arrugado que una pasa. Todo era viejo. Incluida la cartera. Desgastada y con un color que nada tenía que ver con el original. Pero se negaba a cambiarla. Había sido un regalo paterno y, como tal, llevaba mensaje. Venía a ser el salvoconducto para entrar a la edad adulta. Y eso, a los 19 años, era sagrado. Al menos entonces, cuando todo era más salvaje, pero también más inocente. Los añorados 80. Esa época que, como dice el cómico Quequé, quienes la vivimos la empezamos a echar de menos allá por...el 81.

Una década en la que nació un temor a tres siglas. SIDA. Lo cambiaron todo. Incluido aquello que empezaba a cambiar y se frenó en seco. Lo del sexo libre. El aquí te pillo, aquí lo hacemos. Nada de eso. Llegaba una nueva espada de Damocles. Pero, pese a que se hacía poco se presumía mucho, los gobiernos decidieron montar campañas envueltas en goma y frases como la de 'Póntelo, pónselo'. Para redondear el asunto empezaron a repartir condones, como quién lanza caramelos desde una cabalgata. Éramos tan básicos que recuerdo una tarde de viernes en Pozas en la que, tras un reparto masivo, la gente empezó a inflarlos como si fueran globos y viviéramos un cumpleaños gigante. Una oda al desperdicio. Pero algunos de esos condones acabaron en raídas carteras de bolsillos juveniles. Ya saben, por si acaso. Pienso en ello al leer que las nuevas generaciones toman cada vez menos precauciones en asuntos de sexo. No hacemos más que mejorar. Total que, ante viejos problemas, viejas soluciones.

#SiemprePreservativo. Así se llama la campaña del Gobierno ante el alarmante repunte de las infecciones de transmisión sexual. La gonorrea y la sífilis, por poner dos ejemplos, crecen entre los más jóvenes. Por no hablar de los embarazos no deseados. Pero lo peor es su percepción del SIDA. El miedo que golpeó a la sociedad de los años 80 se ha disipado hasta ser percibido por los jóvenes del siglo XXI como poco más que una gripe mala. No le tienen miedo. Ni respeto. Y eso, paradojas de la vida, genera pavor a quienes vimos salir por la tele a un tal RoCk Hudson confesando que tenía los días contados por culpa de una nueva enfermedad de transmisión sexual. Y años después contemplamos cómo Freddie Mercury tenía la respuesta a su canción 'quién quiere vivir para siempre'. Él no. O al menos no eligió los mejores números en la ruleta del destino.

Total que, hasta el más tonto, entendió que el sexo era un asunto serio. Divertido y genial, pero no había que tomárselo a la ligera. Cierto que hubo cafres que tardaron en asimilarlo. Recuerdo a un compañero periodista, subrayo la profesión porque hablábamos del SIDA en los medios a diario, que afirmaba a los cuatro vientos que el sexo oral estaba exento de peligro. Y eso que el Gobierno Vasco había repartido trípticos con dibujitos para que lo entendiera hasta el más tonto de baba. Pero ni por esas. Por suerte no fue lo habitual y la mayoría de la gente lo entendió.

Hubo quien decidió cerrar piernas, bien por conciencia o por temor. Y quien se lo pensó mejor a la hora de buscar alivios esporádicos. Pero la inmensa mayoría, hablo de lugares como Bilbao en los 80, guardaron un condón en la cartera. Por si tocaba usarlo. Era una especie de salvavidas. Cierto que la mayoría dormían el sueño eterno. Pero ahí seguían. Apostaría que algún viejo amigo que ha ligado menos que los gases nobles, y sigue igual, lleva alguno de ellos en su cartera. Porque ya no se trataba de las cualidades del preservativo. Sino de otra cosa. Era un recordatorio. El que agitaba la conciencia y el sentido común cuando la vida nos ponía en bandeja jugar a los médicos. Y de esa forma, muchas de aquellas personas que eran jóvenes en los 80 se atrevieron a entrar en una farmacia y pedir una caja de profilácticos o preservativos, que sonaba más discreto que decir condones, por si sonaba la flauta. Pero todo eso fue ayer.

No hemos sabido inculcar el sentido común en las nuevas generaciones. De nada sirvieron aquellas campañas porque los que fuimos jóvenes no lo hemos transmitido a los que lo son ahora. Así que un día no muy lejano llegarán los lloros, el no sabía que era tan peligroso, la cantinela de que el Gobierno debería hacer algo que para eso pagamos impuestos, la teoría de la conspiración argumentando que los laboratorios tienen una vacuna pero no quieren sacarla...Todo con tal, una vez más, de no reconocer que aquí todos somos tribu y que los aciertos y los errores son cosa de todos. Algo que, por cierto, entendimos hace 40 años. Por eso recuerdo aquella vieja cartera. Y, sobre todo, aquel caducado condón. Nunca lo usé. O sí. No lo recuerdo. Pero estaba ahí. Por si acaso.