CIEN AÑOS DE RONDAS CON ASCENSIÓN

A sus 104 años no le queda otra que cerrar su centenario bar. Y con ello, su historia

Ascensión, de 104 años, tras la barra de su bar./
Ascensión, de 104 años, tras la barra de su bar.
JON URIARTE

Impresiona su voz. Y su lucidez. Cuesta creer que tenga 104 años. Pero los tiene. Y los muestra con orgullo en unas arrugas cargadas de vida. Toda la que cabe en un siglo. Con historias y secretos que se guardan siempre, bajo llave invisible, tras la barra de un bar. Y si ella es centenaria, el local sigue sus pasos. O seguía. Debe cerrar. El universo de botellas y comidas que ella conoció a los cuatro años, en breve dejará de ser comercio para pasar a ser recuerdo. Es esta una de esas noticias que escuchas de refilón y te atrapa como un retel a un cangrejo. La culpa de todo la han tenido dos mujeres. Las presento y sigo con la historia.

Henar Díaz es redactora de ABC Sevilla. Fue ella quien descubrió la historia de esa mujer de más de un siglo que cerraba un bar de 100 años. Y Paola Albaladejo es compañera de quien esto escribe y una de esas personas elegidas que saben perseguir noticias con corazón. Apenas se enteró del asunto ya estaba llamando a Henar y después al hijo de la protagonista. Cuento todo esto para que vean que un bar, incluso en una noticia, provoca reunión y tertulia. El caso es que apenas una hora después Paola me pasó la foto de Ascensión. Así se llama ella. Una mujer que firma una carta tan hermosa como sencilla. La habrá tecleado su hijo, pero la firma ella. Y lleva su mensaje. El de alguien que ha sobrevivido a una guerra y a una posguerra. Que ha vivido los años duros en tierra difícil. De esas en las que no regalan nada y a veces viene uno con posibles y te quita hasta el pan. Lo que viene siendo una pedanía con alma de pueblo que vivió años mejores y que poco a poco fue muriendo. Es el caso de Bárcena de la Abadía. Allí nació, hace 104 años, Maria Ascensión Ramón Gómez.

Cuenta en su carta de despedida y cierre que recuerda con nitidez la apertura del local y cómo a sus cuatro añitos intentaba subirse al mostrador. Aquél que provocaba aplausos en aquellos tiempos donde toda novedad era progreso. Donde si tenías suerte podías vivir en tu casa sin morirte de hambre. Y si no era así, partías buscando futuro en otras tierras. Lo malo de los bares es que no pueden hacer maletas. Así que el local pasó por todos los usos y negocios imaginados. Desde ultramarinos a bar y casa de comidas, pasando por carnicería, almacén de piensos, tienda de pieles o pensión. Si había algo que vender o alquilar, allí estaba la «Casa Santos». Porque también cambió de nombre. De ese pasó a «Casa de Ascensión» y luego a «Casa de la Viuda», que nunca fue oficial, pero sí oficioso y de uso popular. Además esos cambios nos explican las cosas que fueron pasando en ese siglo intenso. En ese bar hubo amores y desamores, abrazos y peleas, teatro y cine. Con esas teles en las que un pueblo imagina cómo es el mundo, viendo un viernes tonto el telediario o compartiendo el sábado la película vespertina del oeste. Todos hemos conocido esos lugares. Quien no lo ha hecho, no ha vivido. No sabe lo que puede dar de sí el vuelo de una mosca, el olor a serrín en el suelo o el debate que puede generar una botella que alguien dejó en la balda y nadie sabe su origen. Ascensión fue testigo de esos momentos. De todos. Y se quedarán en su memoria. Por eso nos da pena que baje la persiana. Se queja de que no hay forma de mantener el negocio si no hay vecinos. Y como los amos del dinero no entienden de soledades, siguen cobrando impuestos como si nada, pese a que la actividad del bar es nula y no está precisamente en una calle cara o en la populosa Puerta del Sol. De ahí su pena. Y su rabia. Elegante, pero rabia al fin y al cabo.

En fin, me habría encantado conocerla. Y tomarme un vino en esa barra que parece heredera de otras que ya son polvo. Para, allí acodado en ella, hablar poco y escuchar mucho. No descubro nada si les digo que tengo querencia hacia esos lugares donde reina el trago de vaso humilde. Ya hablamos en su día de lo que nos duelen sus cierres. No somos los únicos. Y Ascensión lo sabe. Quizá por ello, su carta termina así: «Siempre habrá un trago para compartir y un vaso para conversar». Y abajo, cerrando texto, la firma con mano temblorosa de una mujer firme. Asunción Ramón. La señora del bar. La dama que desafía al tiempo. La que sobrevivió a todo, incluido a su viejo, amado y cerrado bar.

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