Berlín se despierta dividida

Soldados de la Alemania Oriental vigilan a ciudadanos berlineses durante la construcción del Muro./R. C.
Soldados de la Alemania Oriental vigilan a ciudadanos berlineses durante la construcción del Muro. / R. C.

Las autoridades de la RDA despliegan 155 kilómetros de alambradas de la noche a la mañana, aislando a los sectores occidentales. Nace el Muro de la Vergüenza

ANTONIO CORBILLÓN

Los berlineses se levantaron en la mañana del 13 de agosto de 1961 con su ciudad 'cosida' por una alambrada de 155 kilómetros. En realidad, más que unir, lo que hizo fue separar a sus ciudadanos. Al Oeste, la prosperidad y el incipiente 'milagro alemán' a lomos del despeque capitalista tutelado aún por las potencias que derrotaron a Hitler: Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Al Este, los instigadores de aquella partición, celosos de mantener la construcción de la utopía del Estado comunista. En los apenas 15 años transcurridos desde el fin de la II Guerra Mundial, tres millones de berlineses habían huido hacia el Oeste, conscientes de que el comunismo era otra cárcel más.

La alambrada, que cerraba 69 de los 82 puntos de conexión entre las dos partes de la ciudad, fue convirtiéndose progresivamente en un muro de ladrillo y hormigón de 3,5 a 4 metros de altura, reforzado en su interior con cables de acero para hacerlo más resistente. Nació así el Berliner Mauer, el Muro de Berlín. Tuvo otros nombres, como el que le dieron las autoridades de la República Democrática Alemana (RDA): Muro de Protección Antifascista. Para la opinión pública internacional fue siempre el Muro de la Vergüenza durante sus 28 años de existencia (hasta 1989). Lamentablemente, medio siglo después, hay más 'muros de la vergüenza' que entonces: en Israel, Estados Unidos, Sahara Occidental...

La RDA no andaba sobrada de fondos para mejorar la vida de sus habitantes, pero sí de ganas y métodos de control policial. Convirtieron aquella frontera que dividió edificios y familias en la llamada 'franja de la muerte'. En paralelo a la pared crearon un foso, una alambrada y una carretera para uso de vehículos militares, controlados con alarmas, torres de vigilancia y patrullas con perros las 24 horas.

Aún así se calcula que 5.000 personas intentaron cruzar el muro. Más de 3.000 fueron detenidas. Y entre 125 y 200, según las fuentes, se dejaron allí la vida. El museo junto al Checkpoint Charlie, el punto de acceso a la zona occidental bajo control de EE UU, recoge las historias de los que lograron burlar la vigilancia de los comunistas.

Para acabar con la pesadilla de las dos Alemanias hicieron falta 28 años; ya han pasado 29 desde la caída del Muro en noviembre de 1989, cuando los berlineses se encaramaron a la pared y derribaron a pico y pala aquella barrera de hormigón a su futuro en común.

En realidad la luz se coló primero por otro muro político: el que separaba la comunista Hungría de Austria. Los alemanes del Este solían acudir al país magiar para saborear la libertad y conocer los cafés vieneses. Las manifestaciones de berlineses en Alexanderplaz reclamando la libre circulación llevaron al Gobierno de la RDA a abrir la mano. Cuando el portavoz de su Politburo, Günter Schabowski, dijo que la libertad llegaría «de inmediato», los ciudadanos tomaron el paredón al asalto. Todavía hoy siguen en pie 1,3 kilómetros para advertir al mundo de que la vergüenza puede aparecer a la vuelta de cualquier esquina.

 

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