Todo el santo día pendientes del cielo

Miles de romeros en las campas de Armentia. / Iosu Onandia

Miles de romeros abrigados y con paraguas retan a una jornada otoñal para subir a Armentia entre plegarias

José Ángel Martínez Viguri
JOSÉ ÁNGEL MARTÍNEZ VIGURI

Todo el santo día -mejor así que una palabreja- pendientes del cielo y sus caprichos antes de echarse a la calle y subir a Armentia por ese paseo contra la obesidad en cuyo final se rinden cuentas y honores al patrón de Álava. San Prudencio acogió bajo su manto a todos, a los que fueron a su encuentro y a quienes temieron lo peor y optaron por el calor del hogar. Todos los alaveses, de nacimiento o adopción, de la 'Corre' o de las Américas, están desde ayer en paz con el más ilustre vecino de Mendive, donde nació no se sabe bien qué año.

Tal vez por no dejar en feo al párroco Luis Ángel Ortiz de Pinedo, a quien desagrada el apelativo nada religioso de 'santo meón', el patrono retuvo como pudo la lluvia de La Llanada, que solo apareció con la siesta, de manera que los romeros, abrigados y con paraguas en una mano, se acercaron en masa hasta las campas y la basílica entre plegarias y miraditas desafiantes al gris de las alturas. Habrían sido muchos más, seguro, si las nubes hubieran dejado asomar al sol y no castigar con una jornada desapacible. El secreto pacto de Prudencio con el diablo dio para lo que dio, para medio día y algo más. Los tenderos, en cambio, deben estar que trinan.

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Como se las saben todas o casi, Maribel y Santi madrugaron y así se despreocuparon del clima. Justo se habían repuesto las calles, los semáforos y los pasos de cebra y ellos, para antes de las diez, ya emprendían el camino de vuelta a la ciudad. «Hemos comprado unas rosquillas. Ya nos vamos. Nos ha dado tiempo hasta para tomar un café y ver los puestos. Luego se junta mucha gente». Se juntó, sí, pero no tanta.

La homilia y el aurresku

Ni el mercurio había superado los diez grados ni los paisanos aún se habían decidido por acudir a la fiesta cuando Roberto Guinea y Teresa Salgado ya ofrecían un cupón. «Once años en la ONCE» lleva el simpático joven vendedor minusválido. «Ya tiene guasa», bromeó mientras daba cuenta de su dedicación. «Hoy es fiesta y trabaja el que quiere. Solo hay que hablar con la oficina». Se supone que con el jefe de la oficina.

Los jefes, los de la provincia y la ciudad, tuvieron jornada laboral en fecha festiva. Y tan frescos ellos y puestas las ilustrísimas. Noche de tambor, mañana de misa y ágape en la entrega de la Medalla de Álava. Cuatro mozos de Armentia -cada vez quedan menos- cargaron con la talla del santo y le dieron una vuelta en procesión alrededor del bello templo románico. Alain, Yago, Unai y Eneko pusieron cuidado, y si no ya estaba el padre Luis Ángel para dirigir la maniobra de la imagen, en su salida y entrada a la iglesia. A ver si rompemos la mitra y la liamos, pensaron. «Llevamos cinco años con el santo y seguiremos hasta que nos fiche otro, como a los futbolistas», soltó uno de los adolescentes. «Pesa mucho. Te deja el hombro fatal», revela uno al interesado por el esfuerzo mientras deja ver una bufanda del Glorioso como almohadilla.

La basílica, obispado de los grandes hace siglos, es tan coqueta como pequeña y en un día tan señalado jamás da abasto para albergar a tantísimos fieles. Los que tuvieron suerte de dar con un hueco después de sortear los filtros policiales escucharon al prelado de la diócesis, Juan Carlos Elizalde, pedir «a los católicos que se comprometan políticamente» y rescató para la homilía un hermoso discurso de Macron, presidente de la República Francesa.

«Si aguanta, será una venta decente», deslizó Pablo, de Leioa, desde su puesto de rosquillas de anís

Gorka Etxeandia y Ainhoa Sáez de Gordoa, de Algara, calentaron y estiraron en el pórtico durante la celebración ante la mirada de los postizos atabaleros y trompeteros. Se enfrentaban al aurresku que todo dantzari desea ejecutar. Además, con una compañía de postín, Pilar García de Salazar, la teniente de diputado general, quien recordó sus años mozos en Gaztetxu, de la Excursionista Manuel Iradier. Fuera taconazos para atreverse con el 'agurra'. Los 'profesionales' se repartieron 'desafío', 'banan-banakoa' y 'zortziko'. Una maravilla.

Sin Luis Mari Bengoa y su deporte rural, la romería no sería lo mismo, como tampoco sin ese gran zoco que ofrece desde un talo de chistorra hasta unos gayumbos. Era ya hora de zampar y comprar. Desde su caseta de rosquillas, Pablo, de Leioa, miraba al cielo. «Si aguanta, será una venta decente». Aguantó por la gracia del santo, pero de decente...