¿Y ahora quÉ?

Sánchez enseñó a Torra varias dependencias de La Moncloa, entre ellas la sala donde se celebra el Consejo de Ministro./EFE
Sánchez enseñó a Torra varias dependencias de La Moncloa, entre ellas la sala donde se celebra el Consejo de Ministro. / EFE
Antonio Rivera
ANTONIO RIVERA

Retóricamente se preguntaba hace unos días el 'molt honorable' Torra si se encontraría con el presidente Sánchez de la negociación y el diálogo o con el del 155. Se contestó él solo en la rueda de prensa posterior a la reunión: no había entablado conversación sobre el derecho a la autodeterminación porque este corresponde al pueblo de Catalunya y no a su president. No sé si por empatía o por inteligencia podía haber supuesto de previo que Sánchez tampoco es dueño de la soberanía nacional española. Se lo recordó instantáneamente apelando al artículo 2 de la Constitución y al redactado actual del Estatut. Dos horas de charla, reparto de presentes y gestos a raudales para descubrir que Sánchez tiene un talante distinto al de Rajoy y que es capaz de reunirse con Torra en el marco ordinario de relaciones entre el presidente español y el de una de las diecisiete comunidades autónomas. Restablecimiento de relaciones normalizadas, pero nada de bilateralidad, ni siquiera en las formas.

Nada nuevo bajo el sol achicharrante de Madrid ayer. Entonces, ¿para qué? Pues para escenificar el paso de la falta de voluntad para abordar el problemón catalán a la imposibilidad de abordarlo a día de hoy. Torra está preso del proceso que los suyos pusieron en marcha y Sánchez lo es de las leyes que legalizan y legitiman su condición. Ninguno de los dos se puede mover, pero los dos reconocen que algo habría que hacer para que las posibilidades de la política ensanchen las que protegen las normas del Estado. Torra no tiene ni cintura ni recorrido: a poco que se mueva profundizará la división estratégica que evidencian los soberanistas. Sánchez, por muy ocurrente que pudiera ser -incluso hasta si fuera desleal a la Constitución, como dicen las derechas hoy desnortadas-, tampoco tiene espacio de juego con el equilibrio precario que lo sostiene.

Entonces, como dice el catón de la política, si no tienes dinero, haz discurso; si no tienes ninguna posibilidad, gana tiempo. Cada cual en su estilo ha hecho eso. Torra para demostrar que es capaz de «arrancar» lo que es pura normalidad: una reunión de trabajo entre dos presidentes. Luego, para repetir en mitad de la Corte su retahíla de frases vindicativas con esa jerga que tanto daño hace a su causa del Ebro para abajo. Poco más: revive una comisión que no funcionaba desde 2011 y se verá satisfecho en inversiones y levantamiento de recursos que cuesta pensar que no estuvieran pactados antes ya de su apoyo a la moción de censura contra Rajoy.

Sánchez, por su parte, demuestra talante ante su contrario más fiero. ¡Qué más puede pedir! Las derechas le reprochan haber recibido al «Le Pen catalán», pero precisamente en el gesto hace demostración de capacidad y de poder. La normalidad beneficia a quien se enfrenta a los que cuestionan las instituciones. En ese sentido, el presidente ha ganado sin bajarse del autobús, sin siquiera atender una rueda de prensa, ni siquiera apareciendo en plasma.

¿Y ahora? Ahora el verano y el veraneo, que es a lo que aspiran los desasosegados soberanistas -tanto ajetreo emocional- y lo que desea 'Juan Español' después de sus laboriosos meses de actividad. Por debajo bucearán Meritxel Batet y su 'partenaire' tejiendo lo posible. A la vuelta, septiembre y octubre volverán a ser solemnes en aquella tierra últimamente levantisca. Y, mientras tanto, Sánchez habrá ganado varias semanas perfilándose como presidente del gobierno. Res més, nada más.

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