Felón, chaquetero... Diccionario de insultos para entender la política española

Felón, chaquetero... Diccionario de insultos para entender la política española

Con las elecciones cerca y la ansiedad por salir en las redes sociales, los líderes de los principales partidos sacan la artillería verbal, no muy original, ya que existen insultos 'políticos' mucho más eruditos

Solange Vázquez
SOLANGE VÁZQUEZ

El 'insultómetro' político, que siempre está activo, ha registrado en las últimas semanas una escalada. No es que una conjunción astral extraña haya desatado la lengua de la clase política, es que siempre ocurre así cuando se acercan las elecciones o cuando hay algún asunto tenso sobre la mesa, como ha ocurrido con el 'procés' catalán, fuente, entre otras cosas, de numerosas andanadas -poco finas- entre representantes de distintos partidos. Así que, en estas fechas, se puede decir que se ha abierto la veda. Y si los modales de los representantes de las distintas fuerzas siguen por los mismos derroteros, parece que el camino hacia las urnas va a estar sembrado de lindezas. Sobre todo, claro está, entre el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y Pablo Casado, líder del PP.

Casado, de momento, va en cabeza tanto en cantidad -en alguna comparecencia ha encadenado varios insultos seguidos- como en creatividad, ya que ha sacado del baúl de los recuerdos la palabra «felón», dedicada a Sánchez, un insulto culto, poco usado y de significado desconocido para parte de la población. Como acompañamiento a éste, ha usado otros: «ridículo», «ególatra», «okupa», «traidor», «ilegítimo», «mentiroso», «irresponsable», «incapaz», «desleal», «incompetente»... Tal profusión -él ha dicho en alguna ocasión que no son descalificaciones, sino «descripciones»- ha caldeado la marmita política y ha llegado a incomodar al sector crítico del PP. ¿Y qué hace, entretanto, la diana de estos epítetos? Pues, Pedro Sánchez también ha hecho sus pinitos, bien es cierto que con menos dedicación, aunque con vistosos resultados. Así, el presidente no ha dudado en repartir sus 'amores'. En la última sesión parlamentaria le dijo a Casado que tenía «muy larga la lengua del insulto y muy cortas las patas de la mentira» -casi recuerda a una canción de Sabina-, mientras que al líder de Ciudadanos, Albert Rivera, le espetó que «tiene el armario lleno de chaquetas», vamos, que concentrado en una palabra, le llamo chaquetero, porque habrá que ser muy inocente para pensar que estaba admirando la variedad de su ropero. Además, Sánchez no sólo le dice este tipo de cosas a la cara, en su libro, el presidente le tacha de inconsistente, veleta, traidor...

El caso, es que, entre tanta refriega verbal, también hay momentos en los que los propios protagonistas de este bronco escenario hacen un llamamiento a la calma... aunque sólo sea para afear la actitud del contrario. Así, Pedro Sánchez, en la última sesión del Parlamento, le dijo al líder del PP: «Qué nivel, señor Casado». «Usted ha traído aquí el insulto y la mentira», le echó en cara al popular, quien le había dicho que «fuera recogiendo el colchón», en referencia a su posible salida de La Moncloa tras las futuras elecciones.

Colchones al margen, las lindezas en espacios políticos no son nuevas. En el Congreso y el Senado -el crisoles políticos por excelencia- los insultos más frecuentes son «gilipollas» e «imbécil», vamos, un fiel reflejo de la sociedad, que es lo que se supone que son estas cámaras (también en este inesperado sentido). Y, últimamente, los conflictos con los independentistas catalanes han resucitado las palabras «golpista» y «fascista», que han campado por doquier por estos foros. ¿Dónde ha quedado la política de guante blanco? «Hoy en día la falta de estilo es total», aseguran desde la Asociación Española de Protocolo, que, en los tiempos que corren, sufre lo suyo. «Cuando vemos que se insultan... lo pasamos fatal -admiten-. Nos sorprende la falta de educación. Nunca se debe insultar, pero si eres un cargo público, menos aún, porque estás ahí en representación de quienes te han votado». Lo ocurrido en la última sesión parlamentaria es, a juicio de la asociación, «una pena por el bajo nivel que se vio». «Uno recuerda a Cánovas y Sagasta y sus frases y lo comparas con lo de ahora... y no hace falta irse tan lejos. Rajoy, por ejemplo, sacaba su vena gallega y no insultaba, era sutil». La caída en picado de los modales políticos tiene varias causas: una de ellas, que los insultos 'funcionan' en las redes sociales y los políticos lo saben -vamos, que no se les calienta la boca, lo que dicen lo tienen muy estudiado-. «En las redes sociales funciona el 'y tú más'», lamentan los expertos en protocolo. Si a esto le unimos que los políticos, que firman unas normas éticas y de comportamiento, se olvidan de lo suscrito y que apenas son moderados... pues ya tenemos al caldo de cultivo para ideal para la bronca. «De izquierdas, de derechas.. todos insultan. Antaño, la izquierda, en época de la Segunda República, por ejemplo, era más estilosa haciéndolo. Pero ya no, no hay distingos. Y, al final, a los políticos les va a pasar factura, porque el pueblo es inteligente», advierten desde la asociación.

Estos son algunos de los insultos 'políticos' de los últimos días que conviene explicar y, para que renueven el repertorio, algunos recogidos del 'Manual de insultos para políticos', una biblia de este género, obra de Pancracio Celdrán, un erudito del tema.

Felón

«Pedro Sánchez es el mayor felón de la historia democrática de España», ha dicho este mes Pablo Casado. Gracias a él, muchos ciudadanos han descubierto este insulto, poco usado en la actualidad. Para quienes no sepan exactamente qué significa, la Real Academia Española de la Lengua (RAE) señala que la palabra 'felón' tiene un origen francés y proviene de la expresión 'felon', que se traduce como «cruel, malvado». Felón es una persona que hace una felonía, es decir, una«deslealtad, traición, acción fea».

Chaquetero

El presidente, Pedro Sánchez, ha hecho uso de esta figura varias veces en los últimos tiempos. Normalmente, refiriéndose a Albert Rivera. Bien es cierto que lo ha hecho dando giros para no caer el la literalidad. En la esfera política, ser un chaquetero resulta sumamente deshonroso. «Llamamos chaquetero a quien es tan oportunista y cínico, arribista y trepador que está dispuesto a cambiar de bando si cree que le irá mejor en el que hasta entonces combatía, y en ese sentido decir chaquetero es tanto como decir traidor», indica Pancracio Celdrán en su 'Manual de insultos para políticos'. «Se predica asimismo de quien deja un partido o credo para abrazar otro, actividad innoble llamada antaño cambiar de casaca, villanía documentada a mediados del siglo XVI. Durante las guerras de religión Católicos y luteranos vestían casacas de colores diferentes: el forro de la casaca protestante era del color de la casaca católica, y el forro de la casaca católica era del color de la protestante. Como deserciones y traiciones eran frecuentes, a quien se pasaba al bando contrario le bastaba con ponerse la casaca del revés, a fin de advertir al antiguo enemigo de sus intenciones de abrazar su causa. Cambiaban de casaca como hoy se cambia de chaqueta», explica.

Viceberzas

«Quien hace las veces del berzotas o lo representa cuando el berzas está de vacaciones», describe Pancracio Celdrán, doctor en Filosofía, en su libro que acaba de publicar. «No todos los insultos son producto de la herencia lingüística común, los hay de diseño, insultos de laboratorio. Caso simpático resulta este invento del viceberzas; porque existe el berzas y el berzotas, pero ¿viceberzas?». Y explica su origen: «Así llamaban en el siglo XIX a quien es secretario de un tonto o sirve a alguien más idiota que él».

Cogecosas

Según Celdrán, llamaban así antaño al político trincón. Pío Baroja narra en sus 'Memorias' cómo gran cantidad de políticos de la época se llevaban de los ministerios, cuando cesaban, tinteros, ceniceros, lápices y gomas de borrar, sillas e incluso mesas..

Uñilargo

Es más o menos lo mismo que un 'cogecosas'.

Pancista

Según el manual para políticos, un 'pancista' es una mezcla de trepa y vividor, chaquetero y oportunista metido en política.

Menerre

Es un político de escasas luces que consigue estropearlo todo

Metesillas y sacamuertos

Estos vocablos designan a «politiquillos de mala muerte que se dan importancia muy por encima de su merecimiento»

Pierdepueblos

Es aquel que con tal de ser elegido promete y dice cuanto se le ocurre, tal y como recoge Celdrán.

Urdemalas

Es un individuo tendente de manera natural hacia la conspiración y la intriga, sujeto sinuoso y avieso que trama o maquina de manera cautelosa para hacer daño.

Maniobrero

Es un político astuto capaz de adelantar acontecimientos y trabajar en la sombra para favorecer sus planes, a menudo con estratagemas y jugadas no siempre limpias.

Culiparlante

Se llamó así, desde las Cortes de Cádiz de 1812, al político cuya única participación parlamentaria se reduce a levantarse o quedarse sentado a la hora de votar las leyes. Es sinónimo de político zote, indocumentado o haragán.

Firmón

Es un político corrupto dispuesto a estampar su firma sobre cualquier escrito si media suculento porcentaje. Suele aplicarse a concejales que dan el visto bueno a planes y proyectos sin estudiarlos.

Aquellas maravillosas (e insultantes) pullas

Lo mediocre de los rifirrafes políticos actuales hacen añorar el pasado, cuando las pullas -algunas rozan la genialidad- eran un arte que ensalzaba a quien las decía y hundía al destinatario. Estas son algunas de las frases hirientes más famosas. Y sin ninguna palabra grosera ni expresión barriobajera. Porque para ofender, también hay que tener clase. Uno de los ases de este 'género' es Winston Churchill, una lengua viperina, sin duda, al que se le atribuyen innumerables andanadas (o 'zascas', como dirían ahora). Ahí va una, dirigida al líder laborista Clement Attlee: «Un taxi vacío se detuvo en Downinng Street. Clement Attlee se bajó». El pobre Attlee era objeto común de sus exquisitas burlas. «Es un hombre modesto con mucho sobre lo que ser modesto», decía de él el señor del puro eterno.

Hay políticos que, por lo que sea, han sido diana de los comentarios ofensivos -pero finos- de sus adversarios. Uno de ellos es George W. Bush. Pocos han recibido tantos. «La gente podría nombrar a George Bush como prueba de que se puede ser totalmente inmune a los efectos de haber estudiado en Harvard y Yale», dijo de él en una ocasión Barney Frank, entonces miembro de la Cámara de Representantes de los EE UU. El activista estadounidense Jim Hightower, por su parte, dijo que «si la ignorancia llegara a costar 40 dólares el barril, quiero los derechos para perforar la cabeza de George Bush».

Luego está el ex senador Pat Buchanan diciendo que la experiencia en política exterior de Bill Clinton «se reduce a haber desayunado una vez en 'La Casa Internacional de las Tortitas'», el ex senador Bob Doyle refiriéndose a Carter, Ford y Nixon como «el ciego, el sordo y el malo» y Lyndon Johnson -36 presidente de los EE UU- definiendo de Gerald Ford -que fue el número 38- como «un buen tipo, pero que jugó demasiado al fútbol sin casco». ¿Se puede ir más allá sin el insulto explícito? Sí. El primer ministro británico Benjamin Disraeli dijo sobre William Gladston, líder de la Cámara de los Comunes: «Si cayese al Támesis sería una desgracia. Si alguien lo sacase, eso, creo, sería una calamidad».