«Tuve pesadillas durante 4 años»

José María Ryan terminó de formarse en Estados Unidos, donde se especializó en energía térmica y nuclear./E. C.
José María Ryan terminó de formarse en Estados Unidos, donde se especializó en energía térmica y nuclear. / E. C.

El secuestro de José María Ryan, del que se cumplen 35 años en enereo de 2016, dejó marcados a sus compañeros de la central de Lemóniz

ALBA CÁRCAMO

Cuando aquel 29 de enero de 1981 todos estaban pendientes de Adolfo Suárez, que había presentado su dimisión como presidente del Gobierno, ETA se cruzó en el camino de José María Ryan Estrada. En plena campaña contra la construcción de la central nuclear de Lemóniz, un comando capturó al ingeniero jefe cuando salía del trabajo. Bilbaíno y padre de familia numerosa, su caso escenificó el inicio de una nueva crueldad: los secuestros con una fecha marcada para la «ejecución».

La banda terrorista dio un ultimátum al Gobierno para que derribara la instalación en una semana. De no hacerlo, asesinaría al ingeniero. El crimen se cometió el 6 de febrero. Los terroristas le dispararon a bocajarro y dejaron el cadáver abandonado en un camino forestal de la localidad vizcaína de Zaratamo. Días después del asesinato, Iberduero, la empresa propietaria de la instalación, frenó de facto los trabajos, aunque 35 años después -en 2016- el fantasma de Lemóniz sigue intacto. El esqueleto de los dos reactores en la cala de Basordas y los recuerdos de unos años «muy duros» acompañan todavía a quienes vivieron de cerca aquellos momentos.

Javier Barrondo, ahora jubilado, fue uno de los ingenieros empleados en el proyecto, alguien a quien le pasó factura tanto este secuestro y asesinato como las otras cuatro muertes que provocó ETA. «Después de Lemóniz tuve pesadillas durante cuatro años», recuerda. Retrata a Ryan, que era su jefe, como «una persona a la que asesinaron por ser profesional, por hacer bien su trabajo». Para él, tanto el primer responsable como su sustituto, Ángel Pascual, que en 1982 también fue víctima de ETA –le mataron a balazos en presencia de su hijo pese a que el proyecto estaba parado–, «eran venerables», personas que habían alcanzado unos conocimientos y una formación a las que cualquier ingeniero aspiraba. Ambos, recuerda, estaban «felices y en el culmen de su carrera».

Ryan, que se especializó en energía técnica y nuclear en Estados Unidos, era «serio, pero muy simpático y cariñoso». «Podías estar con él trabajando desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche y después te llevaba a tomar unos vinos», rememora Barrondo. «Un prodigio», añade. «Tenía muchas virtudes humanas que ya querrían tener los que le mataron». Un hombre joven de 39 años, padre de cinco niños... Su muerte azotó conciencias al tiempo que abrió la caja de los truenos en la vida de sus compañeros, que a partir de entonces tomaron consciencia de lo que podía sucederles. «El ser humano es egoísta por naturaleza. Yo pensaba: 'Seré el 727 de la escala, hay muchos que son más importantes que yo, no van a ir a por mí'», admite Barrondo. Ese «clima» de «angustia permanente» hacía estragos. «Todo el mundo se sentía amenazado. Muchos se fueron al extranjero y, aunque se hable de cinco víctimas, también hubo gente que se suicidó», asegura.

Además de Ryan y Pascual, otros tres trabajadores de la central perdieron sus vidas a manos de los terroristas. En 1978 colocaron una bomba en el reactor que costó la vida a dos operarios, Alberto Negro y Andrés Guerra. Y, en 1979 un explosivo en la zona de turbinas mató a Ángel Baños. «Pensábamos que había gente de ETA trabajando en alguna contrata, siempre vivías tenso», recuerda Barrondo. Ese temor, no en vano, también sirvió para unirles y más de tres décadas después «hay una cuadrilla que seguimos manteniendo relación».

300.000 personas

El secuestro de Ryan –el caso ya está prescrito y no se ha juzgado a sus verdugos– impulsó una de las primeras respuestas masivas contra ETA. El día antes de su ejecución miles de personas se manifestaron pidiendo que se le liberara. Tres días después del crimen se convocó una jornada de huelga general que paralizó Euskadi. También ese día más de 300.000 personas rechazaron en las tres capitales vascas el asesinato en movilizaciones por la paz. En Bilbao, incluso acudió a la convocatoria el obispo auxiliar, Juan María Uriarte, en un gesto con el que por primera vez la jerarquía eclesiástica vasca se posicionó contra la banda terrorista.

Barrondo tiene muy presentes aquellos días –o parte de ellos– y confiesa que fue «muy duro» reconocer el cadáver. Intenta, sin embargo, quedarse con «los buenos momentos» del proyecto. «La memoria es frágil y olvida, pero a todos nos cambió la vida Lemóniz», sostiene antes de aclarar que «a mí ya no me interesaba la ingeniería». «Mi vida empezó cuando cambié de departamento en Iberduero», señala.

En las circunstancias actuales afirma que volvería a empezar porque una nuclear es «un caramelo» para un ingeniero, «la tecnología máxima». Pero, si la situación fuese la misma que a finales de los años setenta, «ni loco». «Todo aquello no lo quiero ni ver».

También lo cree así Raúl López, historiador y autor del libro 'Euskadi en duelo: la central nuclear de Lemóniz como símbolo de la transición vasca'. En su opinión, y pese al cúmulo de circunstancias que envolvieron el final de la central, «hay que jerarquizar». «Resulta más aceptable para la sociedad creer que el movimiento antinuclear tuvo un papel decisivo, pero yo, como historiador, tengo que buscar la verdad aunque sea incómoda», asegura al tiempo que incide en que «después del franquismo, el terrorismo no se veía bien, pero revistieron su actividad con el rechazo nuclear». Así, la paralización de la planta se convirtió, lamenta, en «el gran trofeo de ETA».

 

Fotos

Vídeos