Setién, entre el cielo y la tierra

Setién, entre el cielo y la tierra
Pedro Ontoso
PEDRO ONTOSO

Monseñor Setién ha fallecido con la felicidad de ver el final de ETA. También con la satisfacción intelectual de asistir al enésimo debate sobre el marco jurídico político de Euskadi, abierto en carnes otra vez tras el último acuerdo entre el PNV y EH Bildu en la ponencia de autogobierno para activar una consulta habilitante sin un consenso amplio. En efecto, ese es uno de los mensajes sobre el que la 'doctrina Setién' ha percutido una y otra vez: «Aunque se acabe ETA, el problema vasco seguirá existiendo». En el origen de la violencia de ETA hay un conflicto de naturaleza política. Aquél 'mantra', seguido por miles de fieles en la comunidad nacionalista, le convirtió en un referente de la vida sociopolítica de Euskadi, mucho más allá del ámbito eclesial, donde su magisterio era ley. Aquellas tomas de posición, que algunos juzgaban próximas al nacionalismo, unidas a sus condenas de la violencia, que otros consideraban que no eran lo bastantes duras, fueron cimentando una imagen esperpéntica y diabólica de Setién.

Es verdad que el obispo emérito de San Sebastián condenó si paliativos, de manera nítida y neta, la violencia de ETA, al igual que la de los GAL. También los excesos de las Fuerzas de Seguridad del Estado y los casos de torturas. Combatir el terrorismo desde el respeto a los derechos humanos. Lástima que llegara tarde al dolor de las víctimas, al igual que otros sectores de la sociedad vasca. ¡Pero es que él era un obispo! «Yo estoy al lado de las víctimas», solía repetir, antes de añadir: «Ahora bien, estoy al lado del sufrimiento de las víctimas de ETA y también al lado de las víctimas que son de ETA. Y eso no implica aceptar una opción política determinada». Y lo justificaba. «Yo no tengo derecho a excluir a nadie de mi responsabilidad pastoral. De lo contrario, debería renunciar a dimensiones tan evangélicas como la de ocuparme de una oveja descarriada, de la más lejana del redil».

Cuando los Comandos Autónomos Anticapitalistas asesinaron al senador socialista Enrique Casas en su propio domicilio, Txiki Benegas telefoneó a Setién para que les dejara la catedral para el funeral. El obispo se negó con el argumento de que otro día se la podría pedir la familia de un etarra. Aquella postura, de exquisita y absoluta ética, la gente sencilla la interpretaba como equidistante. Lo mismo que aquella imagen de frialdad cuando pasó ante una concentración de familiares y ciudadanos que pedían la liberación del empresario Aldaia y ni siquiera se paró a saludarles. ¿Simetría evangélica? ¿Se estaba preservando la Iglesia para un papel de mediación y no quería molestar a la bestia ni a la clá que la jaleaba? En cualquier caso sí había un interés en mantener una «posición objetiva» frente a realidades tan contrapuestas.

Setién siempre fue partidario del diálogo para la resolución del 'conflicto', al igual que la mayoría del clero vasco. Apostaba por la apertura de canales políticos y rechazaba que se aniquilara a ETA por la vía policial. Por eso sostuvo que la paz tenía un precio. Aquellas intervenciones en el orden político creaban división. Una de las más polémicas fue cuando el obispo de San Sebastián acudió en 1988 al Club Siglo XXI de Madrid, una tribuna en la que participaban políticos e intelectuales de primera fila, para pedir «una especie de Constitución específica de Euskadi y para Euskadi». Era el primero que lo hacía, arropado, además, por la autoridad moral que proporciona ser una jerarca de la Iglesia católica. Se apoyaba en la Doctrina Social de la Iglesia con textos, sobre todo, de la encíclica 'Pacem in terris', de Juan XXIII, que dió un paso de gigante al incorporar un capítulo sobre el trato a las minorías.

«Que sea el pueblo quien tome sus opciones, y que se le respete el derecho a aceptar o equivocarse», escribía ya en mayo de 1980 sobre la cuestión de la autodeterminación. Defender los mismos objetivos que ETA se interpretaba como dar oxígeno a la banda terrorista, pero lo cierto es que Setién descalificaba al grupo armado. «Que se aseguren las condiciones objetivas de libertad para que sea el pueblo quien pueda decidir. La Iglesia no tiene conciencia mesiánica en el ámbito político, pero tampoco atribuye tal condición mesiánica a ningún grupo, aunque alguno pretenda tener conciencia de ello», reclamaba. ¿Por qué les costó tanto tiempo a los obispos y a una parte importante del clero nombrar las siglas de la banda? ¿Hacerlo deslegitimaba sus fines políticos? ¿Asumir los postulados nacionalistas radicales suponía una deslegitimación de la democracia? La 'otra parte' de la Iglesia está convencida que en el ámbito eclesial faltó «claridad, coraje y valentía». Al menos, durante muchos años.

La división también la percibía el Vaticano, donde se enraizaba el convencimiento de que aquella situación contribuía a la desertización moral y religiosa de la sociedad vasca. Se pidió la cabeza de Setién. El 9 de diciembre de 1999 la Santa Sede aceptó la dimisión del obispo de San Sebastián antes de que le correspondiera. ETA había roto la tregua y la fractura de la sociedad vasca era evidente. Se adujo razones personales, pero le empujaron a dejarlo. Antes de marcharse, Setién negoció su relevo. Se iba si se aceptaba su candidato. Le sustituyó Juan María Uriarte, entonces obispo de Zamora tras haber sido auxiliar de Bilbao, con gran ascendencia sobre el clero vasco. El prelado de Fruniz acababa de facilitar una mediación entre el Gobierno de Aznar y ETA con el visto bueno de las autoridades de Roma. Uriarte provenía de un nacionalismo cultural muy templado y el traspaso de responsabilidades sería menos traumático. Aquello fue un punto de inflexión y aunque Setién no se retiró a los cuarteles de invierno, el liderazgo y la voz oficial de la Iglesia vasca pasó a Uriarte, mucho más moderado y conciliador.

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