Rajoy se marcha sin señalar a su favorito

Mariano Rajoy, durante su último congreso como presidente del PP./EFE
Mariano Rajoy, durante su último congreso como presidente del PP. / EFE

El exlíder del PP ignora a los dos candidatos y anuncia en su despedida:«Me aparto, pero no me voy. Seré leal»

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁNMadrid

Mariano Rajoy se despidió como si no hubiera un mañana. Como si el PP no se fuera a asomar al abismo de la división tras el recuento de los votos de los 3.082 compromisarios. Como si fuera irrelevante que su sucesor al frente del partido sea Soraya Sáenz de Santamaría o Pablo Casado. Por neutralidad o por enfado, no señaló a ninguno de los dos. Pero dejó su legado: «Me aparto, pero no me voy. Seré leal». En el congreso extraordinario del PP convivieron ayer dos climas emocionales, el gélido que se respiraba en los pasillos del hotel que alberga el cónclave, donde 'sorayistas' y 'casadistas' deambulaban y se cruzaban con cara de pocos amigos; y el tropical que sofocaba el salón del plenario, allí los compromisarios imbuidos de espíritu 'marianista' aplaudían codo con codo y se ponían en pie sin distinción de bando. Dos realidades paralelas en la primera jornada del 19 congreso, el más decisivo para el partido desde 1990, cuando Manuel Fraga ungió a José María Aznar.

Los compromisarios se fueron a casa o al hotel con el corazón henchido por la emotiva despedida de Rajoy, pero también con el ceño fruncido por el incierto desenlace del cónclave. El hasta hoy presidente del PP no contribuyó a despejar las incógnitas, y en el que posiblemente haya sido el discurso más intimista de sus 37 años de vida política, obvió a los dos candidatos a su sillón, no habló de las primarias y, por no hacer, no hizo ni el llamamiento de rigor a la unidad del partido que hacen todos los líderes que se despiden. Una apelación que habría tenido todo el sentido del mundo en este caso porque el PP está a un tris de partirse. No es una observación tremendista, es la impresión de dirigentes y compromisarios.

Rajoy hizo un repaso de su trayectoria política y dedicó un encendido panegírico a la política y sus actores. «He tenido el honor de ser político, y a mucha honra», proclamó ante el delirio de los presentes. Pero ni una palabra de corrupción ni siquiera de puntillas. Tampoco lo hizo cuando habló de la moción de censura motivada por la condena del 'caso Gürtel' y que le costó La Moncloa. Eso, dijo, fue «una confabulación de perdedores e independentistas sin más proyecto que acabar con el Gobierno del PP».

Dentro de la asepsia del discurso, los compromisarios que hilaban más fino acertaron a ver una alusión deferente hacia Sáenz de Santamaría y una colleja a Casado con la encendida defensa que hizo de la gestión de su Gobierno ante la crisis de Cataluña y que «impidió la independencia de una región de España». El candidato ha reprochado en estos doce días de campaña a la exvicepresidenta el fracaso de la 'operación diálogo' y la tardía aplicación del artículo 155. Pero solo los más críticos hicieron esa lectura.

Cataluña fue uno de los tres capítulos de su gestión gubernamental por los que sacó pecho. Los otros dos fueron la desaparición de ETA «a cambio de nada» y haber evitado el rescate de la economía española en los peores momentos de la crisis. Fue un discurso más reivindicativo de sus siete años labor gubernamental que de sus 14 años de gestión del PP, y eso que era un congreso del partido, no un debate en la Cámara baja.

El momento más sentido de su intervención, por lo inusual en el político hermético con sus asuntos personales que es Rajoy, fue el de las alusiones a su familia y en especial a su esposa, Elvira Fernández, en primera fila y con los ojos anegados de lágrimas. «Me he llevado problemas de trabajo a casa, pero jamás un problema de casa al trabajo porque alguien con discreción lo arreglaba. Muchas gracias, Viri». Los compromisarios, con un nudo en la garganta.

También en primera fila estaban Sáenz de Santamaría y Casado, apenas separados por la butaca que ocupaba el presidente del congreso, Luis de Grandes, pero sin mirarse ni dirigirse la palabra. No así sus equipos, que caldearon la jornada desde primera hora. Desde la candidatura de Casado alguien reenvió a las redes sociales un mensaje de la organización Dignidad y Justicia en el que se acusaba a la exvicepresidenta de «favorecer la excarcelación de más de cien presos de ETA» con la aplicación de la doctrina Parot, además de acusarla de ser una «persona sin valores». La diputada Celia Villalobos, colaboradora de Sáenz de Santamaría, replicó endilgando a la candidatura del vicesecretario la etiqueta de «extrema derecha». Ése era el ambiente.

Encuentro con Feijoó

Colaboradores de uno y otro hacían por otra parte vaticinios halagüeños sobre la votación de mañana. Los de Casado pronosticaron su victoria con el apoyo del 71% de los compromisarios. Los de Santamaría rebajaron la euforia a un 63% a favor suyo. Lo cierto es que todo apunta, según los comentarios en privado de ambos equipos, que las espadas están en alto y que la victoria se decantara por un puñado de votos.

Rajoy estuvo ajeno a estos dimes y diretes, como si la disputa no fuera con él a pesar de que el que fuera su último Consejo de Ministros está dividido por la mitad a favor de uno y otra, al igual que los líderes territoriales y hasta las organizaciones locales más reducidas. Una situación que es fruto de su precipitada salida, de la implantación del sistema de primarias y de que el supuesto delfín, Alberto Núñez Feijóo, se negó a dar el paso de optar a la sucesión y dejó descolocada a toda la dirección del PP. Rajoy se encontró ayer con él en el congreso, y el presidente gallego se abalanzó a darle un abrazo. La respuesta del todavía líder del PP fue una fría palmada.