«Querían matarnos a todos»

Hoy se cumplen 10 años del atentado de ETA con 120 kilos de explosivos contra la comisaría de la Ertzaintza de Ondarroa

Carmelo y Joseba, dos de los agentes que resultaron heridos en el atentado de Ondarroa, siguen en activo en la Ertzaintza./l. a. gómez
Carmelo y Joseba, dos de los agentes que resultaron heridos en el atentado de Ondarroa, siguen en activo en la Ertzaintza. / l. a. gómez
David S. Olabarri
DAVID S. OLABARRI

Sólo la suerte o la falta de pericia de los terroristas evitó que estallasen los dos cócteles molotov que Ibon Iparragirre lanzó contra la valla de la comisaría de Ondarroa. Aquellos dos pequeños artefactos eran, en realidad, un cebo. Una trampa para 'cazar' a los 13 ertzainas que aquella madrugada del 21 de septiembre de 2008, hoy hace justo 10 años, estaban en el interior de la ertzainetxea. «Si hubieran estallado, habríamos salido fuera y hoy estaríamos todos muertos. Por suerte, no le vimos lanzarlos», sentencia Carmelo, de 51 años.

El peligro no eran los cócteles, sino el coche bomba cargado con 120 kilos de explosivos cruzado justo enfrente de la comisaría. El terrorista, natural de este mismo municipio, lo había colocado de la manera más letal posible: con la parte trasera apuntando hacia el centro policial y con el maletero abierto. Lanzó los artefactos y salió corriendo de allí. Apenas tenía unos pocos minutos antes de que la bomba estallase. Su compañero de comando, que había actuado de lanzadera con otro vehículo, llevaba tiempo escondido.

Joseba estaba en ese momento leyendo la información sobre el atentado que ETA había cometido en la sede la Caja Vital en Vitoria. Uno de los ertzainas vio el coche por las cámaras de seguridad. Llamó al jefe de operaciones para advertirle. En un primer momento pensaron que sería algún borracho que había estado en la fiesta medieval. La mayoría de los ertzainas apenas llevaban 20 minutos en la comisaría después de haber estado realizando controles de alcoholemia. El agente que estaba en ese momento en la 'pecera' -el espacio en el que se recibe a los ciudadanos- intuyó que algo no iba bien y se retiró a la parte de atrás del edificio. Él no lo sabía, pero aquel gesto le salvó la vida. En ese mismo momento, el conductor de un vehículo que circulaba por esa carretera a las afueras de Ondarroa se encontró con el coche cruzado y dio marcha atrás. Recorrió los suficientes metros en dirección contraria para que sus ocupantes salvaran la vida. Enrique, otro de los ertzainas que estaban aquella noche trabajando en Ondarroa, tiene claro que los etarras eligieron perfectamente el momento para colocar el coche bomba, que había sido robado semanas atrás en Francia. «Nos estaban esperando a que volviésemos», asegura.

Las reacciones

Carmelo
«En Ondarroa nos odiaban a muerte. Allí he corrido más veces delante de los malos que detrás»
Joseba
«Después del atentado sufres rabia e impotencia. Es muy duro saber que te han querido matar»
Enrique
«Apenas nos apoyaron y tuvimos que pelear para que nos reconocieran como víctimas»

La explosión fue de tal calibre que se escuchó incluso en Lekeitio. El coche quedó totalmente desintegrado. Sólo se pudo recuperar el motor, que acabó en el cauce del río Artibai. En la carretera se abrió un profundo cráter de seis metros de diámetro. Gran parte de la fachada de la comisaría se desplomó y los cristales blindados salieron despedidos hacia el interior como si fuesen cuchillos. Un agente vio cómo uno de sus dedos quedaba colgando. Otros muchos fueron despedidos por la onda expansiva. Al principio eran incapaces de oír nada. Los ertzainas salieron como pudieron de las dependencias saltando entre los escombros con las pistolas en la mano. Se encontraron con los ocupantes del vehículo que acababa de dar marcha atrás. Estaban sangrando por la cabeza. Pensaban que podía tratarse de los miembros del comando. La tensión se respiraba en el ambiente. Una chica que iba camino de su casa, a unos cien metros de la comisaría, recibió el impacto de un cascote en la cabeza y quedó inconsciente en el suelo. Esta joven fue una de las once personas heridas en el atentado. Seis de ellas eran ertzainas. Cientos de vecinos presentaron después denuncias por los daños ocasionados en sus casas y en sus vehículos. La comisaría estuvo cerrada más de un año. Reabrirla costó unos dos millones de euros. Sólo el azar evitó que no hubiese víctimas mortales.

Cuando volvió a abrir su puertas, el centro policial estaba protegido por un enorme muro de hormigón. Una fortificación que se convirtió en el símbolo de toda una época en la Ertzaintza: la de la «resistencia» contra el terrorismo. Este atentado, como el asesinato de dos ertzainas en Beasain, obligó a adoptar férreas medidas de autoprotección, que se impusieron sobre cualquier otra prioridad organizativa. La Policía vasca abandonó las 'korrikas', las patrullas a pie; los coches blindados se convirtieron en la norma y las comisarías se transformaron en fortines. La presión de la banda hizo que la Ertzaintza redoblase su propia seguridad y que, al mismo tiempo, fuese alejándose de su idea originial de operar como la 'policía del pueblo'. Un proyecto primigenio que el Departamento de Seguridad está esforzándose en relanzar desde que ETA anunció el final de la violencia en 2011.

El atentado causó daños en cientos de viviendas y vehículos.
El atentado causó daños en cientos de viviendas y vehículos. / EFE

«Zipaios»

Los ertzainas de Ondarroa recuerdan que la hostilidad que sufrían en esta localidad vizcaína era patente desde mucho antes del atentado. Desde 1996, Carmelo estuvo 10 años trabajando allí en diferentes etapas. Y lo tiene claro: «Nos odiaban a muerte. Yo en Ondarroa he corrido más veces delante de los malos que detrás», explica. Y relata varios episodios que, a su juicio, evidencian el clima que se respiraba en el pueblo. Por ejemplo, los enfrentamientos que mantenían con algunos policías municipales que les hacían sentirse como extraños y les impedían hacer su trabajo. En una ocasión -recuerda-, su jefe le mandó de paisano con un compañero a una manifestación de la izquierda abertzale. El problema es que también solían patrullar vestidos de uniforme y algunos de los manifestantes no tardaron en reconocerles. «¡Zipaios!», les gritaron. Y Carmelo empezó a correr. «Unos 25 tíos iban a por nosotros. Si me llegó a tropezar, me matan. Cuando llegué a la comisaría no podía ni respirar», recuerda Carmelo.

Muchas cosas han cambiado desde entonces. ETA dejó de matar en 2011 y los policías ya patrullan más relajados. El muro de la comisaría ya no existe. Pero muchos de los ertzainas que sufrieron el atentado todavía hoy se angustian recordando lo que pasó. Tres de ellos están ya jubilados, dos por problemas sicológicos. El resto sigue en activo. A algunos les acechan los recuerdos cuando rebrotan sus problemas crónicos de oído o cuando empiezan a sentir que la rabia y la ansiedad se apoderan de sus pechos. «Es duro pensar en que te han querido matar», explica Joseba. Cada uno lo lleva como puede. Algunos necesitaron meses para volver al trabajo. Carmelo, en cambio, pidió el alta voluntaria 27 días después del atentado. Se sentía fuerte y estuvo seis meses más patrullando en Ondarroa. Los problemas surgieron al de unos años, cuando le empezaron a entrar ataques de pánico. Enrique también sufrió varias crisis de ansiedad, pero en su caso fue cuando volvió al trabajo. Lo que todos censuran es la falta de apoyo de las instituciones y lo que tuvieron que luchar en los juzgados para que se reconociese lo que pasaron. «Todos dicen estar con las víctimas del terrorismo hasta que hay que posicionarse de verdad», lamenta Enrique.

299 años de cárcel para dos miembros del comando

Los responsables del atentado contra la comisaría de Ondarroa fueron detenidos en enero de 2010 por la Ertzaintza. Aquella fue una de las principales operaciones antiterroristas que realizaba la Policía vasca desde 2003.

La sección segunda de la Audiencia Nacional condenó en mayo de 2013 a 299 años de cárcel a Ibon Iparragirre y Asier Badiola como responsables del atentado con coche bomba contra el centro policial de la localidad vizcaína. La sentencia impuso a cada uno una pena de 221 años de prisión por intentar asesinar a los ertzainas, otros 60 años por tratar de matar a los civiles, así como 18 años por un delito de estragos terroristas, ya que el atentado causó daños a 85 vehículos y 425 viviendas de la localidad vizcaína.

El fallo judicial también condenó como responsables civiles a Iparragirre y Badiola a hacer frente al pago de los desperfectos y a indemnizar a los agentes de la Policía autónoma vasca. Les impuso pagos que oscilaban entre 25.000 y 272.000 euros para los agentes, y de entre 6.000 a 50.000 euros para los civiles que resultaron damnificados.

La sentencia estableció que el atentado se produjo después de que los etarras hubieran recibido la orden por parte de su jefe militar, Garikoitz Aspiazu, alias 'Txeroki', de atacar la comisaría. Ambos trasladaron el coche bomba hasta Ondarroa. Badiola condujo el automóvil que actuó de lanzadera e Iparragirre, por su parte, aparcó el vehículo que portaba la carga junto a las instalaciones de la Ertzaintza y activó el artefacto.

Ibon Iparragirre se encuentra gravemente enfermo y a principios de año fue trasladado a la prisión alavesa de Zaballa. El recluso ha solicitado en varias ocasiones su excarcelación por su precario estado de salud. Enfermo de sida en fase terminal, ha tenido que ser hospitalizado en varias ocasiones en los últimos meses. De hecho, el Defensor del Pueblo también ha preguntado a Instituciones Penitenciarias por su situación.

Los grupos críticos con la dirección de Sortu, además, han reclamado su inmediata puesta en libertad en diversos ataques de 'kale borroka' cometidos en los últimos años, como el que protagonizaron en 2015 contra varios autobuses de Bizkaibus en Derio.

 

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