Un partido u otra cosa

La displicencia del registrados Rajoy es lo que amenaza con convertir el 37% de los apoyos recibidos por Sáenz de Santamaría en pura soledad para la exvicepresidenta

El desarrollo del cónclave de compromisarios dependerá de lo que hagan los partidarios de María Dolores de Cospedal./Efe
El desarrollo del cónclave de compromisarios dependerá de lo que hagan los partidarios de María Dolores de Cospedal. / Efe
Kepa Aulestia
KEPA AULESTIA

Las primarias del PP, para fijar qué candidatos a la sucesión de Rajoy pueden acceder a la recta final del congreso extraordinario, ofrecieron un resultado engañoso. Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado pasaron el corte. Pero el desarrollo del cónclave de compromisarios, de los próximos 20 y 21 de julio, dependerá de lo que hagan los partidarios de María Dolores de Cospedal. La opinión pública se ha visto obligada, en las últimas semanas, a adivinar las diferencias políticas entre los aspirantes. Es probable que esa haya sido también la situación en la que se han encontrado los afiliados populares. Exceptuando la locuaz exposición de críticas y alternativas por parte del exministro de Exteriores, García Margallo, las y los postulantes han recurrido a indirectas sobre el compromiso o las intenciones de cada cual, a sugerencias sobre lo que pretendían representar, y a una clamorosa elusión del debate en torno a las causas que han conducido a los del PP a su actual desconcierto, y sobre cómo salir del empantanamiento.

Santamaría primera, Casado segundo, y Cospedal tercera. Pero ni ellas ni él se han confrontado públicamente con las causas que llevaron a Mariano Rajoy a ser objeto de una moción de censura, y a no dimitir antes de que se consumara la investidura de Pedro Sánchez. Es como si nadie se hiciera cargo, finalmente, de las sombras que acompañan al PP, para recrear un futuro sobre blanco. El fenómeno más aparente en el comportamiento de los inscritos para votar en las primarias es que casi tres cuartas partes de la afiliación dieron la espalda a la gestión orgánica de la corrupción -el 'despido en diferido' de Cospedal-, mientras que el resto se aferraba a la vindicación de la trayectoria que el registrador de Santa Pola dejó atrás sin demasiado empacho.

Hasta ayer, Pablo Casado no se había atrevido a desentenderse de tan reciente pasado; después de semanas jactándose de que daba la cara por algo que ahora deplora. Ayer se decidió a desconectarse de Rajoy, como si tal cosa. Es un aspirante profesional, capaz de desdecirse con naturalidad de aquello que había advertido horas antes. Capaz de reivindicarse como renovador, mientras reclama la recuperación ideológica sintonizando con las señales que emite Aznar.

Santamaría reaccionó tras su ajustada victoria del jueves con una llamada a la confluencia de cara al congreso que, más que un gesto de mano tendida, reflejaba un cierto pánico. La certeza de que los adversarios podrían conjurarse para impedir su presidencia. Y una certeza aún mayor: que si al final se gana el favor de la mitad más uno de los compromisarios, le costará un mundo hacerse siquiera con la comprensión de la otra mitad. Su mérito estriba en haber obtenido el primer puesto en las primarias tras mostrarse durante años distante respecto a las estructuras del partido. Pero es su simbiótica vinculación a la trayectoria de Rajoy en el Gobierno -y antes en la oposición- lo que constituye, a la vez, su fortaleza y su debilidad. Porque es la distancia a la que el registrador Rajoy se ha situado respecto al devenir de su partido, y la distancia que puede evidenciar en los próximos días, lo que amenaza con convertir el 37% de los apoyos recibidos por Soraya Sáenz de Santamaría en pura soledad para la exvicepresidenta.

El PP se lo juega todo en el plazo de dos semanas. Se juega continuar siendo un partido, aunque distinto al que era, o transformarse en otra cosa. Porque lo que se juega el 20 y el 21 es la conformación futura del centro-derecha en España. Puede continuar representado en dos siglas, PP y Ciudadanos. Pero también podría dar lugar a una galaxia más enrevesada de opciones y liderazgos. A no ser que el PP se muestre capaz de administrar la diversidad en su seno; de gestionar matices y ambiciones. Las primarias han demostrado que el Partido Popular no era lo que sus dirigentes decían de él. La legislación sobre protección de datos y los propios principios constitucionales impiden que un partido dé a conocer su listado de afiliados. Pero lo que salga del congreso extraordinario continuará haciendo aguas si no desmiente la leyenda de un club con casi un millón de socios.

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