Todo era mentira

La llamada «segunda vuelta» en las primarias del PP no es sino una válvula de seguridad que da a las élites la posibilidad de alterar la voluntad de la militancia

Todo era mentira
José Luis Zubizarreta
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

El proceso que ha iniciado el PP para renovar su liderazgo, en vez de servirle de revulsivo para superar el trauma de la pérdida del Gobierno y ponerlo en la senda de la renovación, puede acabar sumiéndolo en una confrontación cainita. No sería además extraño que así ocurriera, pues todo él comenzó lastrado de falsedades y mentiras. La más grosera, la de la afiliación. Tras presumir durante años de ser el mayor partido de España, de Europa y del mundo entero, resulta que, en uno de los momentos más cruciales de su historia, no es capaz de movilizar a 70.000 afiliados, es decir, ni a la mitad de los que el PSOE o Podemos movilizan en circunstancias mucho menos traumáticas. Nadie conoce así ni el dato más básico de todo proceso electoral, cual es el porcentaje de participación. Pero no se quedó sola. A esa burda mentira siguieron luego manipulaciones del lenguaje que crearon unas expectativas que ahora resultan muy difíciles de satisfacer.

Comencemos por la más llamativa. Las llamaron primarias con segunda vuelta. Pues bien, ni son primarias ni nada hay en ellas que pueda compararse con lo que se conoce como segunda vuelta en un sistema electoral. De primarias han degenerado en una preselección de candidatos cuyo orden tendrán los compromisarios la facultad de alterar en un congreso posterior. Tampoco éstos son, por ello, compromisarios propiamente dichos, pues a nada se comprometen, a diferencia de lo que sucede, por ejemplo, en EEUU, donde tienen que mantenerse fieles al voto mayoritario de cada circunscripción. La llamada segunda vuelta tergiversa así su propia naturaleza y nada tiene que ver con el sistema francés con el que tan orgullosamente se comparan. En el aquí seguido, el cuerpo electoral de la primera vuelta -la militancia-, en lugar de mantenerse idéntico, es sustituido en la segunda por otro -los compromisarios- que, como se ha dicho, puede corregirlo sin tener que dar razón alguna del cambio. La segunda vuelta funciona, pues, no como tal, sino como mera válvula de seguridad que da la oportunidad a las élites de corregir los 'errores' que pueda cometer la afiliación.

Pero no cabe escandalizarse demasiado de tan deplorable proceder. El PP ha ido a las primarias de mala gana y arrastrado por la corriente de los tiempos. Por eso las ha constreñido con una normativa ventajista que, además de desfigurarlas en su esencia, ha acabado metiendo al propio partido en un embrollo del que sólo podrá salir con daños muy notables. De momento, con vistas al congreso de los próximos días 20 y 21, varios dirigentes han empezado ya a incurrir en incoherencias y contradicciones para salir airosos de la compleja disyuntiva en que se encuentran: o bien respetar la voluntad de los afiliados, o bien corregirla apelando, en un círculo vicioso, a la absurda normativa que ellos mismos se han dado y que ha hecho de aquella un mero trámite con el que cubrir las apariencias de democraticidad

Olvidados han quedado así aquellos firmes principios del «respeto a la lista más votada» y aquellas descalificaciones de «los pactos de perdedores» o de «la usurpación del poder con acuerdos de despacho y sin haber ganado en las urnas». La cuestión es cómo lograr que la voluntad de quienes «más saben» se imponga a la de la «ignorante militancia» sin que parezca un cambalache de trileros. A este respecto, y por poner sólo un ejemplo, aquel a quien las bases colocaron en segundo lugar, tuvo, nada más escrutarse los votos, la enorme desfachatez de atribuirse sin más los votos de todas las candidaturas perdedoras, apelando al irrefutable argumento de que siempre se había sentido «muy identificado» con ellas. En ello sigue.

Será, pues, una lucha fratricida la que se librará de aquí al próximo día 21. No valdrá siquiera la pena apelar a la norma, que, por sí misma, no obliga a la corrección, sino que permite también la ratificación de la voluntad de los afiliados. Todo será pura ambición de poder. Y sólo la voluntad de los compromisarios de preservar la cohesión del partido, sumada a la habilidad persuasiva de la ganadora en votos populares, podrá conseguir que, en el congreso, decaigan los odios y las ambiciones personales y no se tuerza la voluntad de la afiliación en pro de una élite que parece haber querido organizar el proceso para dar la impresión de cambiarlo todo para que, de hecho, no cambie nada.

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