Raíces profundas
No es fácil tejer la convivencia en un país plural. Menos aún en uno que de tan plural roza la atomización. Pero es un ejercicio ... virtuoso, de los que acercan a la plenitud democrática. Ese juego de equilibrios, del reconocimiento del otro para constituir un único corpus ciudadano, abrillanta las cualidades y las potencialidades de las partes. Por contra, encorsetar lo diverso, tratar de aplanarlo, conduce, paradójicamente, a la disgregación. Incluso al reventón de las costuras que cohesionan en lo fundamental a una comunidad.
Varias generaciones de vascos han sufrido la negación violenta de esa pluralidad. Por parte de la brutal dictadura franquista primero, y por la de ETA y sus secuaces después. No ha sido un camino de rosas el que ha recorrido Euskadi hasta su mejor momento histórico, el actual. Un escenario de respeto entre adversarios políticos, de un autogobierno que permea en la vida de cada ciudadano para mejorarla notablemente y con todas sus potencialidades multiplicadas por la estabilidad.
Se ha llegado a este puerto ganando cada palmo con determinación. Quienes pretendían un descarrilamiento no lo han logrado, aunque el precio a pagar por ello haya sido mayúsculo. Completar semejante carrera de fondo ha requerido de múltiples complicidades políticas, tanto coyunturales como de largo alcance.
El entendimiento entre el PNV y el PSE-EE se encuadra entre las segundas. Hunde sus raíces en tiempos de la República y se mantuvo bajo el franquismo y a la hora de liderar la apuesta por el Estatuto de Gernika, culminando después con los sucesivos gobiernos de coalición desde 1986. No ha sido nunca una asociación de pura conveniencia, sino la respuesta a desafíos formidables planteados casi siempre bajo asedio.
La entente de ambos partidos sigue siendo la mejor herramienta para abordar desde la centralidad los principales retos del país. En cualquier caso, debe mantenerse honrando los antecedentes históricos, como eje transformador y de cohesión, y no convertido en un puro mecanismo para alcanzar mayorías. Evolucionando al ritmo que marca la propia sociedad, sin congelarse en el tiempo; dando respuesta a sus demandas tanto en la vertiente nacional como en la social.
Ni el efectismo autocomplaciente, ni las sombras chinescas, ni las poses impostadas de 'prima donna' permiten blindar esa funcionalidad. Resulta pueril juguetear elevando la tensión en fracciones de grado únicamente por reivindicarse. En ese sentido, las escenificaciones fallidas de mayorías alternativas autodenominadas de progreso o las declaraciones frívolas respecto a determinadas discrepancias en el seno del Gobierno vasco sólo generan confusión, desgaste y desazón. Y, de paso, agigantan a quienes en otro tiempo supieron convertir la lealtad y la gestión fructífera de los desacuerdos en seña de identidad.
¿Tienes una suscripción? Inicia sesión