Franco solo no sirve

El visto bueno a la exhumación de los restos del dictador pierde lustre por una 'guerra de los másters' que pide 'cabezas'

Traslado del féretro con los restos mortales de Francisco Franco. /EFE
Traslado del féretro con los restos mortales de Francisco Franco. / EFE
Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

Cuarenta y tres años después de que España se librara de su último dictador un 20 de noviembre de 1975, el Congreso de los Diputados convalidó ayer el decreto ley del Gobierno socialista de Pedro Sánchez para que los restos de Francisco Franco Bahamonde sean, por fin, exhumados del Valle de los Caídos.

No parece como para presumir que un país que consintió que su último dictador falleciera en la cama haya necesitado cuatro décadas de democracia para acordar sacar sus restos del mausoleo de Cuelgamuros. Pero menos todavía que el pronunciamiento parlamentario de ayer llegara con la abstención de los dos partidos que se reclaman de centroderecha, el PP y Ciudadanos.

Negar la urgencia de la exhumación de la momia de quien se rebeló contra el orden constitucional y acabó con la Segunda República gracias a la determinante ayuda militar de Hitler y Mussolini, como se escuchó ayer desde la tribuna del Congreso, suena grotesco. Pero, sobre todo, resulta cualquier cosa menos entendible en partidos democráticos.

¿Merece la pena infundir dudas de lo que se es con tal de no arriesgarse a perder el voto de algunos ultraderechistas? ¿O es que en pleno 2018 algunos aún no tienen claro que un siniestro personaje como el atiplado dictador no merece el homenaje diario que supone que sus restos reposen en Cuelgamuros?

Decisiones como esta sobre Franco era lo que se esperaba de un gobierno en minoría como el de Pedro Sánchez, a quien los números le impiden aprobar o cambiar leyes. Sin embargo, el momento político en el que ha llegado le van a dificultar sacarle el rédito previsto.

Y es que tras la dimisión de la ministra Carmen Montón –segunda en los apenas cien días de vida que tiene el gabinete socialista–, el Gobierno atraviesa horas singularmente bajas.

Albert Rivera ha aprovechado la caída de la ya exministra de Sanidad para abrir con toda crudeza la 'guerra de los masters'. Su exigencia al presidente Sánchez para que de toda suerte de explicaciones sobre el suyo –que desde hoy es público en internet– parece una hábil maniobra para debilitar al presidente, pero en especial para poner colocar las cuerdas al líder del PP, Pablo Casado.

Llegados al punto al que se hallegado, el final de esta batalla exige 'cabezas'. La de los denunciados, si las sospechas resultan fundadas. O, de lo contrario, la del denunciante. En política no puede valer todo.

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