El fracaso del 155

El líder de la CUP Carles Riera, en el momento de votar en la Escola Pere IV de Barcelona. /EFE
El líder de la CUP Carles Riera, en el momento de votar en la Escola Pere IV de Barcelona. / EFE
Braulio Gómez
BRAULIO GÓMEZ

La aplicación del 155 no ha borrado del mapa a los dos millones de catalanes independentistas. De hecho, no ha hecho desaparecer a ninguno. Seguirá habiendo una mayoría independentista en el Parlament catalán. Los partidos del Govern que proclamaron unilateralmente la independencia (los convergentes de Puigdemont y los republicanos de Junqueras) no han sido castigados por su electorado. Con una participación récord, lo que supone un nuevo plus de legitimación, han conseguido más escaños que cuando concurrieron unidos en Junts pel Sí. El proyecto independentista retiene su mayoría absoluta. Si las elecciones eran un primer paso para restablecer la normalidad a través de la formación de un nuevo Gobierno no independentista, la intervención de la autonomía catalana no ha servido para nada.

La victoria en votos de Ciudadanos ha sido a costa fundamentalmente del hundimiento del Partido Popular. Ha habido una coordinación dentro del electorado del bloque que respaldaba el 155 hacia la candidatura ganadora que representaba Inés Arrimadas. La polarización ha llevado a la candidatura más españolista a rentabilizar la lucha de banderas, pese a los esfuerzos de última hora del PSC por incorporar a su campaña desinfectantes para independentistas y del Partido Popular en colocarse medallas por descabezarlos. Inés Arrimadas fue como un cohete toda la campaña y ha colocado en la agenda política española un problema más que una solución. Ahora tanto al Partido Popular como al PSOE les costará disentir del posicionamiento de Ciudadanos en el eje centro-periferia. La reactivación del nacionalismo español dificultará la búsqueda de soluciones al problema territorial que va a continuar en Cataluña.

Resultados

Esa coordinación no se ha producido en el bloque independentista. El encarcelamiento de Junqueras seguramente ha impedido que ERC se haga con la hegemonía dentro del nacionalismo catalán. Y no solo no la ha conseguido, sino que ha sido batida por la candidatura encabezada desde Bruselas por Puigdemont, la gran sorpresa de las elecciones más atípicas de nuestra historia democrática. Los votos de la CUP continuarán siendo decisivos, y eso significa que no será fácil la formación del Gobierno. Es muy poco probable que los Comunes jibarizados electoralmente por la polarización identitaria puedan tener algún margen político para que sus escaños puedan contribuir a algún tipo de apaciguamiento.

Los resultados reflejan la incapacidad del Gabinete de Mariano Rajoy para solucionar el problema territorial en Cataluña. La calidad de la democracia española se ha deteriorado gravemente con la gestión del presidente del conflicto político abierto en Cataluña. Hemos visto hasta ahora represión violenta de ciudadanos indefensos, la dinamitación de la separación de poderes y el encarcelamiento de líderes no violentos que representan y siguen representando a los partidos que tienen la mayoría en el Parlamento autonómico. Ha sido la estrategia hasta ahora. Quizás es hora de probar otros métodos que tengan más que ver con la política y la democracia.

 

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