La España débil

Pedro Sánchez y Quim Torra./REUTERS
Pedro Sánchez y Quim Torra. / REUTERS
Braulio Gómez
BRAULIO GÓMEZ

Un presidente de España se reúne con el president de la Generalitat. Los dos interpretan de forma positiva el encuentro. Se emplazan a continuar hablando y valoran desde el respeto sus discrepancias. No se obligan a renunciar a sus ideas de partida. Esta imagen hace saltar las alarmas dentro del espacio político que se creía que el resurgimiento del nacionalismo español se cimentaba en la humillación y persecución de los líderes independentistas y en la negación de la legitimidad tanto de sus ideas como de sus persistentes victorias electorales. Esa visión miope de España solo era fuerte, robusta y mayoritaria en la medida en la que el segundo partido en el Parlamento español, el PSOE, contribuía a sostenerla. El precio por la respuesta unitaria ante el desafío catalán fue demasiado alto. Se permitió que el discurso territorial de la derecha más centralista y reaccionaria dominara el espacio público dejando sin referentes con peso y poder a buena parte de la ciudadanía que se vio atrapada en la construcción de una cadeneta de nacionalismo español de arriba hacia abajo.

Ante esta situación, tenía muy buena venta tanto en Cataluña como, en menor medida, en Euskadi la idea tan simple como inexacta de que España no era una democracia. De que España, no el Gobierno central, abordaba los conflictos territoriales utilizando la represión y el Código Penal. Poco a poco, según se iban sumando al carro nacionalista el PSOE, la Monarquía, el Poder Judicial, se iban diluyendo las críticas a la pésima gestión del Gobierno de Mariano Rajoy y se tiraba por elevación contra la falta de democracia del Estado. La unidad artificial hizo crecer como un tiro la oferta negacionista de la plurinacionalidad representada por Ciudadanos y generó el espejismo de que las banderas españolas, ya desaparecidas, que florecían en muchos barrios de grandes ciudades representaban una idea solidificada de una España fuerte, orgullosa de dejar a una comunidad autónoma sin autonomía, de encarcelar a sus líderes políticos y de reprimir a ciudadanos pacíficos. Se pensaba que el partido naranja era el que mejor había leído ese escenario y que representaba mejor que nadie a esa España fuerte. Todavía hoy, el candidato Pablo Casado pretende seguir jugando a ese juego en las primarias del PP sin darse cuenta que el invierno ha terminado.

Los cambios que visibilizan las encuestas en las que crece la opción representada por Pedro Sanchez puede ser una oportunidad para empezar a construir desde el poder una idea alternativa de Estado que no tenga nada que ver con esa España fuerte y que pueda servir para encontrar consentimiento simultáneamente entre las mayorías de las distintas naciones que existen en el país. En Euskadi, el cambio de Gobierno a nivel estatal puede alterar el juego político. Al desaparecer el Ejecutivo que concentraba las críticas más duras y al que se le hacía la oposición más fiera precisamente por ser el máximo exponente de esa España fuerte, acabará convirtiendo al PNV en el adversario político referencial. El PSE estará tentado de rentabilizar la ola positiva que ha generado Pedro Sánchez y podrá plantearse alcanzar el liderazgo de la oposición. Un liderazgo del que rehúye extrañamente EH Bildu a cambio de protagonizar una ponencia de Autogobierno ajena al interés ciudadano. Elkarrekin Podemos se encuentra con la paradoja de estar internamente mejor que nunca pero con el tirón electoral estatal desactivado en el peor momento posible. Uno de los tres partidos de izquierdas se convertirá en el referente necesario para que se consolide una alternativa viable en Euskadi al PNV, algo que será más sencillo si la saludable confrontación política regresa al ámbito vasco.

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