Un diálogo secuestrado

Pedro Sánchez y Quim Torra escenificarán mañana un deshielo en sus relaciones. Nada más. Sus servidumbres, en especial las del independentismo, hacen imposible un pacto con recorrido

Un diálogo secuestrado
Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

Llegó el día. El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, y el president de la Generalitat, Quim Torra, se sentarán mañana a hablar cara a cara en Madrid. Y, como debe ser en democracia, sin vetos. Torra será el segundo presidente autonómico en pisar La Moncloa. Sánchez dio prioridad al lehendakari Iñigo Urkullu. Protocolo autonómico manda: Cataluña va detrás de Euskadi. ¿Sólo por eso? Uno se atrevería a decir que no. O al menos que no solo. Se restablecerá así el diálogo entre el Estado y Cataluña después de que el soberanismo decidiera en otoño saltarse la legalidad constitucional y estatutaria. Luego celebrar una consulta secesionista ilegal el 1 de octubre, de infausto recuerdo. Y, como corolario, aprobar una declaración unilateral de independencia (DUI), que dejó en suspenso.

La 'cumbre' va a tener, con toda probabilidad, un final amable. Los rostros de presidente y president, no lo duden, escenificarán un deshielo en las relaciones. Y ello a pesar de que Torra, lejos de bajar el diapasón, ha montado en los últimos días otro numerito 'indepe' en Washington, acertadamente replicado por el embajador Pedro Morenés. El ministro Josep Borrell aplaudió el buen hacer del diplomático. Sánchez prefirió guardar silencio. El jueves el independentismo volvía a plantar cara al Estado y aprobaba una moción en favor del unilateralismo, reafirmándose en la declaración fundacional del 'procés' del 9 de noviembre de 2015. El Ejecutivo socialista difícilmente podía permanecer de nuevo silente. No lo hizo. El Consejo de Ministros del viernes acordaba enviar la declaración al Tribunal Constitucional. Aún así, el más que probable final feliz de la cita de mañana no corre peligro. Porque es lo que conviene a ambos. A Pedro Sánchez para consolidar la sensación de que con su llegada al poder se abren no sé qué puertas ni qué esperanza y para relanzar a un PSC que ha salido muy seriamente tocado del 'procés'. A Torra, porque de eso de dar la matraca a diario sin perspectivas de lograr nada tangible puede vivir el hombre, sí, también algunas siglas, pero difícilmente un político.

Y más allá, ¿qué? Sinceramente yo no esperaría nada. El diálogo que reemprenden Madrid y Barcelona es un diálogo secuestrado. Sánchez no va a saltarse la Constitución para que se someta a referéndum si los catalanes quieren o no romper la unidad de España. Ni cree en ello, ni quiere, ni podría hacerlo. Pero, sobre todo, el president Torra es un activista metido a político. Un peón puesto en el Palau por su predecesor, Carles Puigdemont, que es quien imparte instrucciones desde Berlín a través de la consellera Elsa Artadi. Unas instrucciones que, mientras no se demuestre otra cosa, el president recibe y acata con agrado, porque las comparte.

No sólo. El independentismo le vendió a sus seguidores que el sueño de la secesión era posible. Una buena parte de los dos millones de votantes soberanistas se lo creyó y ahora exige a sus líderes que no den ni un paso atrás, so pena de considerarlos reos de alta traición. Pero el soberanismo catalán no es un mundo uniforme sino un universo plural. Sobre todo en lo que respecta a las siglas. En lo que concierne a personas, la inmensa mayoría se alinea con el rupturismo más puro y duro. Buena parte de ERC, el sector mayoritario del PDeCAT (la antigua Convergència) afín a Marta Pascal y Òmnium Cultural sí podrían mostrarse permeables en un momento dado a negociar con Madrid avances económicos y competenciales hasta que el independentismo logre una mayoría clara que hoy no tiene y plantee de nuevo al Estado un referéndum de autodeterminación pactado. Pero Puigdemont, Torra, otra parte de ERC, la CUP y, sobre todo, la poderosa Asamblea Nacional Catalana (ANC) permanecen más que atentos para abortar una operación en esa línea.

Insuficiente

Tanto el presidente Sánchez como la ministra Meritxel Batet ya han sugerido que el nuevo Gobierno socialista podría estar dispuesto a incrementar en varios miles de millones la financiación a Cataluña, desbloquear contenciosos y transferir -o delegar- competencias que el Tribunal Constitucional eliminó del actual Estatut. Pero que jamás permitirá el referéndum secesionista. ¿Existe alguna posibilidad de que el soberanismo acepte una oferta así? No. A medio o largo ya es otra cuestión. Dependerá de cómo evolucionen las cosas en las urnas. De si el soberanismo suma o no nuevas adhesiones. De que Puigdemont cumpla su sueño de liderar su propio partido (Movimiento 1 de octubre) y que los electores lo conviertan en mayoritario frente a Esquerra y a la antigua Convergència.

Además, mientras Torra no entienda que debe ser el president de todos los catalanes, y no sólo el portavoz de los dos millones de independentistas (algo más del 47% de quienes acudieron a las urnas en las últimas elecciones). Mientras no asuma que en democracia la ley está para cumplirse. Y que si hoy hay un grupo de políticos independentistas huidos y en prisión preventiva fue por pisotear la Constitución y el Estatuto no por hacer política, nada invita al optimismo.

Aún así bienvenido el reinicio de un diálogo que nunca debió interrumpirse. Diálogo pese al bloqueo, en el bloqueo, en la anormalidad. Sí. Cuando más falta hace que dos partes dialoguen y busquen puentes de entendimiento es cuando existen más problemas. Lo contrario es no entender la política. La de verdad. La que se escribe con mayúsculas. Con diálogo las cosas no estarán mejor, pero sí un poco menos mal. ¿Un consuelo? Una esperanza.

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