Un cauce legal

Un cauce legal
AFP
Xabier Gurrutxaga
XABIER GURRUTXAGA

La enorme dimensión política, social y electoral que ha logrado el independentismo en Cataluña en los últimos diez años expresa con claridad la desafección y alejamiento que se ha producido en una parte muy importante de la sociedad catalana respecto al Estado. Se ha dado la ruptura del vínculo, la desconexión emocional y mental con la idea de España como una comunidad política con la que se podría llegar a compartir y vertebrar un estado plurinacional. El riesgo de la desafección que ya advirtió en su día el president Montilla ya es una realidad en esa mitad de la sociedad catalana que ha roto con España y ahora entiende que no hay más salida que dar cobertura política y jurídica a esa desconexión mediante la creación de un estado propio.

Es cierto que quienes optan por la independencia como única salida a la profunda crisis entre Cataluña y el Estado no es, hoy por hoy, mayoría clara en Cataluña, pero sí constituyen una minoría muy cualificada que se aproxima a la mitad de la población actual con derecho a voto. Además hay que destacar que la desafección es un fenómeno que se da también en sectores que no han dado el paso al independentismo, porque siguen pensando que no es la opción más conveniente, pero al menos tiempo son conscientes de que a los catalanes no se les está ofreciendo ninguna otra alternativa que pueda ser aceptada por una mayoría clara del pueblo catalán.

Pese a las divisiones que les produce la estrategia a seguir, el independentismo como movimiento social se ha dotado de una magia que le suministra vida propia, que sumada la energía añadida que producen hechos como los encarcelamientos de los dirigentes, le convierten en un movimiento con una gigantesca capacidad de movilización que como escribía recientemente Andreu Claret constituye «un hecho único en la Europa del siglo XXI».

Su reto es acumular fuerzas y pasar a representar la voluntad de una mayoría clara de catalanes y para ello debe olvidarse de las veleidades basadas en la unilateralidad. Junto a ello, el gran problema que tiene el independentismo para desarrollar una estrategia pactista es que no tiene interlocutores en el Estado. Las fuerzas constitucionalistas o unionistas carecen de una alternativa real para competir con el independentismo y lograr el apoyo de la mayoría de los catalanes.

El conflicto de Cataluña solo podrá encauzarse llamando a la ciudadanía a las urnas en convocatoria de referéndum. Los independentistas quieren y exigen un referéndum donde poder decidir sobre la independencia. Están convencidos de ganar. Las fuerzas unionistas podrían promover la reforma de la Constitución para que los catalanes en referéndum, junto con el resto de los ciudadanos, expresen su voluntad de aceptación o rechazo. Pero no se atreven a desafiar al independentismo en su terreno, pues no están muy seguros de que los catalanes de hoy respalden con mayoría clara las bondades de la unión.

Salvo que unas próximas elecciones catalanas muestren un descalabro del independentismo, el caso catalán no tiene otra salida que la del pacto en torno a un referéndum legal. Es cierto que el TC ha complicado las cosas para celebrar un referéndum sin previa reforma constitucional. Pero hay alternativas legales que nos podrían permitir avanzar para conocer la voluntad de los catalanes, preguntándoles, por ejemplo, si están a favor de que en una reforma constitucional se recoja la posibilidad de que Cataluña se independice (Virgala). En Cataluña el 70% de la población quiere expresar su voluntad sobre la independencia. Sencillamente demanda un cauce legal para ejercer ese derecho a manifestar su voluntad, como diría el catedrático Rubio Llorente. Esconderse detrás de la Constitución o del TC para impedirlo no parece muy inteligente ni útil, sobre todo para España.

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