El turismo oscuro, viajar para sufrir

Estudiantes franceses visitan el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. /Eric Gaillard (Reuters)
Estudiantes franceses visitan el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. / Eric Gaillard (Reuters)

Visitar el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, la estación nuclear de Chernóbil o recrear una jornada en presidio son opciones que se eligen por diferentes razones

Javier Bragado
JAVIER BRAGADOMadrid

La Junta de turismo y promoción de Kiev prevé recibir en 2019 a 100.000 turistas que tienen intención de visitar la planta nuclear de Chernóbil (Ucrania). Animados por el reciente éxito de la serie de HBO sobre el accidente, los visitantes se han multiplicado. Pero eso no supone que el interés por acudir a lugares que se asocian a la tragedia y la muerte sea nuevo. Los museos de Hiroshima y Nagashaki (Japón) reciben cada año miles de seguidores, la visita de cárceles como Alcatraz (San Francisco) tienen listas de espera desde hace décadas y los campos de concentración de Sachsenhausen (Berlín) o Auschwitz II (Birkenau) se incluyen entre las recomendaciones de los centros de captación de turistas.

Se ha llamado turismo oscuro (Dark Tourism) a ese concepto que agrupa a excursiones a lugar asociados con la muerte pero se debe tener cuidado puesto que se engloba a un muy variado grupo de 'público'. «Este es un fenómeno extremadamente complejo y heterogéneo: las motivaciones de los turistas son muy diversas, como también los destinos y las actividades ofertadas», anticipa Daniel Liviano, profesor de los Estudios de Economía y Empresa de la Universidad Oberta de Catalunya (UOC). «Hay los que sienten el viaje como una motivación moral o espiritual y adoptan una actitud de peregrinación seculares. Otros turistas de esta categoría no tienen una motivación para con las víctimas y simplemente visitan estos lugares con un deseo o una motivación para con las víctimas y simplemente visitan estos lugares con un deseo o una necesidad de contactar simbólica y emocionalmente con la muerte», aclara.

Visita al Museo del Holocausto del complejo Yad Vashem en Jerusalén (Efe)

De entre todos los turistas hay uno que se centra en el viaje por el sufrimiento. Acudir a un campo de concentración o al Museo del Holocausto en Washington puede servir para redimir culpas o para conocer mejor la historia del genocidio judío. Según una investigación de más de dos décadas de la Universidad de Bournemouth firmada por Duncan Light, autor de 'El dilema de Drácula: turismo, identidad y el Estado de Rumanía', «el deseo o la oportunidad de aprender y entender» son las razones más comunes de los 'tanaturistas'. Observar el material audiovisual que exponen los centros, revivir el ambiente en que se cometieron atrocidades y meterse en la piel de quienes sufrieron provocan un efecto de empatía que hace al visitante sufrir en su vacación. Porque se puede leer, escuchar o ver documentos sobre un hito, pero la presencia en el lugar resulta fundamental para el ser humano. El Museo del Holocausto de Jerusalén revela en uno de sus estudios que «los seminarios para profesores europeos en (el complejo) Yad Vashem indican que la ubicación es un aspecto importante de un encuentro significativo con el tema» y que los turistas «reconocen haber aumentado su conocimiento y comprensión emocional».

La inmersión puede llegar a ser total en algunos lugares. Por ejemplo, hubo un tiempo reciente en que se ofrecía en el recóndito penal de Ushuaia (Argentina) durante dos horas vestir el uniforme de los antiguos presidiarios y escuchar los insultos e instrucciones de actores que interpretaban el papel de celadores, guardias y alcaide para los turistas que habían acudido a vivir el padecimiento de los antiguos pobladores de las celdas. Desde hace un mes las puertas de la prisión ecuatoriana García Moreno (Quito) pueden 'ingresar', pasar un tiempo en las celdas o incluso participar en peleas entre presidiarios. En las zonas fronterizas de Estados Unidos y México también se contratan tours que simulan el sufrido camino de los indocumentados que tratan de acceder al país presidido por Donald Trump. Quienes pagan por estos servicios también experimentan la posibilidad de ser secuestrados por traficantes de personas (interpretados por un grupo de actores) o caminan por túneles y otros lugares inhóspitos apurados para evitar a las patrullas fronterizas.

Barack Obama visita la cárcel de Robben Island (Sudáfrica) en la que Nelson Mandela permaneció 18 de los 27 años que estuvo encarcelado (Reuters)

No se trata de visitar sobre el terreno lugares de batallas históricas como Waterloo, Verdún o visitar el Museo de la Guerra Imperial en Londres. En Ruanda se puede visitar algunos lugares clave de su guerra como la fosa común del Memorial del Genocidio en Kigali, donde fueron enterrados los restos de más de 250.000 personas; en Sudáfrica hay un tour guiado por el centro en que estuvo 18 años recluido Nelson Mandela en Robben Island; En Sarajevo el War Hotel recrea las condiciones en que vivían los locales durante la Guerra de los Balcanes; y en Chernóbil existe la posibilidad de acercarse hasta el sarcófago que trata de detener la fuga radioactiva como una simple excursión -«Simplemente te dicen que llevas una ropa que tengas muy usada y luego te deshaces de ella cuando sales», recuerda Alicia, una turista española que fue una de las 72.000 personas que llegaron a Prípiat en 2018-.

No obstante, un estudio llevado a cabo por Universidad de Queensland (Australia) sobre los visitantes al Parque de la Paz del 3 de abril en la isla de Jeju (Corea del Sur), un lugar que conmemora uno de los episodios más destructivos en la historia reciente de Corea, descubrió que la «obligación» sigue siendo una motivación clave para una visita. Es decir, que en numerosas ocasiones se puede deducir que son estudiantes quienes han sido trasladados al lugar para que aprendan o descubran un evento importante de su historia al que no habrían acudido por interés propio.

Ligereza y sufrimiento

Una mujer comparte en las redes sociales una foto sonriendo en Auschwitz.

La otra cara de la moneda de quienes cumplen con respeto y empatía estos viajes de sufrimiento son aquellos que lo ven como una diversión pasajera. Resulta tentador en la época actual encontrarse el lugar perfecto para conseguir una imagen o un vídeo que provocarán numerosos 'me gusta' en cualquier red social. La ligereza anula el sufrimiento. Hay imágenes en los perfiles de las plataformas sociales de hombres o mujeres en ropa interior en Chernóbil o de sonrientes mensajes con campos de concentración de fondo. «Este tipo de comportamiento, que va ligado a las modas y la atracción que ejercen determinados lugares porque están de moda, no suele estar guiado por valores o códigos éticos y morales sino por el cálculo instrumental, los intereses y las emociones personales. Auschwitz II se ha convertido en un lugar donde los turistas van a hacerse fotos sonriendo al lado del crematorio o bajo el arco con el siniestro letrero 'Arbeit macht frei' (el trabajo libera)», denuncia el profesor Liviano.

¿Se puede detener la frivolidad en el turismo oscuro? La organización que está a cargo de los museos del campo de concentración de Birkenau prohibió hace años el vuelo de drones y estableció varias zonas de seguridad a las que no pueden acceder los visitantes. La exhibición itinerante sobre Auschwitz que recorre el mundo y que pasó por España animaba a compartir las fotografías con la etiqueta #NotlongagoNotfarway (no hace tanto, no tan lejos) pero avisaba: «Puede usar su teléfono o cámara para hacer fotografías, pero el flash, los trípodes, los palos de 'selfie' y cualquier otro instrumento que pueda molestar los movimientos o la visión de otros visitantes o están permitidos. Si hace fotos, recuerde asegurarse de que sus fotografías respetan la memoria de las víctimas».

Se trata de un equilibrio complicado. El sociólogo Francesc Núñez, profesor de los Estudios de Humanidades de la UOC, da una razón para ser pesimistas: «Todos, agencias de viajes, ciudades o gobiernos; todos sacan provecho aunque sea desde el horizonte del sufrimiento de muchos».