Sabero, Memoria de las minas

El paisaje doliente, socavado, restaña sus heridas en Sabero. Esta población leonesa alberga el Museo de la Siderurgia y la Minería para recordarnos su historia en blanco y negro

Pintura de la cara de un minero en uno de los muros cercanos al ayuntamiento./ ELENA SIERRA
Pintura de la cara de un minero en uno de los muros cercanos al ayuntamiento. / ELENA SIERRA
Elena Sierra
ELENA SIERRA

El paisaje es de praderas y montañas, de bosquecillos y de riachuelos que parece que nunca han sido tocados, o que no han sido tocados tan en serio como para haber cambiado demasiado a lo largo del tiempo; puede que se vea la vía del tren en algún punto del camino, y que haya carreteras allí donde en su día solo hubo más praderas, más bosquecillos, algunas huertas, tierra y verde hasta donde alcanza la vista. Y el paisaje es así durante kilómetros y kilómetros, hasta que de repente ya no es tan natural como debiera serlo. Algo hay aquí que llama la atención y el ojo se pone en alerta. Hay árboles, peñas rocosas, mucha hierba, eso sí.

Sabero (León)

Dónde
Sabero se encuentra a 65 kilómetros al norte de León.
Webs
www.turismoleon.org / museosiderurgiamineriacyl.es.

En el horizonte las referencias son las mismas. Pero es la disposición de cada elemento en el conjunto lo que indica que aquí ha pasado algo, algo grande. Y tan grande: esta es, o fue aunque seguirá siendo por mucho tiempo, una de las cuencas mineras de León y todas las piezas se han movido. Parece imposible que siendo tan grandes, y tantas, haya podido ocurrir, pero es lo que tiene el ser humano. Lo que ahora son terrazas, es evidente que fueron socavones. Que los agujeros bajo el cielo se han rellenado con tierra. Que esos árboles ocupan el lugar de otros extraídos hace décadas. Que todas las viviendas vacías, cerradas, algunas de veraneo y otras ni eso, estuvieron en su día llenas de gente que vivían de la mina. Que los pozos, esas altas estructuras de hierro, y los almacenes y oficinas, que responden a una estética de amplios ventanales y suelos de baldosa que hoy quiere tener cualquier restaurante, hace mucho que no oyen murmullos, bocinas, pasos.

Equipo de salvamento Protor, uno de los primeros utilizados por las brigadas.
Equipo de salvamento Protor, uno de los primeros utilizados por las brigadas.

En Sabero la historia de esta tierra que se abrió y se ha vuelto a cerrar se explica muy bien. En esta localidad (a unos 70 kilómetros de León) está el Museo de la Siderurgia y la Minería de Castilla y León. El edificio en el que se intenta mostrar al visitante la importancia de la minería en la zona, y la vida de los mineros y sus familias, impresiona. Es una nave de piedra y ladrillo de esas que solo pueden ser catalogadas como parte fundamental del patrimonio de cualquier sitio, aunque a veces a algunos se les olvida y echan abajo pedazos de historia que no se quiere recordar. No es el caso: la que fue primera ferrería de España que funcionó con carbón vegetal (claro) y con las máquinas importadas de última generación, la de San Blas, está protegida. Si fuera un templo, sería catedral, uno de mediados del XIX.

Ferrería de San Blas.
Ferrería de San Blas.

Allí hay maquetas, maquinaria, minerales, explicaciones varias, exposiciones temporales. Y hay fotos, muchas fotos, de quienes trabajaban en las minas del entorno y de quienes esperaban en casa a que estos volvieran. Esas imágenes en blanco y negro pueden tocarle la fibra sensible a más de uno: caras tiznadas, hombres que parecen tener 80 años pero que seguramente no llegarían jamás a cumplirlos, adolescentes y niños pertrechados para la peligrosa faena, rescatistas equipados con lo que, en retrospectiva, podría ser el equipo de seguridad de algún muñeco. Fotos de niños y niñas que iban a la escuela cuando podían, y que para el retrato se han puesto bonitos.

Visitantes recorren el Museo de la Siderurgia y la Minería de Castilla y León.
Visitantes recorren el Museo de la Siderurgia y la Minería de Castilla y León.

Hasta el mes que viene, el museo (en la Plaza de San Blas) puede visitarse de martes a sábado en horario de 10.00 a 14.00 y de 16.00 a 19.00 horas. Los domingos y los días festivos, por la mañana es el mismo y por la tarde se mueve un poco y abre y cierra media hora más tarde. Allí se puede encontrar información de la comarca, que las personas que trabajan en la nave tienen ganas de compartir. Porque la gente se ha ido de Sabero, pero el pueblo y el entorno tienen mucho que contar. Por ejemplo, el resto del pueblo. Todo lo que hay detrás de la vieja nave de la ferrería San Blas es patrimonio también.

Las calles que van en paralelo a la carretera general –las de Enrique Borda y Venancio Echevarría– son calles centrales de la vida minera. Todos los edificios –vivienda, hospital, cuartel, escuela– recuerdan que sus habitantes dependían de la mina de carbón. Son los adosados de su época, medidos al milímetro para dar respuesta a la necesidad de una vivienda digna. Varias familias en cada edificio, un poquillo de jardín, entradas independientes. Eso en las obreras, hay también casas pensadas para los jefes. Más grandes, con más jardín.

Estantes de la farmacia del Museo,
Estantes de la farmacia del Museo,

Si se sigue en esa dirección se llega a los edificios abandonados de una mina. Quedan oficinas, vías oxidadas, alguna entrada al fondo de la tierra. Todo está cubierto por las hojas, o por la basura. En la dirección opuesta, a unos pasos del museo hay una vieja farmacia que conserva estanterías y potes muy viejos. El museo tiene también su farmacia, que muestra cómo era la atención médica hace mucho tiempo. Un poco más adelante, el ayuntamiento; en uno de los muros cercanos aparece dibujada a gran tamaño la cara de un minero.

Ruinas y grafitis

En el centro del pueblo hay una iglesia amarilla y algunos locales para tomar algo, como Casa Vidal. Este va para museo: detrás de la barra de la tasca –donde se puede tomar un caldito picante que combate el frío como pocos– se amontonan recuerdos de otros tiempos (herramientas, fotos, cajas de galletas o de caco en polvo). Como esto es León, cada consumición trae su tapa. Del embutido a los callos.

Locomotora de vapor en la plaza de Sabero.
Locomotora de vapor en la plaza de Sabero.

Volviendo hacia el museo, se sigue la carretera hacia Sahelices de Sabero, Olleros de Sabero y Sotillo de Sabero. Muy Sabero, todo, sí, y además del nombre comparten una larga historia a pesar de que los pusiera en el mapa la industrialización (y los sacara del mismo mapa la crisis y el cierre de las minas en los años ochenta del siglo pasado). Sabero existe desde el siglo X y Sahelices desde un poco más tarde, por dar unos datos. Pero lo interesante aquí, aunque hay un par de ermitas con mucha historia, es la ruina industrial.

A principios del siglo XX se abrió el Pozo de la Sucesiva, y en 1913 el de La Herrera 1. Las instalaciones siguen en pie. Una sala de máquinas abandonada, con sus escaleras de piedra y su suelo de baldosa... Y la estructura de hierro exterior con cables gruesos y larguísimos. Hay grafitis en las paredes. Entra la vegetación por las ventanas. Al fondo se ve otro barrio de casitas de mineros. Será así por toda la ruta.

Seguirla es ir avanzando en la historia de esta comarca. La Herrera 2 tiene una estética más moderna, de mediados del siglo pasado. Pero el abandono le ha llegado igual. Dentro de uno de los pabellones se ven más máquinas, elementos eléctricos. Debajo de otro de los edificios se meten unas vías de tren. El pozo se eleva, resistente, hacia el cielo. Tendrá buenas vistas, pero su altura no es nada comparada con lo que estas minas se introdujeron en la tierra: hasta 160 metros hacia abajo.