Sendero de Lizarrusti: los mitos de Barandiaran

Jentzibaratza, la peña de caliza blanca cubierta de encinas./Félix Ibargutxi.
Jentzibaratza, la peña de caliza blanca cubierta de encinas. / Félix Ibargutxi.

La mitología envuelve este agradable paseo entre Lizarrusti y la presa de Lareo, cerca de Aralar en Gipuzkoa

Iñigo Muñoyerro
IÑIGO MUÑOYERRO

Lizarrusti, la puerta del parque de Aralar en el límite entre Gipuzkoa y Navarra, preserva un hayedo que se extiende hasta donde alcanza la vista. Un techo verde de copas que cada otoño, cuando los pastores comienzan a recoger sus rebaños, muda de color. La carretera NA/ GI-120 pasa por el alto, donde queda la vieja casa de los 'miqueletes', el cuerpo policial creado por las diputaciones para perseguir a los malhechores. Es también vía de acceso al valle de Ataun o de Agauntza, la tierra de etnólogo José Miguel Barandiaran y de los gentiles, los gigantes paganos agoreros de un mundo que se extinguía.

En el alto hay un aparcamiento pequeño que está siempre lleno, junto al cuartel, ahora Parketxe, así que conviene madrugar. Vamos a realizar la ruta entre el Parketxe y el embalse de Lareo por el trazado del viejo ferrocarril maderero. Un recorrido sencillo, con poca pendiente y siempre bajo arbolado. Los letreros indicadores de la red de senderos están detrás de la zona de columpios, y el de Lareo está marcado con pintura roja, blanca y verde. El camino es de grava, ancho, bien pisado y no defrauda. Llanea entre las hayas, largas, de fustes desnudos, que se aferran a un terreno musgoso sobre el que apenas incide la luz. Han empezado a mudar y apenas hay hojarasca.

Cómo llegar

El puerto de Lizarrusti
se halla a 65 kilómetros de Vitoria, por la N1. Al llegar a Etxarri Aranatz nos desviamos por la NA120, dirección Ataun.

Sobre nosotros, invisible, está la peña de Aitzarte. El hayedo se entremezcla con castaños, rosales, avellanos y algún roble. Se oyen y ven muchos pájaros y los tempraneros verán premiado el madrugón con la observación de ardillas. Hay un cruce y letrero (0h. 17'), que indica que Lareo está a 1,3 km. aunque no hay que fiarse. La senda está barrenada en la roca viva. Un paso canadiense de madera, una curva y entramos en el tramo de cadenas (0h. 18'). Es aconsejable coger a los niños de la mano. El camino es ancho y no encierra peligro, pero la caída (derecha) es espectacular. Abajo retumba el murmullo del río. Impone.

La hora de los espíritus

Unos metros más y cruzamos el túnel de Akerreta (0h. 22'). Al otro lado hay una fuente con cazo. El aire refresca y se humedece a medida que la senda trepa entre hayas imponentes. Otro repecho y llegamos al puente sobre el arroyo Maizegi (0h. 30'). Al anochecer los espíritus (fuegos fatuos) nos hacen guiños desde una turbera cercana. Seguimos cuesta arriba entre hayas y peñas. La luz se vuelve oscura. Es el tramo ideal para recorrer al atardecer, cuando los árboles cobran vida y parecen caminar. Pero no son árboles, sino vacas, que vuelven al prado tras abrevar.

Pasamos una cantera y aparece el asfalto (0h. 40'). Letreros de GR. La pista (izquierda), siempre bajo el hayedo, sigue la ladera de Malkorburu y llega a la presa (0h. 48'/3,00 km). El embalse, construido en 1989 para regular el río Agauntza, es ancho y aparece rodeado de hayas y pinos alerces. A la derecha, sobre las copas, destaca la cima de Alleko. Es posible rodear Lareo y visitar el dolmen, que no destaca por su espectacularidad. Bajamos por el camino de subida, despacio, con atención en el paso de las cadenas de Akerreta (1h.25'/5,7 km).

Un paseo de los de 'bocadillo', a la sombra de las hayas. De vuelta, la carretera GI-120, cruza los barrios de San Gregorio, donde está el museo de José Miguel Barandiaran, y de San Martín. Allí, a la derecha, llama la atención una espectacular peña de caliza blanca cubierta de encina: es Jentilbaratza o 'jardín de los gentiles', un nombre que intriga. También debió sorprenderle al padre Barandiaran, tanto que en el verano de 1916 subió a lo alto y excavó las ruinas de un castillo medieval, que resultó tener cimientos romanos. Al día siguiente subió a Aralar y allí, sentado sobre la losa de un dolmen, charló con un pastorcillo. Éste le contó el fin de los gentiles (o paganos) al llegar el Kismi (Cristo), una leyenda que narra la introducción del cristianismo en el País Vasco y la desaparición de los gentiles bajo la losa llamada Jentillarri.

Un tramo añadido y duro

Conviene seguir los pasos de Barandiaran hasta Jentilbaratza, fijándonos en el letrero de PR junto al restaurante Víctor (barrio Helbarrena 71, Ataun). Carretera GI-4151 a Arrateta con la peña a la derecha, subimos por el asfalto y a medida que nos acercamos apreciamos la cantera que horadó la peña. Unos escalones tallados en la roca nos introducen en un sendero muy empinado que sube por el pinar y llega hasta la base de una chimenea en la roca (0h. 35'). En la cima (0h. 45') hay una placa de homenaje a Barandiaran. Las vistas son espectaculares. Descendemos con precaución por el mismo camino. Ojo: es una excursión dura, sólo para habituados a trepar por roca. Don José Miguel siempre recordó esta primera salida que le permitió entrar en contacto con un mundo del que conocía las leyendas de unos bárbaros misteriosos, los gentiles. Unos seres que cada noviembre vuelven al pueblo con la representación de la Llegada de los Gentiles, durante las fiestas de San Martín. Les acompañan la brujas, basajaun y basandere, tartalo y las lamias, que son recibidos por el alcalde, el cura y el alguacil en representación del pueblo.

 

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