El mar ruge en la ría del Ajo

Las olas rompen con violencia en un tramo de la costa de Bareyo, que presenta abundantes oquedades./E. C.
Las olas rompen con violencia en un tramo de la costa de Bareyo, que presenta abundantes oquedades. / E. C.

Paseo por un tramo del litoral cántabro rico en oquedades en las que las olas bufan cuando el mar está embravecido

Elena Sierra
ELENA SIERRA

Solemos asociar los bufones a la costa asturiana. Esos prodigios geológicos que hacen que el agua del mar suba, rápida y como si estuviera furiosa, hasta la superficie del acantilado por una especie de chimenea y que pueden crear chorros de varios metros de altura, pueden encontrarse un poco más cerca, en Cantabria; y más concretamente en la localidad de Ajo, esa en la que tantos vascos veranean. Teniendo en cuenta que los vecinos pueblan un territorio asentado sobre roca caliza, esa que el agua en cualquiera de sus formas puede horadar tranquilamente y de ahí la cantidad de cuevas que pueden visitarse -dice la leyenda que se podría atravesar Cantabria de punta a punta por las cavernas del subsuelo-, no es raro.

En La Ojerada, en el cabo de Ajo, hay unos cuantos bufones. Nada más pasar esos dos ojos que parecen prismáticos dispuestos para que la tierra disfrute de la visión del Cantábrico, a la derecha, espera la sorpresa. Si hay pleamar, y si el mar está revuelto no digamos, de repente se oye una especie de grito del más allá. Va subiendo, abriéndose paso entre la roca. Y pum, estalla: una racha de viento y agua pulverizada. Alguna de las grietas es enorme, recorre un buen trecho del acantilado y cómo suena; anuncia sin duda que algún día se desgajará la roca y marchará a la deriva. Las hay más pequeñitas, pero el sonido sigue siendo bien audible y extraño. Proviene de lugares que desconocemos.

Si el paseante se asoma a la derecha de La Ojerada, en la base del acantilado podrá ver este fenómeno natural y artístico en todo su esplendor y sin temor a mojarse. Hay que pillar asiento y fijarse bien. Cuando el agua se retira, deja al descubierto unas planchas rocosas en las que hay algún tunelillo que, antes de que el mar vuelva a cubrirlo por completo, se convierte en géiser.

Y para túnel, el que hay un poco más abajo. Debajo del lugar por el que se ha estado andando entra y sale el aire a su antojo. El acantilado está hueco aquí, formando una caverna que parece -si lo de arriba son los prismáticos- un catalejo o un telescopio para volver a mirar el mar con otros ojos. O un túnel de viento. O un canal, por el que entra el agua cuando las mareas quieren.

Camino del faro

Desde este punto se ve la desembocadura de la ría de Ajo, con los acantilados verdes de Isla al otro lado y a este, una urbanización de lujo, con parcelas cerradas al paso. Así que para ver mejor la ría hay que deshacer el camino y atacar el paseo desde el pueblo. Las flechas que indican dónde se sitúa el restaurante Cueva de Las Brujas son la clave. Y es que este establecimiento que aprovecha las cavidades en la roca para poner cocinas, baños y salones, está en un recodo final de este curso de agua entre dulce y salada. El local tiene además un comedor acristalado desde el que disfrutar de las vistas, de la tranquilidad. La pradera delantera tiene su cosa e invita a bajar hasta la ría para cruzarla hasta Arnuero si está en horas bajas.

Otra vez para arriba, por el camino hay que pararse en la iglesia de San Martín de Tours, que tiene uno de esos retablos mayores que parecen de cuento, con todas esas figuras pintaditas de colores. Es un caso raro, por lo único, ya que eran más habituales en su época los retablos con mucho (o todo) dorado. Alguna casona, algunas historias de grandes nombres, y caminito del faro para volver a encontrarse con el Cantábrico. Hay que pasar por otra urbanización pensada para veraneantes, he ahí el peaje para asomarse de nuevo al horizonte. Y pedir unos platillos de marisco en La Casa de Marino, que está camuflada entre las casas.

Recomendaciones

En La Casa de Marino (Calle Casa de la Vela 119, Barrio El Faro) si se reserva con antelación aquí se puede comer un buen perol de arroz con bogavante, pero la opción de elegir unas cuantas raciones de marisco de la carta tampoco es mala: navajas, almejas en un par de versiones, mejillones en otras cuantas... Y postres caseros, como ese flan de café que parece, tal cual, un acantilado como los de los alrededores. En el Asador Cueva de Las Brujas (Calle Arranadas 765, Barrio El Convento), hacen a la brasa chorizos y morcillas, chuletillas de cordero y pescados variados, y no hay que olvidarse de las croquetas.

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