El país de los cátaros

Almenas y torreones salpican las murallas de la imponente silueta de La Cité de Carcassonne. /
Almenas y torreones salpican las murallas de la imponente silueta de La Cité de Carcassonne.

Carcassonne, la capital de Aude, es el epicentro de una ruta para descubrir uno de los pasajes más turbulentos del Medievo francés

IRATXE PAÑEDA RUBÍN DE CELIS

La región francesa de Aude, al norte del Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes, en el corazón del Languedoc, ofrece al viajero paisajes entre viñedos y bosques, una costa bañada por el mar Mediterráneo y monumentos, muchos monumentos. Narbona se encuentra cerca de un litoral de 50 kilómetros con playas de arenas finas, lagunas protegidas y puertos deportivos, el Canal du Midi –Patrimonio de la Humanidad– cruza la región de este a oeste, en Limoux se sitúan los orígenes del champán... pero lo que hace de Aude más famosa aún si cabe es el título de 'País de los Cátaros'.

Departamento de Aude (Francia)

Dónde
A unas cinco horas de Bilbao o Vitoria y a una hora de Toulouse. Desde Bayona tomaremos la autopista A64 hasta Toulouse para enlazar con la A61, donde cogeremos la salida 23.
Recomendaciones
Con el Pasaporte de los Sitios del País Cátaro se obtienen descuentos y entradas gratuitas para niños. A la venta en las oficinas de turismo por 2 €.
Webs en castellano
www.audetourisme.com y www.payscathare.org.

Habrá quien conozca quiénes fueron los cátaros, a otros les sonará el nombre y habrá muchos que no sepan de su existencia. Explicado de manera muy sencilla, el catarismo fue un movimiento religioso que cobró fuerza en Europa Occidental entre mediados del siglo X y el siglo XII. Sus seguidores creían en la reencarnación, en la existencia de dos mundos –espiritual y material, con Dios y Satanás como representantes– y negaban los sacramentos. Considerados herejes por la Iglesia católica, los cátaros o albigenses fueron perseguidos y hallaron protección en algunos señores feudales, entre los que figuraban varios del occitano departamento de Aude.

En aquellos tiempos en los que la Iglesia católica y la política estrechaban fuertes lazos, incluso en ocasiones tan recios como para ahogar a los más débiles, abadías y castillos se convirtieron en verdugos o refugio de los cátaros. Recorrerlos todos supone invertir varios días en un paseo por la rica historia de Aude, en el que no solo se revivirán los pasajes de este turbulento periodo de la Edad Media, que alcanzó su punto más sangriento en el siglo XIII.

El castillo de Peyrepertuse se encuentra sobre una cresta a 800 metros de altura.
El castillo de Peyrepertuse se encuentra sobre una cresta a 800 metros de altura. / I. P. RUBÍN DE CELIS

Narbona, la ciudad más poblada de la región, se convirtió al final de la Cruzada albigense en un campo de batalla entre la Corona de Francia y el Reino de Aragón por el dominio del Rosellón. Sin embargo, los restos de su pasado romano, la catedral gótica de los Santos Justo y Pastor, el puente de los Mercaderes sobre el canal de La Robine, el palacio de los Arzobispos, el torreón de Guilles-Aycelin... han mudado su apariencia con el paso de los siglos para convertirla en un lugar amable, en cuya visita se hace imprescindible acercarse a Les Halles, su centenario mercado lleno de vida.

La otra gran ciudad de Aude, y sin duda de mayor aire medieval, es Carcassonne. Su ciudadela (La Cité) nos traslada a la época de juglares, damas y caballeros, un escenario de cuento en el que nada nos hace pensar que como partidaria del catarismo sufrió el azote de los cruzados y que aquí, en las mazmorras de su propio castillo, murió envenenado el vizconde Raimundo Roger Trencavel, gran valedor de los cátaros. El aspecto impecable que luce La Cité, Patrimonio de la Humanidad, se lo debe a Viollet-le-Duc. El arquitecto de la malograda aguja de Notre Dame, llevó a cabo (siglo XIX) su restauración –criticada por los más puristas por sus añadidos artificiosos– salvándola de la demolición para convertirla en la ciudad medieval fortificada más completa de Europa.

Castillos en Lastours.
Castillos en Lastours. / I. P. RUBÍN DE CELIS

A la sombra de sus murallas, la población comenzó a instalarse en la denominada Ville Base o La Bastide de Saint Louis, un perfecto damero de calles y magnífico ejemplo del urbanismo del siglo XIV que hoy atesora además de su catedral, mercado y plazas, gran parte de su oferta gastronómica y hotelera.

Al norte de Carcassonne, las carreteritas que discurren entre bosques y pueblos en la Montaña Negra nos conducirán hasta las abadías de Saint Papoul –joya del País Cátaro, catalogada Monumento Histórico–, Villelonge y Caunes-Minervois, que se enriqueció considerablemente gracias a la adquisición de los bienes confiscados a los albigenses. Otros dos lugares reseñables son el castillo cátaro de Saissac, cuya belleza en ruinas compite con las vistas de la llanura de Lauragais, y los castillos de Lastours, adaptados a las rocas y para cuyo acceso es recomendable calzarse las botas de trekking. Si no te encuentras con fuerzas siempre queda la opción de contemplarlos desde el mirador, pero, sinceramente, te perderás una maravillosa excursión.

Ambiente en una plaza de La Cité de Carcassonne.
Ambiente en una plaza de La Cité de Carcassonne. / I. P. RUBÍN DE CELIS

Las últimas fortalezas cátaras en sucumbir a los cruzados se encuentran al sur de Carcassonne. El castillo de Peyrepertuse, uno de los más poderosos, cayó en 1240; Montségur cuatro años después, con la quema en la hoguera de 225 herejes, y Quéribus, en 1255 –ojo con el viento durante su visita–. La muerte de Guillaume Bélibaste, considerado el último cátaro, tuvo lugar en Villerouge-Termenés en 1321. Los castillos de Puilaurens, Usson, Termes, Arques y Aguilar completan la lista de fortines.

Si la visita a los castillos entusiasma a pequeños y mayores, la ruta de las abadías hará lo propio con los amantes del arte. El encantador pueblo de Alet-Les Bains, conocido por sus aguas termales, acoge las ruinas de una abadía benedictina que vio como su prosperidad se borró de un plumazo debido a la cruzada albigense y a la mala gestión de sus abades. Benedictina también es Saint Hilaire, famosa porque sus monjes comenzaron a producir en el siglo XVI el Blanquette de Limoux, el primer vino espumoso del mundo, ahora con Denominación de Origen propia. La abadía cuenta con un precioso claustro (XIV), la iglesia del siglo XII, el llamativo artesonado de vivos colores (XVI) de la vivienda del abad y el sarcófago en mármol de San Saturnino (XII), cuya autoría se atribuye al Maestro de Cabestany, activo también en Cataluña, Navarra y la Toscana.

Turistas en la iglesia de Fontfroide.
Turistas en la iglesia de Fontfroide. / I. P. RUBÍN DE CELIS

Al sur de Narbona sobresale la abadía de Fontfroide, donde murió Arnau Amalri, el implacable inquisidor a la cabeza de la cruzada contra los cátaros, y uno de los monasterios cistercienses más grandes de Europa. Tampoco hay que dejar de visitar Lagrasse. Con su cenobio, restos de murallas, el Puente Viejo y su plaza con edificios del siglo XIV, está considerado uno de los pueblos más bonitos de Francia.

Para comer y dormir

Una buena elección para comer en el corazón de la ciudad medieval de Carcassonne es La Table d'Alais, un remanso de paz que además de un comedor dispone de un agradable patio interior. Por su ubicación, decoración y calidad de producto cabría pensar que sus precios se disparan, pero son más que razonables. Desde 19,90 €. Menú infantil, 15 €. (Rue du Plô La Cité, 32, Carcassone). Cierra los miércoles. latabledalais.fr/es).

La oferta hotelera de la región de Aude es muy amplia pero si quieres darte un capricho, elige Château De Palaja, una mansión del siglo XVIII con 12 habitaciones de cuidada decoración es la opción perfecta. Además tienen una pequeña piscina y hablan español. Se encuentra a cinco minutos en coche de Carcassonne (www.chateau-palaja.fr).