Excursión por tres hayedos mágicos

Excursión por tres hayedos mágicos

La lluvia nos ha dado una tregua para poder calzarnos las botas de monte y pasear entre estos árboles que la tradición considera sagrados

Reserva de Saja-Nansa (Cantabria)

El bosque del agua

GAIZKA OLEA

ciervos en la reserva de Saja Nansa.
ciervos en la reserva de Saja Nansa. / Javier Rosendo

El invierno se siente como una amenaza y animales y plantas se recogen, como quien busca refugio para evitar el golpe. Pero estos días el sol brilla y es un momento ideal para perderse (dentro de un orden) en cualquiera de los bosques que nos rodean y para comprobar hasta qué punto enganchan la humedad y los aromas de la tierra, ahora más palpables que nunca. Así sucede cuando el rocío y la lluvia empapan la tierra.

A dos horas de Bilbao, a tres de Vitoria, se alza uno de los bosques más imponentes del norte de España, casi comparable con la Selva de Irati, un hayedo muy bien conservado que invita a recorrerlo por pistas y senderos señalizados que nos permiten adentrarnos en el corazón de este ser vivo. Es el parque natural cántabro de Saja-Nansa, 24.000 hectáreas casi intactas, un territorio marcado por dos ríos y curiosamente situado a escasos kilómetros del litoral, de pueblos como Comillas o San Vicente de la Barquera.

Esta es una de las muchas rutas que atraviesan la reserva natural, que permanecen abiertas gracias a la acción de los ganaderos; no necesitas ser un alpinista para marchar ni ir dejando migas de pan para no perderte: si eres prudente y sigues la pista, verás todo lo que hay que ver. El sentido común evita muchos disgustos y si llevas un reloj y un móvil sabrás cuánto tiempo llevas caminando y -sobre todo- cuánto tardarás en volver hasta el lugar donde quedó el coche. La pista elegida parte de Bárcena Mayor, núcleo rural restaurado y con muchos atractivos. A la entrada del pueblo encontrarás un aparcamiento obligatorio pero (nosotros no te lo hemos dicho) los vecinos de la comarca cruzan el casco urbano en coche para trasladarse hasta la zona recreativa de Llano Castrillo, situada a un par de kilómetros y dotada de un segundo parking. Tú y tu civismo decidís, pero el saber no ocupa lugar en una mochila con agua y bocadillos.

El sendero asciende suavemente en paralelo al río Lodar durante unos cinco kilómetros y te mostrará bonitas y profundas pozas de agua transparente que en verano invitan al baño. A partir de ahí, la pista gana pendiente con algunos repechos más exigentes, pero nada que no pueda vencer una persona sana acostumbrada a caminar. Los seis kilómetros siguientes son los más impactantes, ya que nos adentraremos en un bosque vivo donde robles, hayas, castaños y acebos compiten por un rayito de luz. En algunas revueltas del camino comprobarás cómo el arbolado se abre para mostrarte las laderas que ascienden hacia el Alto de Fuentes, destino último del recorrido, y el impactante colorido de un bosque que comienza a rendir sus hojas ante la inminencia del invierno.

Tras nueve kilómetros de marcha llegaremos a las cascadas de La Arbencia, justo en el punto donde los arroyos Hormiga y Fuentes confluyen para dar vida al río Lodar. Para ver los saltos tendremos que descender por la ladera hasta encontrar un punto desde donde observar cómo cae el agua, aunque la tupida vegetación nos impedirá apreciarlo convenientemente. Aun así, es un lugar estupendo para el bocadillo, así que consulta con tus fuerzas y decide si estás en condiciones de continuar, porque pronto llegarás a las praderas de la Cruz de Fuentes, a 1.300 metros. Las vistas sobre la comarca son imponentes desde este punto donde todavía pasta el ganado, cuyo descenso a los valles tendrá lugar en las próximas semanas. En total, 15 kilómetros de ida (y otros tantos de vuelta, calcula ocho o nueve horas) en los que tus piernas y tu cabeza determinarán el momento adecuado para emprender el regreso. Eso sí, siempre en bajada.

Hayedo de la parzonería de Iturrieta (Álava)

La catedral verde

FRANCISCO GÓNGORA

Las hojas alfombran el camino en el hayedo de Iturrieta.
Las hojas alfombran el camino en el hayedo de Iturrieta. / Juan Carlos Moreno Lavandero

«Una sociedad no es mejor que sus bosques», decía W.H. Auden, y en ningún otro sitio del País Vasco existen hayas tan hermosas que hablen tan bien de los hombres que las cuidan. Por aquí, por la Montaña Alavesa, sienten el orgullo de sus árboles y cada año seleccionan uno, siempre un haya, en la fiesta de mayo, en la plaza del pueblo de San Vicente de Arana porque gracias a esta especie han sobrevivido muchas generaciones.

A la forma de gobernar estos montes, unas 5.100 hectáreas de la sierra de Entzia, en el límite con Navarra, la llaman parzonerías –de parte– y se han conservado cuatro: las de Iturrieta, Entzia, Atxuri y Gipuzkoarro-Nazazarra. Un total de 14 pueblos y municipios forman parte de las diferentes comunidades que se rigen desde tiempos medievales para repartirse el pasto para el ganado, la leña y el agua. Gracias a sus vecinos y a una naturaleza generosa podemos dar un paseo inolvidable por este formidable hayedo, que pudo ser el primer parque natural del País Vasco, pero esa manera de gestionarse lo ha impedido hasta ahora. Los vecinos han demostrado que hay otras formas de proteger la naturaleza.

Hemos elegido como base la ermita de Santa Teodosia, un lugar mágico al que se accede por el puerto de Opakua, la carretera hacia la granja de Iturrieta y una desviación a la izquierda bien señalada. Es un cruce de caminos y un antiguo lugar de paso de arrieros y comerciantes que venían de Navarra y las tierras del Ebro e iban hacia la Llanada y el Cantábrico. En uno de sus salones unos murales representan las actividades agrícolas, ganaderas y costumbristas del valle de Arana. Fuera, un monumental y centenario fresno de 23 metros de altura y 5,5 metros de perímetro, declarado en 1995 árbol singular, protege el templo y permite jugar al escondite en su inmenso agujero. También hay unas mesas de madera y una fuente para el refrigerio.

Desde el santuario se pueden hacer excursiones a derecha e izquierda siguiendo el cordal del monte. Entzia es una altiplanicie kárstica por lo que la dificultad es mínima. Si tomamos la izquierda vamos hacia las Bitigarras introduciéndonos en el hayedo de la parzonería de Iturrieta. El camino es ancho y está bien señalado, aunque presenta algún tramo embarrado. Sube de manera suave entre árboles y, tras dejar de lado varias simas, una de ellas muy profunda y vallada con alambre de espino (1 hora y15 minutos), alcanzamos la cima. La cumbre principal (1 hora y 35 minutos), puesto que Las Bitigarras como su nombre indica son varias, es difícil de localizar. El descenso hasta la ermita se realiza por la misma ruta de subida. Desde el portillo tenemos la posibilidad de extender el paseo hacia el monte San Cristóbal, otra altura de la sierra. Esta segunda opción es laboriosa, pero se puede ir por el cordal que se adentra en la parzonería de Gipuzkoarro. Los de Contrasta aseguran que su hayedo es el mejor de la sierra y sin duda aquí están los árboles más esbeltos. Alcanzan más de 30 metros y la impresión para el excursionista es que estás bajo la protección de una gran catedral verde, que ahora en otoño se vuelve parda. Caminar sobre el manto de las hojas que parecen acariciar nuestros pies en el silencio del hayedo es una de esas sensaciones irrepetibles.

Hayedo de Balgerri, Karrantza (Bizkaia)

El gran desconocido

IÑIGO MUÑOYERRO

Los caballos trotan en libertad. Al fondo, el monte El Mazo de Pando.
Los caballos trotan en libertad. Al fondo, el monte El Mazo de Pando. / Javier Muñoz

El bosque del Balgerri, a los pies del monte del mismo nombre, no sólo es el hayedo más extenso de Bizkaia: también se trata del más protegido y el que más especies vegetales atesora, lo que lo convierte en un destino privilegiado, un espléndido regalo para la vista.

El bosque es accesible desde Lanzas Agudas, un barrio de Carranza encaramado en una solana a 406 metros de altura, en la ladera de los montes de Ordunte. En un cruce, cerca de las últimas casas del barrio y con la iglesia, arriba, a la vista, la marcha comienza por una pista ascendente de cemento que enfila al sur y nos adentra en el monte. El camino, pronto de gravilla, nos lleva al regato La Calleja, donde nos encontraremos con un cruce, el primero de los muchos que vamos a encarar. Continuamos por la izquierda, con Lanzas Agudas a nuestros pies y vistas a los caseríos de El Bierre, por donde luego regresaremos.

La pista va ascendiendo suavemente hasta adentrarse en el hayedo cruzado por el arroyo Balgerri, que nace en los barrancos de los montes de Ordunte. El recorrido equivale a una completa lección de botánica: entre las hayas destacan, por su diferente follaje y distinta fecha de caída de las hoja, robles, alisos, fresnos, mostajos, tejos, acebos y serbales. La espesura sirve además de refugio a los milenarios tejos, con unas frutillas que aseguran son venenosas. Quizá sorprenda la escasa vida animal –visible– del bosque, a excepción de los pájaros y de alguna ardilla: haremos el camino en silencio, escuchando nuestros propios pasos y con la sensación de que pequeños ojos nos vigilan.

La pista, de tierra y embarrada a tramos, atraviesa varios arroyos. El más caudaloso es el Baulaya, que en épocas de lluvia puede resultar 'divertido' de cruzar. Al rato abandonamos la sombra y desembocamos en la ladera del monte El Bierre. Ha terminado el recorrido por el hayedo y ahora estamos en un paraje desprovisto de vegetación: algunos marchadores dan por terminada la excursión en este paraje y se vuelven sobre sus pasos, pero nosotros seguiremos adelante. Nos tienta la idea de encontrar caballos salvajes en el recorrido. Nos topamos con una barrera para ganado que cierra la ruta. También hay un sendero. Podemos optar por cualquiera de los dos, pues van a parar al mismo punto. Hay vistas excelentes sobre Peña Ranero, las moles de El Mazo y El Moro, los montes de Ordunte, el encinar de Sopeña en Armañón y la Virgen del Suceso, famosa por su romería.

Seguimos hasta un nuevo cruce, elegimos la vía de la izquierda y alcanzamos la carretera a Bernales, con bonitos caseríos de estilo carranzano alrededor de la iglesia de San Pantaleón. Cruzamos el barrio y vemos la indicación de Pando. Acercarse supone un kilómetro más de marcha por una pista en fuerte descenso, pero merece la pena por disfrutar de los bonitos caseríos con balconadas de madera y alguna solana, hornos de pan y una iglesia, la de San Juan Bautista. Es hora de volver a Bernales y Lanzas Agudas: para ello, caminamos por la carretera hasta tropezar, a la izquierda, con la pista de cemento que sube a El Bierre.

Con Lanzas Agudas a la vista, entre prados, bajamos por una pista que se bifurca y continuamos por la izquierda hasta el punto de partida. Tanto en Lanzas Agudas como en Pando y Bernales nos sorprenderá y quizá asustará la presencia vigilante de los perros villanos, raza de presa exclusiva del valle que se utilizaba para la captura de las vacas monchinas. Más allá de posibles sobresaltos, estos animales poco comunes pueden convertirse en un atractivo más del recorrido.