Los castillos del País Vasco: muros que guardan secretos

Hotel y restaurante. El castillo de Arteaga fue construido por orden de Isabel de Montijo./XABIER BATIZ
Hotel y restaurante. El castillo de Arteaga fue construido por orden de Isabel de Montijo. / XABIER BATIZ

Medievales, románticas, neoclásicas... los bastiones y palacios vascos relatan trazos de historia en lugares muy sugerentes

Elena Sierra
ELENA SIERRA

Por uno se paseaba Drácula, y en otro Barba Azul tenía una habitación en la que no se podía entrar. Algo menos de ficción tiene la Torre de Londres, aunque también su leyenda negra: fue prisión y cadalso, y hay quien dice que existen figuras misteriosas recorriendo las estancias, uuuuh. Castillos, muchos, por todo el mundo; las historias que los envuelven son de todo tipo. Si hubiera que apostar por un castillo encantado, en Bizkaia ese podría ser muy bien el de Muñatones, en Muskiz. ¿Que por qué? Porque el señor que lo hizo grande, Lope García de Salazar, era de armas tomar. Dicen que fue el banderizo más poderoso de su tiempo en Bizkaia, y en su figura se unen tanto la faceta de batallador terrible como la de amante de los libros, con una gran afición por la historia –se hizo traer escritos de todas partes–.

Su castillo, situado en Muskiz a la sombra de las torres de Petronor, es Conjunto Monumental por su valor histórico y los restos conservados. Se trata de la única torre de Bizkaia que merece la calificación de castillo y eso es debido a su sistema de murallas exteriores; y es curioso, porque el conjunto fue una muestra de amor, o como fuera que se llamara entonces al hecho de reconstruir y aumentar la casa-torre familiar original en honor de una esposa –en este caso, Juana de Butrón y Múgica, con lo cual el modelo a seguir fue el del castillo de Butrón–. El inicio de la construcción se remonta al siglo XIV, aunque el proceso fue largo y no se terminó hasta el siglo siguiente y hay que imaginárselo sobre el tablero de las guerras de bandos que eran el pan de cada día en aquellos tiempos.

El castillo se puede visitar los domingos de junio a septiembre, y existe una entrada conjunta con la cercana ferrería de El Pobal –cercana sobre ruedas, se entiende–, que data del siglo XVI y que fue construida por uno de sus nietos. Otra vía para acercarse a la vida de Lope García de Salazar es pasarse por la torre de Portugalete, parte de sus posesiones. Allí se dirigió huyendo del encierro ordenado por su propio hijo, cuando ya era un señor mayor y por las, digamos, distintas opiniones sobre quién debía ser el sucesor de la saga –y sobre quién era el dueño de algunas mujeres, que así era la cosa entonces–.

El castillo medieval Muñatones, la torre de Portilla y el castillo de Butrón.

Butrón y Arteaga

Como Lope estuvo casado con Juana, la de Butrón y Múgica, está de más escribir que hay que seguir esa pista: la del castillo de Butrón. El de Gatika –en la carretera que va de Mungia a Urduliz– es uno de esos edificios por los que generaciones de vascos han suspirado... Y pocas veces han podido entrar a recorrerlo, ya que permanece cerrado. Aun así es parada obligada de los recorridos por la zona, porque ya solo el bosquecillo en el que se encuentra, el río cercano, las rocas sobre las que se levantan esos muros que se mantienen pese a todo el tiempo trascurrido desde que pusieron su piedra primera, todo eso ya merece la pena.

Recorrer el perímetro permite descubrir ventanitas y rincones que bien podrían ser escenario de algún rodaje (de misterio, de guerras o de amores, o en recuerdo de la espada invencible que decían que poseía el señor de la casa, eso ya corre a cuenta del visitante). El de Butrón fue, en origen, casa-torre. Eso fue allá por el siglo XI. Tres más tarde, y debido a las luchas banderizas, se trasnformó en castillo con todas las letras. Y lo que se ve actualmente responde a la última reforma, la que en 1878 le dio toques románticos de palacete bávaro.

Sokoa y Vauban

Imaginarse a la guarnición metidita en el fuerte de Sokoa, en el País Vasco francés, da cierto escalofrío. No es que el lugar no sea bonito –lo es, y mucho–, pero este es un edificio levantado donde la tierra se acaba y el mar no deja de acosar a la piedra. Frío, humedad y sonidos extraños. El salitre devorándolo todo. Menos mal que ahora solo es un vestigio del pasado, que se remonta al siglo XVI. Fue entonces cuando se mandó construir, aunque no estaría listo hasta el siglo siguiente y después pasaría pro las manos de Vauban, el gran ingeniero militar francés. La visita a esta localidad invita a darse un paseo hasta Ciboure, donde nació el compositor Ravel (y se puede ver su casa natal) y llegar hasta San Juan de Luz.

Aunque para estética romántica... la del castillo de Arteaga, en Urdaibai. Su historia es larga y por momentos terrible, como manda la tradición. Construido en el siglo XIII como torre fortificada, Pedro de Castilla lo arrasó un par más tarde. Volvió a levantarse, pero los tiempos no fueron mucho mejores y por aquellas llanuras corrió la sangre y pasaron los huéspedes no deseados. Esa imagen de postal, blanco sobre verde, que ahora es ideal para hotel de cuatro estrellas y restaurante en el que muchas parejas vizcaínas celebran sus bodas, es el resultado de los trabajos encargados por Eugenia de Montijo en el siglo XIX. Las Juntas de Bizkaia le regalaron el castillo y ella hizo que arquitectos franceses lo pusieran al gusto de la época, con piedra caliza y mármol rosa de Ereño. Siempre puedes comer en su restaurante para conocer el extraordinario enclave.

Para volver a los orígenes de las fortalezas inexpugnables y sin concesiones a la estética, lo mejor es hacerse el listado de los enclaves alaveses en los que hubo, en su día, castillos. Según las crónicas árabes, hasta 23, de las que hoy son bien visibles las ruinas de Ocio y de Portilla (ambas en el municipio de Zambrana, el segundo aparece en el escudo del territorio) y las torres de Guevara y de Mendoza; esta fue en su día Museo de la Heráldica. Pero para museo, el de Varona, torre, muralla y palacio, con su foso y su barbacana, en Villanañe de Valdegobía. Además de ser un buen punto de partida para excursiones por un enclave natural precioso, el conjunto fortificado ha sido considerado siempre como el mejor de los que se conservan en Álava.

Una señora. La bien conservada torre de Varona.
Una señora. La bien conservada torre de Varona.

Una gran señora

Y frente a castillos abandonados o que deben reinventar su uso para seguir vivos, no siempre con suerte, este es casa familiar desde tiempos lejanos. Eso, que en otros países de Europa es muy habitual, es algo muy extraño entre nosotros. El mismo linaje se mueve entre sus muros desde el siglo VII, aunque la construcción actual data de la segunda mitad del XIV.

Otra curiosidad del castillo de Varona: debe su nombre a María Pérez, la señora que derrotó en duelo al rey de Aragón, Alfonso el Batallador, y cambió su apellido después de la gesta. Todo esto, y mucho más, se puede aprender durante la visita guiada (en esta época del año, sábados de 11.00 a 14.00 y de 16.00 a 19.00 horas; domingos y festivos solo por la mañana. (945353035).

Ya en Gipuzkoa, es visitable y vivible el castillo de Hondarribia, reconvertido en parador. Las vueltas que da la vida: ahora vende paz en uno de esos cascos históricos de cuento, pero desde aquel siglo X en que comenzaron las obras de construcción ha visto mucha guerra y mucha muerte. Fortificado en el XII, la estética actual corresponde al reinado de Carlos V. Muros gruesos, ventanitas pequeñas y, en su interior, todos los elementos que se quieran para ambientarse (arcos, forjas y artesonados, armaduras, lanzas y cañones).

Recomendaciones

En Muskiz, tiene fama la sidrería que está en el edificio del viejo batzoki, en el centro del pueblo, cerquita de la Iglesia de San Juan Bautista. El menú tradicional –chorizo, morcilla con pimientos asados, tortilla de bacalao, chuleta y queso con membrillo, pan y bebida– sale por 30 euros en Donibaneko Batzoki Sagardotegia (946466997). Por la zona del castillo de Arteaga y ligado además a su restaurante, el de más renombre y muy coqueto es Baserri Maitea (en Forua, 946253408). El Txako (945351063), en Espejo, utilizan productos locales como la sal de las cercanas salinas de Añana y la alubia pinta alavesa, y ni falta hace decir que la patata, para preparar esos platos tradicionales de los que presumen desde hace más de cuatro décadas. Menestra de verduras y chuleta son dos de sus especialidades. Y en Hondarribia, la calle San Pedro es la arteria central del pintxo –aunque también se puede uno sentar a comer a la mesa–. El Gran Sol (943647075) tiene la tosta de bacalao ahumado con pimiento del piquillo, foie y dulce de melocotón como estrella de la creación propia, a la que llaman Hondarribia; y el Jaizkibel es un champiñón relleno de mousse de queso con jamón ibérico y alioli.

 

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