La zona cero de la crisis mundial

Tras la mayor crisis de nuestra historia reciente, con la quiebra de Lehman Brothers, afrontamos un nuevo escenario con las empresas vascas más internacionales y competitivas

La zona cero de la crisis mundial
EC
EDUARDO ARETXAGADirector general de Confebask

El 15 de septiembre de 2008, el mundo asistió atónito al anuncio de la quiebra de Lehman Brothers, uno de los mayores bancos de inversión del planeta, desencadenando el colapso del sistema financiero mundial y más tarde también del económico. Entre mis recuerdos personales de una crisis que, sin duda, pasará a los libros de historia, destacaría, en primer término, la rápida respuesta del Gobierno norteamericano: el famoso Plan Paulson que puso en marcha el entonces secretario del Tesoro por importe de 700.000 millones de dólares. Lo recuerdo porque se aplicó en pleno proceso preelectoral, fruto de un acuerdo de urgencia entre demócratas y republicanos, una vez agotado el mandato de George Bush. Me pareció todo un ejemplo de responsabilidad política más allá de las diferencias partidistas.

En un plano más local, el primer recuerdo que tengo de la crisis fue la alarma financiera en la que se sumieron miles de empresas vascas. En Confebask constituimos rápidamente un grupo de crisis para analizar la situación y definir posibles medidas. La conclusión fue clara: o se ponían encima de la mesa al menos 500 millones de euros o el tejido empresarial vasco de forma mayoritaria podría entrar en suspensión de pagos. Transmitimos al entonces lehendakari Juan José Ibarretxe que si el Gobierno vasco no ponía dinero nuevo en el sistema, dinero «fresco» decíamos entonces, el colapso financiero estaba asegurado, ya que la financiación bancaria a las empresas en general y las pymes en particular se había congelado.

Afortunadamente el Ejecutivo vasco disponía de 1.000 millones de euros en remanentes financieros acumulados gracias a la política presupuestaria prudente aplicada en los años de bonanza económica y atendió nuestra propuesta. Miles de empresas vascas se beneficiaron de esa medida y con ello evitaron una previsible suspensión de pagos, así como la pérdida de miles de puestos de trabajo. Hoy en día y con esta perspectiva histórica, me parece justo reconocer que la Administración vasca, al igual que la norteamericana, supo abordar el estallido de la crisis con prontitud, acierto y responsabilidad.

A partir de ahí, no puedo olvidar el enorme coste que, tanto en términos económicos, como empresariales y sociales hemos tenido que asumir. La economía vasca se contrajo casi un 7%, muy por encima de lo vivido en las crisis de los 80 y los 90. El número de empresas inscritas en la Seguridad Social se redujo en 7.963, lo que supuso perder el 12,3% del tejido productivo. Miles de empresarios y empresarias no solo vieron perder su empresa, su empleo, sino también en muchos casos todo su patrimonio, toda su vida.

Tampoco puedo olvidar a las 115.000 personas que perdieron su puesto de trabajo y tuvieron que transitar durante años por el desempleo, y cómo muchas de los que lo mantuvieron debieron adecuar sus condiciones salariales para ajustarlas a las drásticas caídas de las ventas y las correspondientes pérdidas en las que entraron sus empresas.

El coste generacional fue muy alto. Fueron muchos años en los que no había trabajo que ofrecer a nuestra juventud porque literalmente no había trabajo. Afortunadamente, la situación ha cambiado y muchos de ellos, especialmente los más cualificados, ya se han podido incorporar al mundo laboral ahora que la economía ha empezado a crecer.

Ahora, diez años después, emerge una nueva realidad con múltiples rasgos, pero que yo desde una perspectiva empresarial, resumiría en tres. Tres rasgos, tres 'rosas' que este nuevo panorama nos ofrece y que deberíamos entre todos 'cuidar y abonar'.

Primero, nuestra competitividad. La economía y las empresas vascas supervivientes están saliendo de la crisis con mayor fortaleza y competitividad. Hoy en día, con un 8% menos de compañías, se producen bienes y servicios por un valor de un 7% adicional al alcanzado en 2008. Es decir, no sólo han recuperado producción perdida, sino que lo hacen a precios superiores consecuencia de un mayor valor añadido. Además, el número de empresas vascas que exporta regularmente es el doble de las que lo hacían antes de la crisis: en torno a 5.000.

Segundo rasgo a preservar tras la crisis, el valor del compromiso. Se ha instalado una nueva cultura en nuestras empresas, la del compromiso mutuo: de la empresa con el trabajador y del trabajador con la empresa. A diferencia de las crisis de los 90, en la actual los ajustes en las empresas se han hecho muy mayoritariamente mediante EREs de suspensión pactados, no de extinción unilateral. La cultura del pacto y el compromiso mutuo ha venido para quedarse.

Y por último, y no menos importante, el 'talento'. Las empresas vascas se enfrentan al reto de poder contar con las personas suficientes y con la formación requerida para dar respuesta a sus necesidades de empleo. Sin duda, una adecuada política demográfica y de cualificación se hacen imprescindibles para dar respuesta a este desafío.

En definitiva, tras la mayor crisis de nuestra historia reciente, afrontamos un nuevo escenario con empresas más internacionales y competitivas, que apuestan por el compromiso recíproco dentro de la empresa y que van a necesitar contar con personas suficientes y con las cualificaciones requeridas para poder sostener el progreso económico y social de Euskadi durante los próximos años. De cómo sepamos preservar todo esto depende nuestro éxito.

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