La virtud del cambio

Arata Isozaki./EFE
Arata Isozaki. / EFE
Enrique Portocarrero
ENRIQUE PORTOCARRERO

Tal vez sea la permanente voluntad de Arata Isozaki por desafiar la inclusión de su trabajo en cualquier categoría lo que explica la virtud de sus cambios estilísticos, sus variadas y a veces antitéticas preferencias artísticas, su visión interdisciplinar y, muy especialmente, su arquitectura ciertamente personal y su variadísima carrera entre los grandes arquitectos de su tiempo. Aunque es evidente su condición de catalizador de la vanguardia arquitectónica japonesa o su vinculación temporal con el movimiento metabolista del espacio y la funcionalidad o de las megaestructuras flexibles con crecimiento similar al orgánico, ni su dinamismo creativo permite una clasificación conceptual permanente, ni tampoco sus principios estéticos y espaciales sugieren de forma continua una relación con las inspiraciones tradicionales de la arquitectura japonesa. Piénsese que si de un lado Isozaki abrazó durante una época el historicismo y los detalles de arquitectos renacentistas, neoclásicos y barrocos como Palladio y Borromini, también sus influencias artísticas se relacionan después con el movimiento dadá, con la columna infinita de Brancusi o incluso con la forma escultórica abstracta de Anish Kapoor. No extrañan, pues, los múltiples saltos en su trayectoria creativa, rompiendo primero con el modernismo, reemplazándolo después con una estética neomanierista y volviendo más tarde a una forma neoclásica más austera. Toda una formidable trayectoria en ningún caso errática, puesto que en su extensa carrera acumula un extraordinario bagaje cultural y una notable experiencia, todo lo cual le ha permitido sintetizar, actualizar y vincular la arquitectura japonesa con las formas, las corrientes, los materiales y la tecnología de Occidente. Un merecidísimo premio Pritzker, en definitiva, en cuya nómina ya tenía que haber figurado hace mucho tiempo.