Fin a la violencia secreta

La cumbre del Vaticano contra los abusos debe concluir con medidas concretas para combatir la pederastia y acabar con la sensación de impunidad

Fin a la violencia secreta
Jose Ibarrola
Pedro Ontoso
PEDRO ONTOSO

El 24 de abril de 2005 Benedicto XVI comenzó su pontificado con una frase que luego se convertiría en profética. Tras recibir el palio de lana pura, uno de los signos que evidenciaban el inicio de su ministerio petrino como gran pastor de la Iglesia universal, el Papa pidió a los fieles en su homilía que rezaran por él: «Rogad por mí para que no huya, por miedo, ante los lobos», solicitó en la Plaza de San Pedro. Ratzinger, que había sido prefecto (ministro) de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, encargada de los asuntos de los abusos del clero, ya intuía lo que se le venía encima. Y ya tenía bastante con los casos de corrupción en la Curia romana. La lucha por el poder fue descarnada. Pese a su sello de intelectual se dispuso a limpiar la Iglesia de corruptos y pederastas. Aguantó ocho años el acecho.

Antes, en diciembre de 2010, el pontífice alemán volvió a enviar otro mensaje. Con ocasión del discurso navideño ante la Curia, Benedicto XVI invocó varias veces la frase 'Excita, Domine, potentiam tuam, et venit!', que la liturgia católica reserva para los días de Adviento para que Dios proteja a los hombres de todas las amenazas. Su origen se remonta al declive del imperio Romano cuando, como el propio Papa observa, «un mundo estaba llegando a su ocaso», y se encuentra angustiado por la impresión de que «el consenso moral se está disolviendo». Benedicto XVI recurre, además, a la figura de santa Hildegarda de Bingen, considerada una visionaria, una profetisa con capacidad para anticipar el futuro. «En la visión de santa Hildegarda, el rostro de la Iglesia está cubierto de polvo y así es como lo hemos visto. Su vestido está rasgado por culpa de los sacerdotes», predicó el pontífice bávaro, que citaba incluso al Apocalipsis.

El tsumani de la pederastia alcanzaba ya el Vaticano y sus efectos desbordaban la Plaza de San Pedro. El 11 de febrero de 2013 Benedicto XVI ya no pudo contener el empuje de los lobos y renunció al papado en una decisión sin precedentes. Fue su sucesor, Francisco, quien encaró el dolorosísimo problema, que ha sumido a la iglesia en una grave crisis de credibilidad. «Es el desafío urgente de nuestro tiempo», señaló el pontífice argentino en el último ángelus. Es cierto que algunas cosas han cambiado. La destitución del poderoso cardenal Theodore McCarrick ha sido una decisión histórica, necesaria para castigar una vida tan depravada y con tamaño abuso de poder. Sobre todo, cuando había sido utilizada por los enemigos de Francisco para desgastar su pontificado.

Otra iniciativa sin precedentes es la cumbre que se celebra estos días en Roma, con tres vectores principales: la responsabilidad, la rendición de cuentas y las trasparencia. Más que la elaboración de un documento final (el auténtico documento será el discurso del Papa), la reunión tendría que servir para entrar en el fondo del asunto y elaborar medidas concretas, que sean creíbles y ayuden a disipar cualquier sensación de impunidad. Y con la creación de comisiones independientes. Ya no basta con pedir perdón. Ya no cabe una reacción defensiva. La institución no puede ya refugiarse en excusas. Hace falta una purificación y conseguir un funcionamiento más trasparente.

La Iglesia sólo reacciona con cambios profundos cuando las críticas llegan desde fuera, extramuros, utilizando su propio lenguaje. Ahora la presión es enorme, pero es que está en juego su futuro. La interminable y generosa labor de la Iglesia y sus instituciones en favor de los más pobres y desfavorecidos, en la defensa de los derechos humanos y en el ámbito educativo y cultural, queda tapada y oscurecida por la irresponsabilidad de unos líderes que han protegido a los abusadores y han encubierto estos crímenes contra la dignidad humana. No han sabido proteger a los menores. Insisto en la purificación. ¿Hay que volver al cristianismo de los orígenes? Entonces, una de las responsabilidades más importantes de la comunidad era proteger a los más pequeños de los depredadores sexuales, indefensos en una cultura que lo favorecía. Si un miembro sufre, todos sufren con él, recuerda Francisco en su cercanía con las víctimas.

La cumbre es un paso de un camino muy largo, que no evitará otro debate de fondo que late en esta espinosa cuestión. El celibato, que muchos expertos asocian a las desviaciones sexuales en el seno de la Iglesia, sin olvidar la herencia de aquella moral sexual obsesiva. Y la otra bomba de relojería que está a punto de estallar: el 'metoo' de las monjas acosadas y violadas por miembros del clero, algunos de alto rango, sobre todo en el continente africano. La prestigiosa publicación francesa 'La Croix' viene informando de esta asunto, haciéndose eco de informes que ya alertaron al Vaticano hace veinte años, sin que se tomara cartas en el asunto. Ha sido una violencia secreta que no se ha querido reconocer. La impunidad era ley general en una Iglesia que actuaba como una secta gremialista. De aquellos barros, estos lodos.