La violencia como proceso

La victoria de la causa sagrada de Cataluña exige la aplicación permanente de un discurso maniqueo no sobre argumentos, sino sobre símbolos. Hoy el amarillo, el color de los mártires

La violencia como proceso
Jose Ibarrola
Antonio Elorza
ANTONIO ELORZA

En los años de plomo dominados por el terror de ETA no faltaron espejismos tales como el de la equidistancia, que con el diálogo creía resolverlo todo. Otro fue confiar en que el rechazo mayoritario a la violencia, según las encuestas, tendría su correspondencia en los comportamientos sociales. El exceso de optimismo alcanzó a aquellos momentos en que la calle fue ocupada por movilizaciones democráticas contra los secuestros, a pesar del coro etarra que gritaba «¡ETA mátalos!» o «¡vosotros, fascistas, sois los terroristas!». Hubo gente que plantó cara pacíficamente contraviniendo las excomuniones lanzadas -por ejemplo, contra Basta Ya- por tipos encumbrados en el poder que, además, presumían de amantes de su patria. No cabe olvidar el papel del desaparecido líder del PNV Xabier Arzalluz en la creación y el mantenimiento de ese clima. Ni el de la Iglesia.

El miedo se encontraba muy extendido. Un miedo que podía degenerar en asentimiento y aun en respaldo público al terror. Sobran ejemplos. A veces ni siquiera era fácil dar con quienes estuviesen dispuestos a ponerse detrás de la mesa que convocaba la manifestación. Pudo ser necesario desplazarse a Donostia deprisa y corriendo para cubrir huecos en la rueda de prensa para una convocatoria. Bien se ocupaba entonces el enviado de 'Egin' de pedir los nombres de quienes desafiaban a la cólera del «pueblo». Las ventanas cerradas a la siciliana en los pueblos vizcaínos o guipuzcoanos cuando tenía lugar un acto de solidaridad con las víctimas y contra ETA eran el síntoma inequívoco de su hegemonía. En la génesis de esta situación se conjugaban la coacción derivada del terror, de acuerdo con los mecanismos descritos por Goldhagen en Verdugos voluntarios, y una mentalidad cómplice de supuestos demócratas, quienes suscribían una ideología del odio, la sabiniana, aun no extinguida.

Gracias a la derrota de ETA, acabó el largo asedio a los no nacionalistas y adversarios del terror, si bien los rescoldos del incendio siguen ahí. Solo que unos bajan y otros suben. Es así como, sin terror, Cataluña ha registrado desde los años 90 un incremento exponencial de la presión sectaria «sobre el otro» hasta culminar en una atmósfera social de violencia. Lo ilustran los episodios de linchamiento desde la red, tertulias y periódicos, o mediante acciones puntuales agresivas contra todos aquellos que de un modo u otro se enfrentan en el proceso judicial en curso a los responsables de la declaración de independencia. Desde los jueces Lamela y Llarena hasta testigos como la secretaria judicial Del Toro o el comisario Castellví. Contra «la verdad saliendo del pozo», de la que habló Màrius Cárol.

El simple hecho de declarar sobre el 20-S una verdad que estuvo a la vista de todos, o de informar según su deber, suscita un clamor de insultos («¡a por ella!», « traidor », etc.). Anuncio de una persecución de jauría entre la indiferencia equidistante. Algo que en menor medida sufre quien se oponga en público al independentismo. Es el soporte social de los CDR, la borroka catalana.

El círculo de legitimación de la violencia se cierra con el discurso oficial de sus políticos, vociferante en Quim Torra, de descalificación permanente de España y su Gobierno en los demás. En Euskadi, solo el discurso de Batasuna alcanzó esa virulencia; la línea Arzalluz-Ibarretxe optó por la vía indirecta, con la política española como enemigo principal.

Los orígenes fueron también distintos: el franquismo revivió y sirvió de coartada para el odio antiespañol, de raíz sabiniana, en ETA; el paso del catalanismo democrático al independentismo antiespañol tuvo lugar promovido por minorías políticas y sectores intelectuales, al calor de un conflicto que empezó en el idioma, siguió con el Estatut y, ya en un marco de crisis, desembocó en el 'procés'.

El resultado, tanto en Cataluña 2017 como en Euskadi 1990, ha consistido en el imperio de un totalitarismo horizontal, donde, aun sin ser mayoritario, el sector independentista impone a todos su imaginario. De un lado, el campo de la pureza nacional, esa Cataluña cargada de dones desde el fondo de su milenario pasado ; de otro, la España de siempre, centralista y opresora. En este universo mágico, los impuros se oponen en nombre de España a la independencia de Cataluña por encima del tiempo: son los botiflers de Felipe V y los neofranquistas del sexto. La victoria de la pureza, de la causa sagrada de Cataluña, provista ya de mártires en los políticos presos del 27-0, exige la aplicación permanente de un discurso maniqueo no sobre argumentos, sino sobre símbolos. Hoy el amarillo, el color de los mártires, desempeña en el independentismo catalán el mismo papel que el negro, el azul o el pardo en otros movimientos totalistas.

Sus portadores son la auténtica Cataluña, la de Artur Mas o Puigdemont, frente a los traidores que lo rechazan, pagando con el boicot a su comercio o el aislamiento social. Una vez ejecutado el castigo ejemplar, el consenso forzoso adquiere un aspecto de naturalidad. Entre la maceración de conciencias impuesta por el PNV y la voluntad de desterrar el fantasma de ETA, esgrimido aun por Bildu, la sociedad vasca aceptó el olvido y la hegemonía nacionalista, al calor de las ventajas de Concierto y Cupo. En Cataluña, a pesar del coste económico de la intransigencia 'made in Puigdemont' y del caos interno del independentismo, sigue en pie la clave de su supervivencia, la comunión de sus corrientes sobre la existencia de un «pueblo catalán» homogéneo en su soberanismo. Deben por eso mantener la presión sobre los disidentes, silenciarles y descalificarles. En una palabra, estrechar el cerco mediante el cual sentirán su impotencia aceptando la condición de súbditos, no de ciudadanos. Si no lo soportan, recuerden a Arzalluz: pueden irse, «ancha es Castilla». O Aragón en este caso.