La verdad, prohibida en elecciones

A Octavio Granado le ha caído un rapapolvo público de la ministra por atreverse a sugerir cambios en las pensiones de viudedad

La verdad, prohibida en elecciones
efe
Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

El realismo es un arte muy poco apreciado por nuestros políticos. En todo caso, prefieren el realismo mágico al estilo de García Márquez. Así pueden describir el mundo no como es, sino como quieren que sea. Esta semana hemos tenido un buen ejemplo de ello. Al secretario de Estado de la Seguridad Social, Octavio Granado, se le ocurrió la arriesgada idea de retratar la situación financiera del sistema y decir que el déficit correspondiente al año pasado se situará cerca de los 32.000 millones de euros, empujando a la deuda acumulada hasta los 100.000 millones. No contento con ello se atrevió -el muy osado-, a plantear una medida meramente paliativa referida a las pensiones de viudedad, consistente en relacionar la pensión percibida con los ingresos del perceptor y no con los derechos acumulados por el fallecido.

Luego ya, en plan 'kamikaze', se atrevió a criticar el sistema de concesión de las bajas temporales y el consiguiente aumento del absentismo laboral, que le cuesta al sistema más de 6.000 millones de euros y a la economía española una cifra desconocida pero que será muchísimo mayor. ¡Qué osadía! ¡qué descuidado atrevimiento! Menos mal que la ministra Valerio puso inmediatamente las cosas en su sitio, le echó a su subordinado un rapapolvo público y aseguró que de eso nada, que las pensiones de viudedad no se tocan.

Octavio Granado tiene toda la razón en lo que dice. Las pensiones de viudedad se concibieron en un momento en el que la mayoría de las mujeres no trabajaban y por tanto carecían de derecho a una pensión, y cuya situación personal entraba en dificultades si moría su marido y dejaban de percibir su pensión. Desde entonces las cosas han cambiado y hoy hay muchísimas mujeres trabajando -y va a haber muchas más y en mejores puestos en el futuro-, con lo que esa ayuda ha perdido gran parte de su justificación original. Además de que él no pretende eliminar estas pensiones, sino ligarlas a la situación real de los ingresos del perceptor. Una medida que podríamos calificarla de progresividad fiscal en los gastos, en lugar de la habitual que se aplica sobre los ingresos.

Pero el señor Granado cometió el imperdonable error de plantear su idea en periodo preelectoral. Un periodo, demasiado largo, en el que queda terminante prohibido trasladar malas noticas a los ciudadanos. En él todo tienen que ser mimos y carantoñas, anuncios de más derechos y de mayores gastos, no vaya a ser que el votante se encorajine y caiga en la funesta tentación de votar a otros. Hasta ahí podíamos llegar... ¿Consecuencia? Pues que como no hacemos un diagnóstico preciso y nos resistimos a seguir la terapia adecuada, nuestras enfermedades no sanan. Y no sanarán mientras que el horizonte temporal de los políticos tan sólo alcance a la próxima fecha de elecciones.

Perdone la disgresión, pero ya que hablamos de pensiones podríamos dedicar unas líneas a una información elaborada por el diario 'ABC', que ha calculado en 400 millones la cifra de pensiones acumulada por algunos, no todos, de los grandes ejecutivos del Ibex-35. Una cantidad que se suma a los sueldos, a los bonus y a los llamados 'fringe beneficits' (coches, seguridad, viajes...). La cifra es innecesariamente elevada y provoca escándalo cuando la comparamos con la del común de los mortales.

Máxime cuando las reciben algunas personas que no se lo han merecido al no haber añadido valor para los accionistas de sus empresas. Un ejemplo. El primer puesto del ránking lo ocupa el expresidente del BBVA Francisco González, con casi 80 millones. ¿De dónde sale tal premio? ¿qué méritos ha acumulado cuando el valor de la acción se ha precipitado y el dividendo se ha reducido?. Sus valedores recuerdan que todo el sector financiero ha estado sumido en una fuerte crisis. Cierto. Pero si lo es que el sector ha padecido también lo es que él ha sorteado con enorme habilidad los sufrimientos. Y ya, cuando nos enteramos que esa montaña de dinero ha salido del banco para ser gestionada en otro de la competencia, el estupor se difumina entre el agravio.