Entre 1992 y 1996 los habitantes de Sarajevo se transformaron en dianas para los francotiradores serbobosnios. Si la suerte de quienes fueron allí fríamente asesinados ... parecía imposible de empeorar, una investigación de la Fiscalía de Milán nos enfrenta a la posibilidad de que sí, de que en Sarajevo todo pudiese ser peor. Porque es peor que quien te pone en su punto de mira no sea un enemigo, lo que con frecuencia significa que es alguien al que como tú arrastra la corriente ponzoñosa de la historia. Es mucho peor que quien selecciona tu cabeza como blanco sea un extranjero rico que busca emociones fuertes y exclusivas viajando a una zona de guerra para que le permitan, previo pago, abatir seres humanos indefensos con armamento de precisión.
Que las milicias serbobosnias fueron favorables a las visitas lo sabemos por las imágenes de Radovan Karadzic en la colina de Pale haciéndole al escritor ruso Eduard Limonov el 'free tour' del asedio a Sarajevo. Un documento estremecedor. En un ambiente que mezcla la camaradería, la sordidez y el fanatismo, mientras Karadzic juega con un cachorrito y expone teorías ultranacionalistas, un miliciano le explica a Limonov cómo disparar sobre la ciudad con una ametralladora de posición. Slavenka Drakulic, autora del imprescindible 'No matarían ni una mosca' sobre los juicios en La Haya contra los criminales de guerra en Yugoslavia, describió el ofrecimiento de Karadzic de un modo que resuena ahora especialmente revelador: «Como cuando un rey ofrece su arma a su invitado para que dispare contra animales salvajes». De modo que sabíamos que abrir fuego contra la población civil en Sarajevo pudo ser un privilegio.
Ahora, tras una denuncia del periodista Ezio Gavazzeni, la justicia italiana debe averiguar si el privilegio fue comercializado y atrajo a gente rica que comenzaba en Trieste unos fines de semana dedicados a la caza del hombre. Se dice que la existencia de estos siniestros safaris era conocida, pero sorprende que semejante cima de la maldad humana -una cima de perfección incluso demasiado cinematográfica- haya tardado treinta años en llegar a un tribunal. Juega a favor de la verdad y de la justicia que en Italia no prescriban los delitos que implican una brutalidad extrema.
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Se buscan enchufes
La patronal de fabricantes de coches eléctricos ha evaluado las infraestructuras públicas de recarga en España y el País Vasco queda por debajo de la media nacional. Eso significa que el conductor vasco que apuesta ejemplarmente por el coche eléctrico tiene más problemas para dar con uno de esos lugares de nombre inmejorable: electrolineras. La situación traslada al mundo de la movilidad urbana e interurbana el drama conocido de no tener un enchufe a mano.
Con la salvedad de que, para cargar el móvil, a veces basta con afrontar el desafío, exigente pero asequible para los temperamentos firmes, de levantarse del sofá. La autonomía de los coches eléctricos sobrepasa en cambio lo anecdótico y es una de las claves de eso que se ha dado en llamar, con nombre mejorable, electrificación. Si el ideal es poder cargar el coche por completo en menos de media hora, la red de electrolineras se está quedando muy por detrás de unos coches que no dejan de mejorar sus capacidades.
Las compañías eléctricas denuncian que los excesivos permisos y papeleos retrasan enormemente la instalación de nuevos puntos de recarga, como queriendo recordar el viejo axioma: la burocracia es el arte de volver imposible lo posible.
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