El túnel de los magnates
Unir Rusia y EE UU por el estrecho de Bering como compadreo de una tiranía y una democracia menguante es un riesgo para el mundo
Después de la alfombra roja que Trump ordenó colocar para recibir a Putin en Alaska, nada quizá más sintomático de cuanto está sucediendo en el ... mundo que el renovado proyecto de construir un túnel en el estrecho de Bering para unir Rusia y EE UU. Aunque si hay que deslizarse por el terreno de lo simbólico, es aún más sugerente la idea de bautizar el túnel con el nombre de los respectivos presidentes que promoverían la obra. Ya puestos, podrían llamarlo no con los apellidos sino directamente con los nombres de pila, para abundar así en la evidencia de su singular camaradería y celebrar, de paso, los frutos desenfrenados de sus festines.
No era ningún secreto que la llegada al poder de Trump iba a ser un bálsamo al menos temporal para el autócrata ruso, que después de febrero de 2022 solo había podido escapar por el este al aislamiento internacional y las sanciones. La conexión con el mandatario norteamericano, basada en intereses y transacciones económicas previas que pueden rozar lo inconfesable (según reveló Timothy Snyder en 'El camino a la no libertad'), hacían pensar en Trump como una marioneta potencial de Putin en el tablero geopolítico.
La sospecha ha sido, y es, que algo crucial debe de saber el ruso para aplacar y neutralizar con tanta desenvoltura al estadounidense cada vez que este, en momentos de flaqueza, se descuelga con algún improperio (debidamente mitigado al instante) o con recetas precipitadas (como el envío a Ucrania de algún Tomahawk) que incomodan al Kremlin. Es coger el teléfono rojo, o del color que sea, y recuperar 'ipso facto' el control sobre los acontecimientos.
Por más que la posición oficial de los últimos meses haya ido virando en Washington hacia un entendimiento mayor -no sé si mejor- con Zelenski, algo que podía derivar en un incremento de la presión sobre Rusia para detener la guerra (y más después del alto el fuego en Gaza), las aguas han vuelto al cauce establecido por Rusia en su empeño de apoderarse por la fuerza de casi un quinto del territorio del país vecino. En realidad, la presión se ha acrecentado, pero no para Moscú, sino para el líder estadounidense por el papel de pacificador universal que él mismo se ha arrogado en lo que va de año y debido también al recuerdo de ciertas declaraciones (las 24 horas que tardaría en lograr la paz), de las que seguirá siendo rehén. De ahí que entre atender las razones del agredido o las del agresor, Trump vea mucho más expeditivo alinearse con las aspiraciones del segundo, casualmente el que dispone de mayor arsenal y más infantería. Aquí paz y después gloria para su agenda de solucionador de conflictos. La alternativa, según le dijo a Zelenski en la última reunión, es la destrucción total de Ucrania. Usted verá.
Mientras tanto, el presidente ucraniano ha hecho todos los equilibrios diplomáticos a su alcance -hasta el punto de llevar al límite las costuras de su dignidad- para no perder por completo el apoyo de EE UU en materia estratégica y militar, en lo que le va, literalmente, la vida. Pero los resultados de toda esa habilidad negociadora se ven otra vez amenazados por los vaivenes esquizoides de Trump, que lo mismo te promete misiles de largo alcance que te culpa de todos los males de este mundo o te humilla públicamente en el Despacho Oval. En uno de los rostros de ese Jano bifronte es imposible no advertir los hilos móviles de Moscú, que aprovecha los viajes de Zelenski para dejar atado el marco que más le conviene en cualquier mesa de negociación.
En la última reunión hasta la fecha entre Trump y el dirigente ucraniano, al primero le faltó tiempo para sacar a colación el asunto del túnel y además preguntarle a Zelenski su opinión, pese a que la respuesta no era difícil de imaginar. Ese don para afrentar no se le puede negar a Trump. Cuando en teoría el encuentro debía servir para avanzar en las opciones de paz para Ucrania, el americano suelta lo de Bering, no inocentemente. Ese túnel no solo enlazaría dos imperios que buscan seguir ejerciendo su dominio global, repartiéndose áreas de influencia. Más que eso, sería el signo inequívoco de la rehabilitación de Rusia como agente político y económico en las relaciones con Occidente (un Occidente de momento sin Europa).
Plantearse ese escenario siquiera como posibilidad remota cuando Moscú no manifiesta intención alguna de frenar su ocupación ilegal de Ucrania es algo que solo cabe en la mente de un inconsciente, de un insensato, o bien de alguien que es cautivo, por sus muchos pecados, de intereses ajenos. El compadreo entre una tiranía y una democracia menguante comporta riesgos colosales para el conjunto del planeta, pero eso poco les importa a los magnates que tienden entre sí puentes -o túneles- para exclusivo beneficio propio.
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