En tránsito

La fortaleza del autogobierno vasco también se mide por su capacidad para afrontar retos sobrevenidos como la actual crisis migratoria

En tránsito
Luis Calabor
ELCORREO

La piel social de Euskadi ha cambiado en los últimos años por la paulatina llegada y arraigo entre nosotros de personas inmigrantes. Este factor ha aportado la mano de obra necesaria en diversos sectores, ha impedido un desplome aún más agudo del que ya sufre la natalidad y ha contribuido tanto a la prosperidad del País Vasco como a la convivencia entre culturas. Se trata, por tanto, de un fenómeno positivo a la vez que inevitable en un mundo globalizado. Cabe congratularse de que la xenofobia no se haya hecho patente de manera explícita y grave. Pero ello no impide que hayan ido aflorando prejuicios y recelos que, como tales, han de ser desmontados no solo por el discurso institucional, sino en la convivencia cotidiana entre la ciudadanía. Las cambiantes características que van adquiriendo los desplazamientos internacionales de seres humanos, dramáticos en el caso de los refugiados y de quienes se juegan la vida en odiseas en aguas del Mediterráneo, han forzado al límite las costuras de la capacidad de respuesta de los poderes públicos vascos.

Sobre todo, en lo que se refiere a la red de acogida más urgente e inmediata, que se ha visto desbordada con la entrada de grupos migrantes en tránsito desde el sur hacia otros puntos de Europa. La entrada en apenas tres semanas de alrededor de 650 subsaharianos en tránsito, llegados en autobuses a las capitales vascas, ha puesto de manifiesto el déficit de los recursos existentes en Euskadi para responder a una situación nueva, que ha obligado a improvisar la apertura de dos albergues en Bilbao y a evaluar medidas similares en San Sebastián y Vitoria. También ha revelado una palpable descoordinación entre las instituciones y las ONG que trabajan en primera línea en este ámbito. Los ámbitos de intervención de unos y otras han de ser complementarios y eficaces, nunca fuente de desajustes contraproducentes. Resulta patente la necesidad de arbitrar medidas de asistencia capaces de reaccionar ante un desafío migratorio que va variando sus expresiones. Entre otras cosas, porque quien se arriesga tanto buscando una vida mejor se adapta a las dificultades que tiene ante sí o las confronta sin aguardar a que las instituciones modulen sus instrumentos de acogimiento y atención. La fortaleza de nuestro autogobierno también se mide por la capacidad de anticipar y hacer frente a retos sobrevenidos y cambiantes en una Europa que carece de una voz única sobre la crisis migratoria y en medio de un mundo global.

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