Tiempo de decidir

El caso de una mujer vasca con alzhéimer reabre el debate sobre la eutanasia

El alcalde Mikel Torres, a la izquierda, junto al esposo de Maribel Tellaetxe, Txema Lorente, y su hijo David, en el centro./Fernando Gómez
El alcalde Mikel Torres, a la izquierda, junto al esposo de Maribel Tellaetxe, Txema Lorente, y su hijo David, en el centro. / Fernando Gómez
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Max Frisch dio un discurso a unos jóvenes médicos que se licenciaban en la Universidad de Zúrich y les habló de la eutanasia, preguntándoles qué harían si un paciente en una situación irreversible les pidiese ayuda para morir. El escritor quería hacerles ver la pertinencia de la solicitud: «Tenemos derecho a decidir sobre nuestra muerte siempre que se pueda responder de ello ante nuestro prójimo, y por eso tenemos derecho a pedir ayuda para morir».

Aquel discurso causó cierta polémica y la prensa en España lo reprodujo bajo el epígrafe 'Un tema de nuestro tiempo'. Sucedió en 1984. Treinta y cinco años después, la eutanasia sigue siendo un tema de nuestro tiempo. En realidad, lo es de cualquiera: Montaigne recuerda que Plinio ya indicaba cuáles eran las enfermedades que daban a quien las padece «derecho a matarse». El problema quizá está en que entre nosotros el tema nunca termina de abordarse con rectitud, sino de un modo oscilante, sometido a un sinfín de idas y venidas. Parecía que eso iba a cambiar con las encuestas señalando que el 84% de los españoles son partidarios de la despenalización de la eutanasia y una ley tramitándose en el Congreso. Pero tampoco. Por eso la historia de Maribel Tellaetxe llega como un recordatorio apremiante. Esta vecina de Portugalete padece alzhéimer desde hace diecisiete años y en su día le pidió a su familia que le «dejasen marchar» cuando ya no los reconociera. Ese día ha llegado y el marido y los hijos de Maribel Tellaetxe van a llevar al Congreso miles de firmas pidiendo el impulso definitivo de la ley de eutanasia.

La causa de esta familia es la de muchos enfermos, pero también la de un país que debería ser capaz de regular un asunto decisivo, algo que sí está presente en la vida de la gente. El modo en que como sociedad podemos llegar a priorizar asuntos francamente secundarios se entiende a veces de golpe junto a la cama de un enfermo. La inercia de nuestro debate público hace pensar en algún modelo de funcionamiento inverosímil: por ejemplo, una familia que emplease todo su tiempo y su energía en discutir una y otra vez sobre heráldica, ufología y batallas medievales en lugar de organizar la intendencia doméstica, preocuparse de la formación de los niños o decidir si ha llegado o no la hora de irse de un lugar.