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El tiempo

Nuestra civilización, sin embargo, desprecia un poco el pasado y prefiere el futuro

El tiempo
Maria Maizkurrena
MARIA MAIZKURRENA

El tiempo no ha sido nunca la misma cosa a lo largo del tiempo. Ha sido un templo y una fábrica, ha sido una montaña y un cometa, ha sido un círculo y una línea (aparentemente) recta. Nietzsche habló del eterno retorno de lo igual y nuestra civilización, con su fascinación por el futuro, vive un eterno presente donde todo se repite y se degrada y se repite. El culto al futuro se resume en vivir asomados a la ventana desde la cual se ve el campito de los últimos hallazgos técnicos, que se nos presentan siempre como una llamativa incursión del porvenir en territorio visible (taxis voladores, ciudades flotantes, misiones a Marte y cosas así). Los 'nuevos poetas' hacen la poesía más vieja del mundo, sólo que reduciéndola a sus unidades básicas (comparación, metáfora, contraste, retruécano, etc.) y presentándolas por separado. El pasado nos llega en forma de trozos convenientemente recortados para que encajen en el cuerpo de un artículo de prensa. Su utilidad principal es la de proporcionar la visión escalofriante de mundos inalcanzables y remotos con los cuales podemos hacer otros mundos de fantasía que alimenten el universo imaginario de la cultura popular, su mitología, sus arquetipos y sus esquemas narrativos. La impresionante hondura del pasado, su realidad arrastrada a la distancia, la experiencia humana guardada en sus muchos testimonios no caben en el caleidoscopio de información que nos envuelve, brillando y llevando la mirada de un punto a otro sin descanso.

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