Tapas

Avanza la cultura española en su marcha decidida hacia la libertad, pero no hay forma de liberarla de un lastre de caspa que tira de ella hacia atrás

Tapas en un bar de Madrid./E.C.
Tapas en un bar de Madrid. / E.C.
JOSÉ MARÍA ROMERA

El Ministerio de Educación, Cultura y Deporte ha incoado un expediente para la declaración de las tapas como Patrimonio Cultural Inmaterial. No las tapas de los libros, sino las servidas en las barras de bar. No es una broma. La resolución, que puede leerse en el BOE, responde a un viejo anhelo de la Real Academia de Gastronomía y del gremio hostelero, aspiración que nuestro campechano ministro de Cultura ha hecho suya en reiteradas manifestaciones de patriotismo culinario.

Leyendo el texto no se acaba de saber muy bien qué es lo que se pretende coronar de laurel: si el producto o la costumbre, si las tapas propiamente dichas o el hecho -tan singular, al parecer- de ir de bares y consumirlas, actividad comparable a la asistencia a teatros, bibliotecas y salas de exposiciones. Avanza la cultura española en su marcha decidida a la modernidad, pero no hay forma de liberarla de un lastre de caspa que tira de ella hacia atrás, como una maldición heredada de otros tiempos que se recrea en considerar signo de identidad cultural todo aquello que recibe la bendición del turista.

La resolución oficial viene acompañada de una declaración de intenciones que parece encargada a la mano de un escolar tan goloso como indocumentado. Un escrito hueco de sintaxis torturada, plagado de tópicos y de conjeturas sin fundamento sobre el origen de esa cosa llamada tapa, que si se caracteriza por algo es por su propia indefinición. A lo impreciso de su nombre añade la tapa una vacilación conceptual, una variabilidad absoluta de rasgos en cuanto a materia, tamaño, modo de presentación, forma de explotación y, en fin, estándares de calidad. Hablar de tapas así en general es adentrarse en un incierto laberinto sin otra salida que la boca del consumidor. Se dirá que es precisamente esta condición polisémica lo que dota a la tapa de riqueza cultural. Podría ser. Al fin y al cabo lo mismo le ocurre a la poesía, el reino de la ambigüedad.

Pero si se pretendía equiparar el pincho de chistorra a la catedral de León y los boquerones en vinagre a la pintura de El Greco habría merecido la pena poner un poco más de cuidado en la redacción de la propuesta. Hay quien sigue viendo la Marca España más cerca de Manolo el del bombo que de la corrección en el uso de lengua castellana. Para ensalzar las tapas del bar de la esquina entre los amigos no es preciso hablar con ornato, pero otra cosa es cuando hay que defenderlas como producto autóctono de primer orden destinado a perdurar en los museos. Entonces conviene hacerlo con cierta elegancia y buen sentido, sin sucumbir a la tentación casticista. Que las tapas se sirvan en los bares no significa necesariamente que para declararlas bien protegible haya que dirigirse al tribunal calificador como quien grita a la cocina: marchando una de bravas.