Esos soldados sin trinchera

Esos soldados sin trinchera
Pedro Barea
PEDRO BAREA

Estas gentes del teatro viven para una profesión de riesgo. Lo mismo son atletas de maratón, que de salto de altura o de buceo. Incluso son hoy ciclistas analógicos y en la próxima temporada pilotos digitales de fórmula uno. Son trágicos o patéticos, profundos, livianos, héroes y villanos. Se lo merecen todo aunque después se les quiera tanto como se les olvida, porque el mercado es cruel. Añaden cada día a lo suyo el mérito de descubrir al despertar por la mañana sin pánico ¿dónde amanezco hoy?, ¿quién soy yo?, ¿hay alguien ahí? El de José Sacristán es ese oficio, para lo bueno y lo malo. Es un resistente, un vocacional que ha llegado al gran cartel desde las letras más pequeñas y vive ahora su reconocimiento como otro paso más de currela convencido, con aire de no creérselo mucho, nada más y nada menos.

O sea José Sacristán es un actor español. Un buen actor noble y sabio. No le oirán una palabra más alta que la otra sobre su historial o el de sus colegas: 'no hay géneros menores, aunque uno pueda ser más completo que otro', porque 'la cosa es trabajar, pero sobre todo es importante hacerlo bien'. Sabe lo que dice. A sus 81 años ha recorrido todos los papeles de joven a viejo, pequeños y grandes. Comedia de los destapes, enjundiosos textos clásicos, encargos de amigo, drama, segundón de comedia popular, grandes creaciones personales, zarzuela, musicales, y sobre todo tantísimos trabajos de riesgo que le han hecho crecer como actor… Y cuando habla de su oficio ha tenido elogios para todos, del escenario y de los públicos, populares y selectos, porque de todos es posible aprender algo.

Sacristán es voz, vocalización, de una escuela que parece perderse entre modas de habla perezosa y supuesta espontaneidad. La voz es el arma de un Sacristán que también canta y baila si a mano viene. A la voz le pasa lo que a la cara, con los años se agrava, se repliega, se tumba y marca surcos. La voz deja de brillar y escurre por huecos que fueron lustrosos. Toma otra dimensión, otra hondura, asoma lo de dentro. Las resonancias graves, los sonidos fuertes, el raspado profundo, la risa mate, la reflexión con la apariencia de medias palabras, las pausas y balbuceos. Es preciso dominar esa herramienta con la dicción, con armas que a veces son de la escuela que no tuvo pero sobre todo proceden de un oído y un sentido musical que Sacristán tiene. A este tipo se le oye y se le entiende, y siempre se le siente.

Tiene otra virtud, la disponibilidad. Sacristán ha recorrido todos los teatros de todas las alturas y rangos, sin remilgos. En la escena internacional y en los teatros modestos. No lo dice, lo hace. Acude, habla, ayuda, colabora. Por lo menos el teatro es para él su vicio, también, seguramente.