Síntomas de desaceleración

La economía española sufre un leve enfriamiento en un desfavorable contexto internacional

El turismo ha registrado récords históricos este verano. /El Correo
El turismo ha registrado récords históricos este verano. / El Correo
EL CORREO

Múltiples indicadores coinciden en apuntar la entrada de la economía española en la senda de una desaceleración por ahora moderada, pero inequívoca. Los informes de prestigiosos servicios de estudios confirman que los momentos de máximo esplendor del ciclo pertenecen al pasado, lo que aconseja no regatear esfuerzos para prolongar cuanto sea posible el actual periodo de bonanza. Sería irresponsable ignorar el paulatino agotamiento de la inercia que ha empujado la actividad en los últimos años y obrar como si no existiera. Pero también dibujar un tenebroso horizonte o alentar un alarmismo hoy por hoy injustificado.

La pérdida de fuelle del consumo de las familias y de las exportaciones -dos de los principales pilares sobre los que se ha apoyado la recuperación- refleja el deterioro del clima económico. A esos síntomas se suma un menor impulso del turismo, tras registrar récords históricos, y de la producción industrial. El negativo comportamiento del empleo en agosto refuerza un diagnóstico ya muy asentado sobre el inicio de una fase de crecimiento más suave, que empezó a cobrar cuerpo después de que el avance del PIB se situara en el segundo trimestre por debajo del 3% por primera por vez en tres años. La actual tasa del 2,7%, la más elevada entre las grandes potencias de la UE, permite afrontar con calma ese escenario de ralentización. Pero el Gobierno hará bien en no bajar la guardia porque, aunque la situación dista de resultar preocupante, podría empezar a serlo si el freno de la economía se intensifica y se prolonga en el tiempo. El Ejecutivo habrá de evaluar ese nuevo escenario antes de decidir sobre las subidas de impuestos que ha planteado confusamente, el contenido de los Presupuestos del próximo año y cualquier otra medida que aspire a aprobar con su precaria minoría parlamentaria.

La inestabilidad política en nada ayuda a afrontar una situación de ese tipo. Sin embargo, el principal peligro es el representado por un contexto internacional muy distinto al que ha favorecido el despegue de la economía en los últimos años. La carestía del petróleo, la retirada de los estímulos del BCE previa a una subida de los tipos de interés y los posibles efectos del 'Brexit' y de la guerra arancelaria promovida por Trump configuran un panorama proclive a agudizar la desaceleración en ciernes en el conjunto de la UE. Con la última recesión y sus letales efectos aún en la memoria, cabe confiar en que no se repitan los errores del pasado.

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