El síndrome de La Naval

El síndrome de La Naval
fernando gómez
Juan Carlos Viloria
JUAN CARLOS VILORIA

El ERE de extinción que amenaza con cerrar definitivamente la historia de 110 años del astillero La Naval, de Sestao, supone, más allá de la expulsión del mercado laboral de sus 173 trabajadores, un símbolo de la gran mutación que sacude a los sectores tradicionales de la economía. La globalización permite la competencia en los mismos mercados de todos contra todos. Mientras el crecimiento se dispara en China, India y un importante grupo de países llamados subdesarrollados, la vieja Europa retrocede hasta niveles precisamente del umbral del subdesarrollo. La gran clase obrera europea, y especialmente la española, está sufriendo el impacto más duro de esta crisis que reincide con diferentes formatos sin acabar de superarse. La frustración que provoca el desempleo, la precariedad, el derrumbe de la capacidad adquisitiva de amplios segmentos de la fuerza de trabajo, se metaboliza políticamente en una gran desconfianza de las instituciones tradicionales de la democracia representativa. Y no solo en el ámbito estrictamente nacional, sino también en el europeo que, desde la creación del mercado común y el euro, era depositaria de las esperanzas para remontar juntos la competencia y la mundialización.

La apelación al sector público como salvavidas del astillero en quiebra indica un intento desesperado de recuperar espacios autárquicos de la economía que nos ponga a cubierto de la competencia e incluso de las directivas europeas. Un ingenuo empeño en poner barreras a la economía de mercado y a la mundialización que no tiene futuro. La crisis en la que la industria tradicional está siendo sustituida por el mundo digital, la inteligencia artificial, la globalización de la competencia, el comercio on-line, la robotización, no se parece en nada a la revolución industrial porque entonces el trabajador del campo se pudo reciclar en obrero industrial. Ahora un obrero expulsado del mercado laboral tras décadas de trabajo manual es incapaz de incorporarse al mundo informático. Inevitablemente acabará en la bolsa creciente del sector asistencial.

El empobrecimiento genera ansiedad ante una economía de mercado que no tiene piedad. Así que las opciones de corte populista, aunque saben que el capitalismo no tiene alternativa viable, intentan lanzar experimentos de economía planificada para calmar la desazón social. Ahí está el intento de poner límite al precio de los alquileres o reclamar la intervención del Estado en cualquier sector víctima de la competencia. Véase el pulso entre taxistas y plataformas de transporte colaborativo. Pero siendo conscientes de que es imposible poner puertas al futuro es ineludible una doble actuación social: el empleo de muchos más recursos para la reinvención de sectores agotados para convertirlos en negocios tecnológicamente punteros; y una severa fiscalización de las grandes compañías como Amazon y Google que están arrasando sectores enteros de las economías locales.