Silenciar la tele

Silenciar la tele
José Enrique Cabrero
JOSÉ ENRIQUE CABRERO

La siesta siempre me resultó más placentera con la tele puesta. Lo importante, más que el programa o el canal, es el volumen. Que esté en el punto exacto en el que escuche lo que se dice pero, conforme me voy apagando, se convierta en un leve runrún, una nana, un ronroneo. Supongo que es la misma razón por la que, cuando llego a un hospital, pregunto por la tele. ¿Podemos ponerla? ¿Hay que pagar (otro día hablamos del atraco)? Me da paz saber que puedo contar con el soniquete de la pantalla en esas horas interminables en las que conciliar el sueño suele ser complicado.

Esto también lo estamos perdiendo. Lo de poner la televisión a un volumen bajo, relajado. Porque, por mucho que le quites líneas al sonido, se impone la estridencia. El chillido. El golpe musical, ¡cha-cha-chan!, la alerta que emula al móvil, ¡pipipí, pipipí!, la desagradable voz de un contertulio que sólo sabe gritar. Incluso viendo una película, que suele respetar los límites del sonido, te llevas un susto que te mueres cuando llega la publicidad con un subidón del volumen inexplicable.

La chorrada sonora, quizás muy personal, no deja de ser otra razón más para seguir abandonando la televisión clásica poco a poco. Son detalles, pequeñas minucias que conforman un hábito que cada vez tiene menos sentido. Leche, es que lo primero que pienso al encender la tele es ¿por qué? ¿Por qué poner una programación que no me agrada, en su mayoría, ni siquiera para dormir la siesta?

En esta absurda guerra personal, he empezado a chinchar a la tele con una medida de urgencia: el 'mute'. Ahora, cuando quiero echarme un rato después de comer, dejo la tele puesta, como siempre, pero le quito el sonido por completo. Todos callados. No descarto, como siga así la cosa, empezar a ver capítulos en plataformas online y, de paso, dejar la siesta. Total, tampoco me luce ver la televisión por la noche porque todo empieza tardísimo.